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La Virgen del Carmen en el Monte Carmelo La Virgen del Carmen en el Monte Carmelo

Reflexión Dominical: La Virgen del Carmen Destacado

Jul 15, 2017

En Bolivia se celebra ese domingo como solemnidad la fiesta de la Virgen del Carmen, Patrona de esta gran nación, y bajo su mano protectora nos hemos de poner todos los bolivianos con sus dirigentes políticos y militares para guiar este país por los senderos de la justicia, de la libertad y de la paz.

Particularmente hemos de encontrar también hoy una palabra de esperanza ante el dolor y la consternación que hoy vive la población cruceña por el atraco frustrado de una joyería, cuyo balance dejó cinco muertos y ocho heridos en un escenario de violencia armada en el centro de la ciudad y a pleno día como si de una película se tratara. Estamos ante un gran problema de inseguridad ciudadana que sigue sin resolverse en esta ciudad y en otras ciudades de Bolivia, propiciado por la violencia descontrolada que impera en nuestros ambientes y que anida en el corazón de los seres humanos, pero que no se llega a controlar mínimamente en individuos como los que perpetraron este hecho fatídico. Hay mucho camino que recorrer todavía para llevar la palabra de la paz, del respeto al otro y de la no violencia al corazón de nuestros ciudadanos y en ello deberíamos poner más empeño todas las instituciones sociales, educativas y directivas de este país.

La Virgen del Carmen constituye una luz de esperanza para todos nosotros en medio de las tribulaciones y dificultades de la vida presente. Como en la boda de Caná, María, como gran discípula, dócil a la Palabra de Dios, nos remite a la Palabra de Jesús, para que la palabra del Evangelio adquiera un protagonismo total en nuestras vidas. Por eso ella nos indica: “Lo que él diga, háganlo”. También el Concilio Vaticano II (LG 56) nos recuerda esta dimensión de docilidad a la Palabra cuando destaca que ella responde al mensajero celestial diciendo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).

La advocación de Nuestra Señora del Carmen tiene su origen en el Monte Carmelo, hermosísimo lugar de la costa de Israel, en la actual ciudad de Haifa. Es el lugar de la gruta de Elías, refugio del primer gran profeta de Israel, perseguido por Ajab y Jezabel. Elías defendía la fe en el único Dios Salvador frente a toda idolatría, y por eso se convirtió para los cristianos en un lugar de búsqueda de la autenticidad de la fe cristiana. Así lo hicieron algunos eremitas desde el siglo III y posteriormente en el siglo XII los cristianos devotos procedentes de Occidente que construyeron un santuario a la Virgen, que desde entonces se venera como Santa María del Monte Carmelo, convirtiéndose el lugar en la cuna de los carmelitas. Y desde allí nos viene el relato de la primera lectura (1Re 18,1-2.41-46) en el cual, durante la oración de Elías en el Carmelo, surge del mar una pequeña nube que se convertirá en lluvia abundante para una tierra en sequía. Esta nube preconiza a la Virgen María de la que surgirá el Mesías Jesús, el agua viva que sacia la sed de toda la humanidad cuando está como tierra reseca, agostada y sin agua.

En la boda de Caná de Galilea también el agua es el comienzo de una realidad nueva que tiene a María como coprotagonista que invita a escuchar y cumplir la palabra de Jesús el cual transforma el agua en vino y alegrar así aquella gran boda de la historia (Jn 2, 1-11). Todos hemos oído hablar de aquella boda, pero no siempre hemos prestado suficiente atención a su mensaje. Para tratarse de una boda casi todo lo que ocurre es muy extraño. Extraña, en principio, que unos novios no calculen el vino necesario para su fiesta de boda, pero extraña más todavía que el maestresala, encargado del banquete, no se diera cuenta de esta falta y tuviera que ser precisamente una invitada, María, la que constatara la triste situación.

Llama la atención que Jesús, siempre atento a las necesidades del prójimo, responda a su madre con unas palabras que pueden sonar a descortesía o falta de interés por resolver el problema: «¿Qué nos importa a mí y a ti, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Sorprende, por lo demás, que en el lugar donde se celebraba la boda hubiera seis tinajas de piedra, de unos cien litros cada una, destinadas a los ritos de purificación de los judíos. Seiscientos litros de agua parecen demasiados para un lavado ritual. Reclama la atención del lector el hecho de que Jesús mande sacar agua de las tinajas para que los sirvientes la llevaran al maestresala, y que éste, al probarla, vea que se trata de vino de calidad. Sin pararse a investigar más, el maestresala reprocha al novio el haber reservado el vino de calidad para última hora. En realidad no sabía de qué iba la cosa... Y por último sorprende sobremanera una boda en la que no se hace mención alguna de la novia. Al terminar este relato, dice el evangelista: «Esto hizo Jesús como principio de las señales en Caná de Galilea.»

