Viernes, 21 Julio 2017

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La Iglesia católica en el calendario litúrgico universal hace memoria de Nuestra Señora del Carmen. En Bolivia la celebramos con la categoría de solemnidad por ser la Patrona de nuestra Patria. Sin duda, que como Madre espiritual y Patrona de nuestra querida Patria acoge, protege y acompaña junto a su Hijo a todos los bolivianos que se acercan a ella con devoción filial. Ella ha acompañado  y protegido a nuestras Fuerzas Armadas en todo momento, en tantos acontecimientos de nuestra historia. El patronazgo de Bolivia está muy relacionado con la ciudad de Sucre y La Paz.

El siempre recordado Mons. Julio García Quintanilla, historiador, relata  un hecho que sucedió en Sucre, en 1850 cuando gobernaba la Nación el General Isidoro Belzu. Un día mientras paseaba a caballo por los jardines frente a la ex estación de ferrocarriles, fue atacado y herido de bala sorpresivamente. De forma milagrosa,  salvó la vida y prometió a la Virgen del Carmen hacerle un templo, pues atribuyó a Ella  el no haber muerto. Esta Iglesia fue concluida el 6 de septiembre de 1852.Ese día hubo una gran fiesta, presidida por los pocos obispos que, en ese entonces, tenía Bolivia. Estaban los miembros del Gobierno en pleno. Lamentablemente, esta Iglesia tan histórica, fue derruida en el siglo pasado para arreglos de la plaza  que actualmente embellecen ese lugar. A los 2 años de esta inauguración, en 1854, la Virgen María bajo la advocación  del Carmen fue declarada Patrona del Ejército Nacional y Patrona de Bolivia.  El entusiasmo y devoción  a la Virgen del pueblo boliviano hizo que este día fuera declarado feriado para todo el País.

La devoción a la Virgen María con la advocación del Carmen tiene su origen en la aparición que hiciera nuestra Señora al santo monje Simón Stock, quien por espacio  de 33 años hiciera penitencia en el tronco de una encina, en el año de 1251.  María, con una sonrisa amable le entregó  el escapulario del Carmen, mientras le decía: “Recibe, hijo mío, esta prenda de salud que te traigo para mis devotos en la tierra. El que muriere con ella, será dichoso, se liberará del fuego del infierno y entrará en la mansión de la bienaventuranza”. Esta promesa ha hallado  una formulación feliz en el conocido trílema del escapulario: “Protejo en la vida; ayudo en la muerte; salvo  más allá del sepulcro”. Conviene recordar que todas las apariciones particulares y  las palabras que se dicen haber habido, no forman parte de la doctrina que hay que creer.

El evangelio de Juan 2, 1-11 que se lee en nuestras eucaristías de hoy, nos relata el primer signo o milagro de Jesús: las bodas de Caná de Galilea en las que participó Jesús, María y los doce apóstoles. En un cierto momento de las bodas, María se percató que no había vino para aquellas fiestas de una semana y se dirigió a su Hijo, Jesús, y le dijo: “no tienen vino”. Con esta oración tan corta y segura del poder de Jesús, María arrancó el primer milagro de Jesús: la conversión de seis tinajas de agua, cada una de cien litros en vino. María no fue a contar a sus amigas o participantes que se estaba acabando el vino, sino que se dirigió a su Hijo, segura de que resolvería el problema. Mostró claramente lo que había dicho, “soy la servidora del Señor”. María, también hoy día, está muy cerca de sus hijos para ayudarnos. Elevemos nuestras oraciones por Bolivia y aprendamos de Ella a servir a los demás, siendo solidarios con las necesidades de todos.

