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Mons. Juárez en su homilía Mons. Juárez en su homilía [Infodecom]

Mons. Jesús Juárez: "Feliz la Nación cuyo Dios es el Señor" (Sal 33,12)

Ago 06, 2017

Homilía, en la Catedral Primada, en el Solemne TE DEUM (A Ti, Dios) como Acción de Gracias por el 192 Aniversario de la Independencia de Bolivia.

Queridos hermanos y hermanas:

La conmemoración cívica de los 192 años de la independencia de nuestra amada Patria Bolivia, la hacemos también en esta celebración litúrgica de acción de gracias, no solamente porque nuestro pueblo boliviano sea mayoritariamente católico, sino porque la Iglesia, especialmente a través de los presbíteros comprometidos que habían abrazado la causa de las revoluciones libertarias, acompañó esa aspiración legítima de gobernarse por sí mismos los pueblos del Alto Perú.

Esta conmemoración siempre será más significativa en estas tierras chuquisaqueñas, porque aquí fue la cuna de los hechos independentistas desde el 25 de mayo de 1809 y porque aquí en Sucre se proclamó la independencia de Bolivia, sede de gobierno durante el siglo XIX y, por siempre, Capital del Estado Plurinacional por reconocimiento constitucional.

La Palabra de Dios que se acaba de proclamar, ilumina el verdadero sentido de este día de liberación y civismo, ya que encontramos tres mensajes centrales que resaltamos desde nuestra fe:

• “Somos” un pueblo elegido, consagrado y bendecido.

• En el relato de la Transfiguración del Señor, ante el temor de los discípulos, el mensaje claro de Jesús es: “levántense, no tengan miedo”. “Escuchen a mi Hijo amado”.

• Y la figura del Buen Pastor que guía, alimenta, acompaña y camina junto al pueblo de Dios, redimido por su pasión, muerte y resurrección.

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Recuerden hermanos y hermanas, que la experiencia dolorosa de la esclavitud y la opresión de los pueblos es muy antigua. El pueblo de Israel estuvo muchos siglos esclavizado en Egipto, pero Yahvé, el Dios Todopoderoso, compasivo y misericordioso escuchando sus gritos y viendo cómo eran maltratados, los liberó de la injusta servidumbre, violencia y desprecio que sufría de un imperio faraónico que creía ser dueño de todo y de todos.

También nosotros como Iglesia durante largos periodos de nuestra historia hemos callado ante la expropiación y explotación de tierras y riquezas naturales, no respetando las costumbres, las tradiciones, las leyendas, los valores culturales y religiosos de sus pobladores. Sin embargo, nosotros como Iglesia con valentía y humildad, al iniciar el nuevo milenio hemos pedido perdón por nuestros pecados, pero también hemos recordado con fuerte decisión a tantos evangelizadores que con entrega, perseverancia, servicio y sobre todo, amor dieron sus vidas como defensores de los derechos de los indígenas y con un gran compromiso por su promoción integral y su plena liberación. Un ejemplo luminoso fue, entre otros, el sacerdote dominico Bartolomé de las Casas. También hoy defendemos los derechos de los más necesitados y vulnerables en el campo de la salud y atención pedagógica a personas con capacidades diferentes. Es incomprensible que las Siervas de María hayan sido alejadas del hospital santa Bárbara luego de 117 años de entrega incondicional a los más pobres y que los contratos con instituciones gubernamentales no sean honrados con su cumplimiento. Sería un gran error y también una inaceptable injusticia histórica, querer juzgar y condenar una época pasada con los criterios y mentalidad actuales.

Como hemos escuchado en la lectura del libro del Deuteronomio, Dios libera a su pueblo porque es “el Dios verdadero, el Dios fiel que guarda la alianza y el amor por mil generaciones a los que aman y guardan sus mandamientos” (Dt 7,6-11). El pueblo elegido en el Antiguo Testamento fue Israel; pero hoy, en el Nuevo Testamento, con Jesucristo, el pueblo elegido, es el Pueblo de Dios, un pueblo de creyentes de todos los países, razas, naciones, culturas y lenguas del orbe; por eso nuestra Iglesia es católica, es decir universal, porque abraza a todos y deja las puertas abiertas para que encuentren en ella la verdad y la libertad; la justicia, la paz y la verdadera fraternidad.

El Evangelio de San Mateo nos relata la imagen de la Transfiguración de Jesús de la que fueron testigos Pedro, Santiago y Juan, en un lugar apartado en lo alto de un monte. Muy a pesar de esa fuerte experiencia espiritual donde aparecen Moisés y Elías, cuando los discípulos están tentados a quedarse en la cómoda seguridad de la fe desencarnada, Dios se pronuncia diciendo: “este es mi Hijo muy querido en quién tengo puesta mi predilección escúchenlo” y Jesús al ver el temor de los discípulos, les dice con claridad: “levántense no tengan miedo” (Mt 17,1-9), para hacerles sentir que la fe no es sólo espiritualidad, sino compromiso para la transformación de la historia y la sociedad con la tarea desafiante de hacer crecer el Reino de Dios en todos los ambientes y donde quiera que nos movamos.

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Concluyendo recordemos que con frecuencia cantamos a todo pulmón el Himno Nacional y su grito “morir antes que esclavos vivir” tiene que llevarnos a rechazar y superar las viejas y nuevas esclavitudes; la esclavitud del poder político y económico que, como dice el Papa Francisco se constituyen los ídolos modernos que siguen manteniendo la brecha de las desigualdades entre ricos y pobres, olvidando que los bienes creados deben estar equitativamente al servicio de todos.

Digamos “no” a la esclavitud del egoísmo, la avaricia y el engaño; “no” a la esclavitud de la violencia y la discriminación que tanta muerte y dolor nos provoca. También digamos “no” a la esclavitud del soborno, al cáncer de la corrupción y a las coimas que corrompe la justicia y la dignidad de la persona creada a semejanza de Dios. Igualmente digamos “no” a la esclavitud de la desesperanza y el miedo, que nos inmovilizan, anestesian y matan el espíritu.

Digamos “sí” a la libertad responsable y moralmente correcta; digamos “sí” al ejercicio de las libertades democráticas sin miedo a los descalificativos y persecuciones; digamos “sí” a la vida desde su concepción hasta la muerte natural, a la calidad de vida con pleno goce de nuestros derechos sociales. Digamos “sí” a la Patria que nos une en la diversidad y nos hace sentir orgullosos, no sólo en sus símbolos, sino por sus habitantes, bolivianas y bolivianos, para que seamos reconocidos como gente noble, con valores humano cristianos, gente trabajadora y honrada que ama la familia, se solidariza con los más vulnerables y desposeídos de la sociedad, que respeta las leyes para salvar a la hermana madre tierra y defiende sus áreas protegidas y el habitad de nuestros hermanos indígenas de las tierras bajas. Nación con identidad cultural, con fe inquebrantable, con la experiencia y conciencia de ser pueblo elegido, amado y bendecido por Dios en quien ponemos nuestra esperanza y la firme decisión de trabajar con más ahínco y coraje para construir un mejor y futuro promisor de nuestra querida Nación.

“Feliz la Nación cuyo Dios es el Señor”. Felicidades y bendiciones Bolivia en tu aniversario.

Sucre, 06 de agosto de 2017

Mons. Jesús Juárez Párraga, sdb.
PRIMADO DE BOLIVIA
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Información adicional

  • Fuente: Mons. Jesús Juárez Párraga, sdb.
Modificado por última vez en Domingo, 06 Agosto 2017 18:42

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