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LOS DISCÍPULOS DE EMAUS, de Stephanie de Malherbe. Cristo camina siempre con nosotros, pero a veces lo vemos y a veces no. Estamos atraídos por Él sin saber que es Él. Su presencia reconforta. Dos siluetas azules frente a Cristo. LOS DISCÍPULOS DE EMAUS, de Stephanie de Malherbe. Cristo camina siempre con nosotros, pero a veces lo vemos y a veces no. Estamos atraídos por Él sin saber que es Él. Su presencia reconforta. Dos siluetas azules frente a Cristo.

Reflexión Dominical: La presencia misteriosa y gozosa del Resucitado Destacado

Abr 27, 2017

Las lecturas bíblicas del tercer domingo de Pascua nos permiten profundizar en el encuentro con Jesucristo Resucitado, contemplar las diversas formas de su nueva presencia entre nosotros y tomar conciencia de la repercusión de la resurrección de Cristo en nuestras vidas, pues su pasión, muerte y resurrección es para nosotros fuente de liberación de las absurdas conductas del pasado y principio de una vida testimonial de fe y de esperanza incombustibles. Todas las lecturas hablan del resucitado, haciendo memoria de la Pasión y abriendo las Escrituras para abrir el entendimiento, como Jesús hizo con los discípulos de Emaús.

La aparición de Jesús a los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) es un texto eminentemente eucarístico, pues el encuentro vivo con el resucitado encuentra en la fracción del pan su momento culminante. Así lo muestra la repetición de los gestos eucarísticos sobre el pan en Lc 24,30 (tomar el pan, bendecirlo, partirlo y darlo). El texto sobre Emaús es el texto central de las tres partes del capítulo 24 de san Lucas, capítulo que constituye sin duda una de las páginas más bellas y densas de la Biblia tanto por su composición literaria como por su contenido teológico, y al mismo tiempo refleja una multiplicidad de testimonios de fe de la comunidad cristiana primitiva, elaborados con una maestría sin igual por el evangelista, al servicio del mensaje central del Evangelio que nos anuncia que Jesús vive.

Tras un análisis minucioso de los elementos literarios del relato se puede percibir que, además del significado eucarístico del texto, el mensaje se concentra en presentarnos a Jesús vivo y resucitado cuya presencia en la historia es ciertamente misteriosa pero muy real, también en otras formas y señales, siempre gozosas. La centralidad del mensaje de que Jesús vive llama la atención sobremanera. El que vive es el que resucitó de entre los muertos. En tiempo de presente, como para quebrar la estructura narrativa de los tiempos en pretérito, decir que Jesús vive es la excepcional Buena Noticia del Evangelio de Lucas, una Buena Noticia siempre en presente, ayer y hoy. El anuncio de las mujeres es la gran noticia permanente y protagonista de la nueva historia de la humanidad, incluso cuando no se entienda, no se crea o no se perciba. Y la realidad objetiva es que, en torno a ese mensaje acerca de Jesús vivo, se estructura todo el capítulo del Resucitado en Lucas, tanto el relato del sepulcro abierto como el de las apariciones. Otra cosa es cómo se perciba su presencia.

De la lectura atenta y actualizada de todo este capítulo se pueden indicar varios ámbitos y modos de dicha presencia. Primero, la presencia desapercibida y sorprendente del Resucitado en las periferias del sufrimiento humano, en el camino de la humanidad decepcionada y deprimida, que, como los discípulos de Emaús, está ya "de vuelta" y desesperanzada ante el dolor y el sufrimiento injusto de los inocentes. Emaús no es Jerusalén sino la periferia, un sitio algo distante de la ciudad santa. Emaús es el destino de la humanidad frustrada, derrotada y desesperanzada. Y precisamente ahí, sin saber exactamente cómo, la verdad es que Jesús, el Viviente, es el compañero, seguramente desapercibido, de aquellos discípulos y de todos los dolientes de la historia. La decepción y el dolor, el fracaso y la frustración de los discípulos de Emaús son el reflejo de las experiencias e interrogantes más profundos de los seres humanos.