Sucre, 16 de julio de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo de Sucre

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

La Palabra de Dios en este domingo es una invitación a alegrarnos en Dios, con sencillez de corazón y a confiar en él, porque es “clemente y misericordioso, “cariñoso con todas sus creaturas”. Y porque es nuestro Maestro y Salvador, que es “manso y humilde de corazón” y nos ofrece alivio y descanso. El mensaje del evangelio es de gran consuelo para todos los que queremos seguir a Jesús, pero al mismo tiempo nos está invitando a entrar en la profundidad de Dios que, ante todo es amor. Toda la experiencia religiosa de la fe del cristiano, pasa por Cristo que revela al Padre y es el camino hacia él.

Es verdad que Jesús nos llama a conocer a su Padre Dios, pero para captar estos secretos de Dios, que él revela a los sencillos y humildes. Necesitamos vivir según el Espíritu, en tensión vigilante y alertada, pues carne y espíritu son antagónicos y, obviamente, excluyente el uno del otro como Pablo explica en la carta a los romanos de quien está tomada la segunda lectura. Por el bautismo, el cristiano se ha incorporado a Cristo y hemos pasado de la muerte a la vida de Dios, del pecado a la vida de la gracia, la vida según el Espíritu. ¡Qué hermoso es vivir en gracia de Dios!

Para no pocos, aún cristianos, lo espiritual suena como algo abstracto, remoto e irreal. Sin embargo, el espíritu es mucho más fuerte que la materia. Cuando se construye con fundamento material, siempre resulta más frágil que lo que tiene cimientos espirituales Así, por ejemplo, una amistad basada sobre realidades puramente materiales tendrá mucho menos profundidad. Y menos perspectivas que una amistad basada en la comunión espiritual entre amigos. Pero hemos de cuidarnos para no caer en confusiones. Lo espiritual no es negación o supresión de lo material. Más bien hay que decir que lo espiritual anima y vivifica todas nuestras realidades humanas y se expresa en gestos y actos corporales, a los que colma de sentido y dignidad. El espíritu santifica a la carne que anima.

En la Biblia la palabra carne no significa necesariamente lo corporal., sino una actitud ante la vida que se caracteriza por el ansia desenfrenada de placer, la sensualidad y el materialismo. También puede entenderse como el elemento primario, pasional, instintivo, en oposición a las decisiones ponderadas, auténticamente responsables y libres, propia de las personas abiertas a Dios y al prójimo. San Pablo establece la oposición entre quienes están “animados por la carne”, y quienes lo están por el espíritu. En este caso espíritu va con minúscula. Se refiere al alma, al elemento inmaterial e imperecedero  de la persona.

Pablo nos invita a vivir según el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo habita en el corazón del que vive en gracia de Dios y en comunión con él. San Pablo nos dice: “¿No saben que son templo de Dios y que el Espíritu habita en ustedes? Si alguno destruye el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. El templo de Dios es sagrado, y ese templo son ustedes. ¡Qué hermoso pensar que el Espíritu, mora en nosotros! ¡Cuánto no podrá realizar el Espíritu en cada uno si le dejáramos actuar en nuestra vida! ¿Cuáles son nuestras necesidades espirituales y de nuestros prójimos?

Sucre, 9 de julio de 201

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F. M.

Arzobispo emérito de Sucre

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Hoy es el domingo trece del tiempo ordinario, el evangelio es de Mateo 16,37-42. Es la segunda parte del discurso sobre la misión. Tiene dos partes diferentes, con sus correspondientes consejos y consignas. En la primera, con formulaciones que a muchos les parecen exageradas. Jesús afirma la radicalidad del que le sigue; ni siquiera el afecto a los padres o a los hijos puede ser superior a la fidelidad que debemos tener para con él. El que quiera seguir a Jesús, “que tome su cruz y me siga” El que quiera ser el primero, sin componendas ni competencias, el amor a los enemigos, el perdón de las ofensas…. Todo es parte de la radicalidad.

