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Viernes, 29 Julio 2011 17:50

reflexión dominical: Partir y compartir, mensaje eucarístico de salvación Destacado

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  • Fuente: Infodecom

 

La palabra de este domingo nos presenta el amor de Dios, con tres lecturas que lo definen como un amor gratuito y universal (Is 55,1-3), potente e inquebrantable (Rom 8,35-39) misericordioso y eficiente, que se revela especialmente en el reparto eucarístico del pan (Mt 14,13-21), realizado por Jesús con sus discípulos en un momento de gran necesidad de quienes los seguían. Este gran milagro del pan repartido nace del amor entrañable de Cristo, que no se queda meramente en un buen sentimiento, ni en un bello discurso, sino que implicando a los discípulos, despliega ese amor en una serie de obras de misericordia que van desde la curación de los enfermos hasta la satisfacción del hambre de la gente.   

 

En los cuatro evangelios tenemos seis versiones acerca de este milagro del reparto de pan entre las multitudes, una comida extraordinaria realizada por Jesús que debió ser memorable en la primitiva Iglesia (Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Mc 8,1-10; Mt 15,32-39; Lc 9,11-17; Jn 6,1-15). También allí Jesús realiza los gestos eucarísticos con el pan (tomar, bendecir, partir, dar) de modo que aquella comida se convirtió en una de las tradiciones principales acerca de la fracción del pan. La multiplicidad y diversidad de testimonios refleja la importancia de la misma en las iglesias del Nuevo Testamento. Con ello la comunidad expresa el dinamismo misionero que la presencia del Señor Jesús imprime en sus discípulos al implicarlos directamente en el partir el pan y repartirlo entre las multitudes hambrientas. El pan partido y compartido es un milagro al alcance de la humanidad y se convierte en un signo que nos da la vida, que refuerza la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos y nos interpela sobre el hambre y la miseria que viven grandes masas de la humanidad, particularmente en la olvidada África y en países desolados como Somalia.

 

El relato del milagro del reparto organizado y solidario del pan como don y signo del Reino de Dios revela que Jesús es el Mesías a través de una narración, que también hoy constituye una auténtica parábola para el mundo pues su mensaje de salvación es una alternativa al sistema social de este mundo globalizado afectado por una crisis fatal. Lo admirable del milagro no es la “multiplicación” de panes, sino el “reparto” del pan partido entre los necesitados. El milagro no consiste en multiplicar sino en dividir. Lo que es digno de admiración y rompe la lógica matemática es el pan compartido y repartido. Y este pan compartido sacia a todos. Éste es el gran milagro que la Iglesia proclama desde el Evangelio y desde la Eucaristía, y ésta es nuestra gran palabra en el mundo. Frente al milagro diabólico del capitalismo salvaje que consiste en multiplicar y superproducir, sosteniendo el crecimiento económico como objetivo prioritario o único del sistema, descuidando la atención a los últimos y más vulnerables, el milagro narrado en el evangelio consiste en dividir y compartir. La Eucaristía es sacramento que anuncia y anticipa una nueva realidad mesiánica, proclamando la muerte de Jesús, un cuerpo roto, como dinamismo liberador en una humanidad injusta y en una sociedad consumista.

 

En descampado y hambrienta está también hoy la mayor parte de la humanidad, carente de las necesidades más vitales, muchos de ellos, sin pan y sin casa. En el texto de Mateo de este domingo los discípulos piden a Jesús que despida a las multitudes. ¡Cuánta gente en el mundo hoy es despedida! ¿A cuántos se les dice “que se vayan”? Pensemos en los inmigrantes, con papeles o sin ellos, de los países receptores de inmigración. O en los niños de la calle, tantas veces rechazados hasta por sus propios vecinos. O en cualquier tipo y manifestación de racismo o xenofobia. ¿Cuántas veces hemos leído “fuera con ellos” en los graffiti de los muros de las ciudades. Jesús da una respuesta contundente a los discípulos: “No tienen necesidad de irse”. ¿Cómo resuena esta frase entre nosotros? Con Jesús podemos decir que nadie tiene ni necesidad ni obligación de irse en ninguna parte del mundo, pues todos tienen derecho al pan y al trabajo, a la dignidad y a la libertad, a la convivencia en paz y con respeto, al bienestar y la satisfacción de los mínimos de supervivencia en nuestro planeta. El pan compartido es capaz de saciar a todos. La  Eucaristía es símbolo y realidad de la salvación.

Jesús involucra a sus discípulos en una acción capaz de realizar el verdadero milagro: «Dadles vosotros de comer». Probablemente ellos pensarían que el milagro consiste en multiplicar los alimentos, y creerían que el problema es comprar. En cambio Jesús no compra ni multiplica, sino que parte y reparte, es más él mismo se parte y se entrega hasta el fin. Jesús les muestra que, más que despedir o comprar, el camino a seguir es organizarse y planificar el servicio, es saber convivir unos con otros en la tierra en la que estemos viviendo, y entonces partir y compartir el don del pan y los dones de esa tierra.

Jesús da una lección excepcional para que nosotros aprendamos a hacer el milagro y resolvamos esa cuestión que la humanidad tiene pendiente: el hambre. Bendecir el pan significa comprender que los bienes que da la tierra, en especial los que son necesarios para vivir con dignidad, no nos pertenecen, sino que son don de Dios para toda la humanidad, y si obramos en consecuencia y compartimos lo que tenemos, si organizamos nuestras relaciones económicas de acuerdo con esta convicción, si superamos así la injusticia que estructura nuestro planeta, habrá pan para todos y sobrará. Por eso el reparto de los panes adquiere su pleno significado en el reparto del pan eucarístico.

 

La insuficiencia de los dos sistemas económicos vigentes es evidente. Tal vez el “movimiento de los resignados” lo está sacando a la calle. El sistema capitalista es injusto en su esencia y el socialista lo es porque atenta contra la libertad de la persona. El mundo de la macroeconomía se muestra cada vez más incapaz de resolver el problema de la pobreza de las dos terceras partes de la humanidad porque está basado en la idolatría del dinero, un dios que premia a los que le ofrecen como sacrificio la vida de los pobres. La celebración de la Eucaristía, sin embargo, es la manifestación del Señor en nuestras personas y comunidades, que nos mueve a una solidaridad efectiva con los pobres a través del justo reparto del pan y de la tierra para que todos puedan vivir con dignidad y en libertad.

 

Jose Cervantes Gabarron, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

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Jose Cervantes Gabarron

Sacerdote misionero diocesano y profesor de Sagrada Escritura

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