La pregunta por el sufrimiento de los justos, como Jesús, cuya muerte especialmente en Lucas se presenta como la del verdaderamente justo (Lc 23,47), está latente en el rostro de los discípulos. En efecto, la cuestión más incomprensible y desgarradora de la vida humana, y al mismo tiempo la más decepcionante es el tema crucial de la teodicea: Por qué la muerte de los inocentes, por qué la condena de los justos, por qué la muerte de los niños inocentes, que se cuentan por millones, por qué el asesinato y la violencia contra gente sin culpa de nada. El mensaje de Lucas en este texto es que Jesús, el resucitado, caminaba con ellos. Su presencia no es menos real por ser desapercibida, sino todo lo contrario. Es una presencia discreta, misteriosa, que consuela, que interpela, que invita a la comunicación, al recuerdo, a hacer memoria. Es presencia que suscita admiración y sorpresa, que valora la compañía del otro aunque sea un desconocido. Es presencia que invita a compartir, a no seguir solos por la vida. Pero sobre todo es una presencia real del Resucitado, que provoca alegría: "¿No ardía nuestro corazón?".

Singular importancia adquiere también la presencia emocionada y presentida del Resucitado en la Escritura y en la Palabra, presencia que ha de llevar a los creyentes a comprender los acontecimientos de nuestra vida personal y social desde la Palabra de Dios y a poner en el centro de nuestra espiritualidad el Evangelio. Finalmente la presencia reconocida y gozosa del Resucitado se hace fiesta en la Eucaristía y en el misterio de comunión fraterna que de ella emana.

Los discípulos cambiaron de rumbo su vida y así se convirtieron en testigos públicos del Resucitado, experimentando la liberación profunda que significa el paso de una vida sumida en el absurdo y la ignorancia a una conducta nueva, caracterizada por la sobriedad, la libertad y la esperanza. Particular importancia adquieren desde ese evangelio de Emaús todas aquellas personas que de algún modo se hacen ahora compañeros de camino de las víctimas de nuestro mundo en cualquiera de las manifestaciones de sufrimiento en el que éste está sumido, dando testimonio con su solidaridad de que el Viviente se hace presente en medio del dolor de la humanidad.

En el texto de la Primera Carta de Pedro (1 Pe 1,17-21) podemos destacar la referencia a la paternidad de Dios para exhortar a una conducta buena y respetuosa, marcada por el temor reverencial a Dios. No se trata de tener ningún miedo a nadie, ni siquiera a Dios, sino de un respeto profundo a la gran autoridad divina del Padre que vela con amor sobre sus hijos y por eso, una vez que estos han sido rescatados de la ignorancia, del sinsentido de la vida y de todo atavismo, no quiere que sus hijos recaigan en ningún tipo de vicio, de pecado ni de esclavitud. Según 1 Pe 1,18, los creyentes, gracias a la sangre de Cristo, han sido liberados de un estilo de vida absurdo para vivir en una situación radicalmente nueva, la vida que brota de la regeneración mediante la resurrección de Cristo. La conducta correspondiente al tiempo de la ignorancia es calificada como absurda y atávica, es decir con formas de vida heredadas de los antepasados, arcaicas, anacrónicas y sin sentido. Se supone que se refiere a la falsedad, la hipocresía, el engaño, la envidia, la maledicencia (1 Pe 2,1) y todo tipo de libertinajes, borracheras, comilonas, orgías e idolatrías nefastas (1 Pe 4,3).

La misión de la Iglesia, como queda reflejada especialmente en la actividad de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, consiste en anunciar a Jesús, en proclamar su resurrección y en acreditar su presencia viva a través del testimonio de muchos creyentes. Es lo que hace abiertamente en el primero de los ocho discursos misioneros de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,14.22-33). En él se puede destacar también la parresía de Pedro, es decir, su convicción, su firmeza, su libertad y su confianza al transmitir íntegramente el mensaje del kerigma, esto es, de Cristo crucificado y resucitado, desde la luz de la Sagrada Escritura, poniendo toda su persona en la palabra que predica, en el mensaje que comunica y en el evangelio por el que dará hasta la vida. Por último no puede pasar desapercibido el componente de denuncia que conlleva el anuncio misionero, pues anunciar a Cristo crucificado es denunciar a los que lo crucificaron, y proclamar la victoria del Justo e inocente que fue resucitado por Dios es proclamar que hay una verdad y una justicia, la de Dios, que no está sometida al dictamen de los que tienen el poder en este mundo y siguen asesinando víctimas y haciendo daño indiscriminadamente, como hicieron con Jesús.Feliz Pascua de Resurrección.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Información adicional

  • Fuente: Infodecom

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