Una joven formada cristianamente escribía a su novio: “solo te pido el segundo lugar en tu corazón, el primero resérvalo  para Cristo”. Reclamar el primer lugar en el corazón del otro equivale a abandonar la fuente y las sendas del amor verdadero para perderse en los andurriales del amor propio y el egoísmo, que lleva a la posesión indebida del otro. Es que amar es desear el bien del otro, y no cabe desear mayor bien a otro que desearle que ame a Cristo a más no poder. Un sano amor, desde la simple amistad de compañeros de colegio hasta el amor conyugal o maternal, debe sentirse feliz de cooperar a que crezca en los amados  el amor de Dios. Las palabras de Jesús no son un límite al amor, sin una orientación que le asegura autenticidad, permanencia y fecundidad.  Son como la señal vial que indica la curva en la carretera; no quiere ser el final del camino, sino un medio para no abandonarlo indebidamente.

Algunos pensaron cuando eligieron al Papa Francisco que las enseñanzas de Jesús serían cambiadas al gusto de algunos, se han imaginado un cristianismo a la carta. El amor misericordioso e infinito de Dios, la acogida a todos no es un signo de pactar con el mal y con todo lo que va contra la voluntad de Dios. Ser discípulo de Jesús siempre ha tenido muchas exigencias. Claramente Jesús nos dice en la línea del Antiguo como en el Nuevo Testamento: “amarás al Señor con todas tus fuerzas, con toda el alma y con todo el corazón”.  Los cristianos no creemos tanto en un libro –la Biblia- , unos dogmas, sino principalmente en Cristo. Es el mismo Jesús quien nos pide ciertas renuncias para ser fieles a la voluntad de Dios.

No es que tengamos que rechazar el afecto a la familia o que Jesús esté aquí aboliendo el cuarto mandamiento. Tampoco nos está invitando a descuidar la defensa de nuestra vida. Pero tenemos que subordinar todos nuestros intereses, por muy buenos que sean, al seguimiento de Cristo. Siempre los demás valores son penúltimos o secundarios. Cuando tengamos que optar entre la fidelidad a Cristo y la incomprensión o las persecuciones familiares, sociales y políticas, tendremos que optar claramente por Dios, como han hecho y siguen haciendo tantos cristianos, especialmente los mártires. No hay duda, el lenguaje del evangelio de hoy es de un corte radical y de estilo profético, incisivo, casi rudo, sin matices ni atenuantes. Es un evangelio molesto, pues nos recuerda una de sus páginas más incomodas. Debido a la dureza, cualquiera está tentado a pasarlo por alto. La demanda de amor de Cristo, expresada en la radicalidad, tiene una contrapartida plenificante, el premio de la vida eterna.

Sucre, 2 de julio de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

La Iglesia celebra cada domingo la victoria, el triunfo sobre la muerte y el pecado, recordando la salida triunfante de Jesús del sepulcro con nueva vida, la vida gloriosa de resucitado. La muerte no tenía ni tiene la última palabra sino la vida, la cual llegó con la muerte gloriosa de Cristo que volvió de la muerte a la vida. Los domingos son los momentos privilegiados para reavivar la vida triunfante que tenemos y en plenitud la tendremos en el más allá. Son días de reafirmar nuestra fe en la pertenencia a la Iglesia de Cristo. Vivir el “Día del Señor” con la conciencia de que aunque no veamos físicamente a Cristo, Él está presente en los hermanos reunidos en nombre del Señor. El esfuerzo para reunirnos, la escucha de la Palabra, la recepción del Cuerpo del Señor. Todo esto nos ayuda a liberarnos del miedo y sentirnos discípulos valientes de Jesús.

Siguiendo el discurso del domingo pasado en que Jesús eligió a los doce apóstoles -apóstol quiere decir enviado- para animarlos les dijo: “no tengan miedo a los hombres que matan el cuerpo y no pueden matar el alma”, ni la libertad interior. Más aún “si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de parte suya ante mi Padre del cielo”. Testimonio por testimonio, no quedará sin recompensa nuestra fidelidad a Cristo. Y al revés, “si alguien me niega ante los hombres, yo también le negaré ante mi Padre”. A eso sí que tendríamos que tener miedo; a defraudar a Cristo en nuestra vida. Tres veces en el evangelio de hoy, en el evangelio de Mateo 10, 26-33, nos repite esta llamada de atención: “no tengan miedo”. Parece como el desarrollo de la ´´ultima bienaventuranza, en el capítulo 5 de san Mateo: “bienaventurados si los persiguen”.