Lo que aquí se narra no es tanto un aparatoso milagro cuanto «el principio de las señales», el comienzo de algo nuevo y distinto que Jesús inauguraba y al cual el evangelista le da forma de relato. Agua, vino y boda son signo de otras realidades conocidas por los judíos. La religión de Israel giraba en torno al agua. El agua era el medio para la purificación del pecado cometido. El vino era un símbolo del amor entre los esposos: «Tu boca es vino generoso» (Cant 7,10). La boda representa la alianza entre Dios y el pueblo. La antigua alianza estaba basada en unas tablas de piedra, las tablas de la ley -de piedra son también las tinajas-. La nueva alianza -la boda de Dios con el pueblo que lidera Jesús- no se basa ya en la Ley, sino en el amor, vino que hace soñar otra vida.

Destaca en el texto el diálogo de Jesús con su madre, centrado en la expresión de María cuando muestra el protagonismo del Hijo y de su fidelidad total al Padre y a la hora que éste ha previsto para comunicar su amor: “Lo que él os diga, eso hagan”. María no se impone por su autoridad de Madre a Jesús, sino que se presenta como fiel discípula de Jesús; su actitud revela delicadeza, no exige un milagro sino que, atenta a una situación difícil, la da a conocer. La expresión de María no reviste el acento de imperativo (presente en la traducción más frecuente: “Hagan lo que él les diga”) sino que denota una eventualidad que sólo determina Jesús. Esta expresión se encuentra en contexto de Alianza: Todo el pueblo respondió a una: “haremos todo cuanto el Señor ha dicho” (Ex 19,8). La expresión transparenta una completa obediencia a Dios. María representa el nuevo pueblo en contexto de Alianza. María, la mujer -tipo del pueblo fiel- hace una profesión de fe en la todopoderosa palabra de Jesús y le manifiesta una total disponibilidad. Y realiza asimismo una función mediadora: igual que Moisés se situaba entre Dios y el pueblo, ella se coloca entre Jesús y los discípulos.

Cuando Juan presenta este episodio como señal está destacando que se trata de algo más que un hecho. La boda en Caná de Galilea es algo más que una ceremonia, y que un banquete. En Caná, Jesús anunció al maestresala, dándole a probar el vino, la sustitución definitiva del agua-ley por el vino-amor, de la Antigua por la Nueva Alianza. La hora definitiva de esta sustitución tendría lugar en la cruz, donde el vino-sangre de Jesús acabó para siempre con la Ley para instaurar el amor como único y definitivo mandamiento. En su aparente inoportunidad, la boda anuncia ya la hora de la verdad. La hora de la gloria es la hora de la transformación, de la conversión y de la consumación. Del agua se saca un vino delicioso. De las tinajas ritualistas de una religión aguada se saca el vino de la alegría por una Alianza que es encuentro y fiesta. Pero la hora del amor consumado pasará por el sacrificio, donde la pasión y el dolor se manifiestan como amor “a fondo perdido”, lleno de vida y de gloria. La Pasión de Jesús es la boda de Dios con la humanidad.

Para afrontar toda situación de apuro o dificultad, prestemos siempre atención al evangelio, especialmente porque la Virgen María, la Madre de Jesús, que siempre nos acompaña, nos dice hoy lo que dijo entonces en aquella boda: “lo que él diga, eso hagan ustedes”. Y nuestra vida aguada por tantas dificultades y problemas se convertirá en alegría, como en día de boda permanente. Como en aquella boda también la presencia de la Virgen María, madre de Jesús (Hch 1,14) y madre nuestra, es muy importante en el comienzo de la Iglesia naciente y misionera, pues la apertura al Espíritu por parte de la llena de gracia al principio del evangelio de Lucas (1,35) hizo posible el nacimiento del Mesías y, de la misma manera, su presencia al principio de los Hechos de los Apóstoles, segunda parte de la obra de Lucas, la hace partícipe del nacimiento de la Iglesia, que es la continuadora de la misión del Espíritu del Resucitado a lo largo de la historia humana.

Que la Virgen del Carmen nos bendiga, nos proteja y nos colme de su gracia, especialmente a todos los que la tienen como patrona, particularmente al pueblo de Bolivia, a los carmelitas del mundo entero y a todas las mujeres que llevan su nombre.
Felicidades.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Información adicional

  • Fuente: Infodecom
Modificado por última vez en Sábado, 15 Julio 2017 11:25

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