En la vida animal como la humana ha existo siempre el miedo. En los cristianos también existe el miedo de diversas formas. Hasta Jesús sintió miedo en el Huerto de los Olivos. En la primera lectura de hoy, del profeta Jeremías, se manifiesta claramente el miedo que tiene. Él se vio tentado de dejar el ministerio que el Señor le había encargado de ser profeta para el pueblo. Quiso dejarlo todo, pero la fuerza de Dios era más fuerte que la tentación y se vio como forzado a anunciar los mensajes del Dios, sobre todo a los gobernantes. Él pudo cantar con alegría: “El Señor es mi fuerza y salvación”.

El miedo como la alegría, son ingobernables y surgen sin pedir permiso. No sólo a los discípulos de entonces, sino a los cristianos de ahora, el miedo les llega. Hay bastantes cristianos con miedo, y el que diga que no tiene miedo, vaya viendo como practica los mandamientos de Dios, las llamadas de Dios para que viva de otra forma…Uno de los miedos, es el miedo religioso. También abundan los cristianos miedosos en el mundo entero, frente a un ambiente social poco favorable a vivir la fe en Cristo. Otra de las tentaciones se disfraza de silencio cauteloso, como la más frecuente del creyente actual. El miedo lleva a muchos a disimular sus creencias en las relaciones sociales, de amistad, en la vida laboral, cívica y, sobre todo, en lo político. La fe se pone a prueba y se constata el miedo o respeto humano, ante los criterios tan generalizados sobre el amor y la familia, el sexo y la pareja, matrimonio y divorcio, vida y aborto, dinero y honestidad profesional, fe y compromiso cívico y político... San Pablo declaraba “no avergonzarse del Evangelio”.

Sucre, 25 de junio de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Arzobispo emérito de Sucre

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

En el Encuentro fraterno que el clero de Sucre realizó el pasado martes, 20 de Junio, además de contar con la presencia del P. Bruno Secondin, OCD. y escuchar su experiencia de Retiro Espiritual con el Papa Francisco y la Curia Romana -como se informó en crónica anterior- también hubo celebración especial por el cumpleaños de Mons. Pérez, obispo emérito.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, OFM. nació el 19 de Junio de 1936 en Juncalillo de Gáldar, Canarias, España. Fue nombrado Obispo Titular de Lilibeo y Auxiliar de Sucre el 8 de septiembre de 1985. Promovido a Arzobispo de Sucre el 6 de noviembre de 1989.

Mons. Jesús Juárez con Benedicto XVI

Por su parte, Mons. Jesús Juárez Párraga, SDB. cumplió 29 años de Ordenación episcopal (18 de Junio de 1988). Su Ordenación sacerdotal se produjo el 16 de diciembre de 1972 y el 25 de junio de 1994 el Santo Padre Juan Pablo II crea la Diócesis de El Alto y lo nombra primer Obispo de la nueva Diócesis. El 22 de diciembre de 2012 Benedicto XVI lo nombró Arzobispo de Sucre.

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  • Fuente Infodecom

En Febrero de 2015 impartió el Retiro Espiritual al Papa Francisco y a los miembros de la Curia Romana.

Aprovechando un viaje por motivos personales a Bolivia, con escala en Sucre, el P. Bruno Secondin, OCD., se hizo presente en el Encuentro fraterno que este día martes, 20, realizó el Clero de la capital. La invitación corrió a cargo de la Vicaría de Pastoral de la Arquidiócesis.

Contando con la expectación de los asistentes, el P. Bruno compartió su experiencia de Febrero de 2015, en que impartió el acostumbrado Retiro Espiritual al Papa y a los miembros de la Curia.

Las meditaciones se inauguraron aquel domingo, 22 de Febrero, con una reflexión sobre el tema: “Salir del propio pueblo” y estuvieron marcadas por el siguiente programa diario: “Caminos de autenticidad” (las raíces de la fe y el coraje de decir no a la ambigüedad). “Senderos de libertad” (de los ídolos a la verdadera piedad). “Dejarse sorprender por Dios” (el encuentro con un Dios que está en otra parte, y el reconocimiento del pobre que nos evangeliza). “Justicia e intercesión” (testigos de justicia y solidaridad). El último día estuvo dedicado al tema “Recoger el manto de Elías”(para convertirse en profetas de fraternidad).

Las meditaciones contaron con una lectura pastoral del profeta Elías.

El Encuentro tuvo lugar en el Convento franciscano de La Recoleta. A continuación de la interesante exposición del P. Bruno los asistentes celebraron una Eucaristía, presidida por Mons. Jesús Pérez, Obispo emérito, en sufragio por el P. Antonio Sayabera Rodríguez, sacerdote diocesano fallecido hace un año, a quien se recordó como cercano compañero y atento confesor en la Catedral Metropolitana en su oficio de Penitenciario.

Un almuerzo compartido, celebrando el cumpleaños de Mons. Jesús Pérez (19-06-1936), puso punto final a esta fraterna mañana.

 

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  • Fuente Infodecom

En este domingo volvemos a los domingos llamados del tiempo ordinario. Lo característico de este domingo undécimo, es que llegamos en el evangelio de Mateo, a una sección que ocupará tres domingos con el segundo de los grandes discursos que nos trae este evangelista sobre la misión apostólica. Nos habla el pasaje de los consejos que dio Jesús a los colaboradores, que el mismo ha elegido y enviado, los doce apóstoles. Hoy se lee el envío. Cristo no quiso hacer las cosas sólo él. Buscó ayudantes y sigue buscando. ¿Por qué nos asusta reflexionar sobre nuestra misión?

La Iglesia nace por voluntad de Dios. Casi se podría decir por una ocurrencia de Dios que vio la situación de su pueblo, como ovejas sin pastor, se llenó de compasión y confiando en las personas, esperó que el hombre pudiera ser salvado del pecado. Sintió dolor y compasión por su pueblo. Esto es hacer carne en sí mismo el dolor ajeno. No todo es negativo en el mundo a los ojos de Dios. Confió en los demás hasta el punto de elegir personas, llamándolas a participar en su misma misión. Jesús elige a los doce, a los setenta y dos. Estos elegidos tendrán la gran misión de anunciar el Evangelio. Jesús los elige para que estén con él y trabajen con él. Jesús vio que “la mies es mucha y los trabajadores son pocos”. Y, lo primero que les encarga es rezar, sí, rezar, “recen al dueño de la mies que envíe trabajadores a su viña”. ¿Por qué rezaremos tan poco por las vocaciones sacerdotales, religiosas, laicales?

No hay razones para las elecciones amistosas. La razón fundamentalmente es: quiero estar cerca de ti. En la amistad hay siempre una opción libre, una decisión. Te quiero porque te quiero. Te amo porque así lo decido. No depende de razones o de omisiones. La voluntad con el misterio de su libertad, es la razón última del amor maduro. Jesús” eligió a los doce que él quiso”, dice san Marcos en el texto paralelo de este texto. Doce hombres, símbolo, quizás de las doce tribus de Israel. Su primera misión era reconstruir Israel, volverlo a la fidelidad y prepararlo para volver a todos a Dios. De ahí la llamada constante a la conversión que hace Jesús.

Hoy también Dios llama y elige a personas para que como los doce apóstoles y los setenta y dos discípulos seamos mensajeros del amor de Dios, testigos de lo que vivimos. Todo bautizado es un llamado de Dios a construir un mundo de amor, de solidaridad y de paz. Se nos llama a vivir de acuerdo al evangelio, sin dicotomías, ni ambigüedades o medias tintas. Todas las generaciones necesitan ser evangelizadas para ser evangelizadores, porque nadie nace cristiano. Admiro en nuestras diócesis y parroquias de Bolivia y del mundo a tantos laicos y laicas que evangelizan, que están codo a codo con los obispos y sacerdotes en la orientación de las familias, en la preparación a la vida matrimonial, también en la preparación a la primera comunión, en la ayuda formativa en los grupos juveniles, a los que conforman grupos de oración o bíblicos, asambleas familiares, comunidades cristianas de base. En la Iglesia, cada cristiano tiene que ser activo en la tarea de la evangelización. Ahora bien, la acción evangelizadora de la Iglesia, de los discípulos de Jesús ha de estar precedida de la oración. Jesús dice” “sin mí no pueden hacer nada”.

Sucre, 18 de junio de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Acabado el tiempo pascual con la solemnidad de Pentecostés, la liturgia nos invita a celebrar hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Alabamos, glorificamos y bendecimos a Jesucristo que nos ha revelado, sin merecerlo, el gran misterio de Dios en quien hay tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios es uno, no hay más que un solo Dios, pero en este Dios que se nos ha manifestado en plenitud a todos los que creen en Cristo, ha querido en el tiempo que creyó conveniente, manifestarse a través de su Hijo, Jesús. Podría decir que esta fiesta de hoy no sería necesaria, porque a lo largo de todos los días del año, en nuestras oraciones litúrgicas, siempre nos dirigimos y celebramos a Dios uno y trino. Pero no en vano celebramos este gran misterio pues quiere afianzarnos en el ser y accionar de Dios que actúa conjuntamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La persona intuye espontáneamente una presencia invisible, pero notable. Alguien a quien no ve, pero que está presente como interlocutor en permanente diálogo vital. Se ha podido constatar, que ninguna cultura primitiva haya sido atea. El ateísmo es un fenómeno de estos últimos siglos. La persona envalentonada por sus progresos técnicos, declara innecesaria la fe y la confianza en Dios. En muchos casos esta actitud es una auto latría, una especie de adoración de sí mismo, de auto endiosamiento. Por esta especie de instinto religioso las personas han imaginado a Dios de diversas formas. Tanto los filósofos, los místicos, hombres simples al margen de la revelación divina han tratado de bucear en el conocimiento del Autor y Arquitecto del universo.

La palabra de Dios que se nos regala en esta fiesta, nos relata un retrato vivo del Dios trinitario, pero no a partir de definiciones filosóficas o lógicas, sino de sus actuaciones, tal como se nos describe a lo largo de toda la Biblia. Por ello, hoy a la luz de la Palabra de Dios se nos brinda una oportunidad para tomar conciencia de la dimensión trinitaria de nuestra vida cristiana. Esta gran verdad de fe –sin la aceptación de ella nadie es cristiano- es el gran peligro de ver a la Santísima Trinidad como un misterio inescrutable. En efecto lo es. Pero Jesús quiso revelarnos un misterio de vida, y no un enigma religioso para que lo descifremos como un jeroglífico, crucigrama o rompecabezas. Esto no conduciría a nada.

El misterio de la Trinidad es el misterio del amor de Dios al mundo, “tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo, para quien cree en él no se pierda…” El amor de Dios nos asoma al misterio. Dios se da a sí mismo, al darnos a su Hijo. Jesús nos dice; “El Padre y yo somos una sola cosa”. Cuando comulgamos, por ejemplo, recibimos la plenitud de la divinidad que habita en Cristo corporalmente. Esa comunión de Dios con el mundo no es para la condenación y el juicio, sino para la salvación y la vida. Para aprovechar ese don de salvación basta creer. Como en el amor, es necesario creer en quien nos ama para recibir su don. Y el que no cree se cierra, se margina a la corriente del intercambio amistoso con Dios que es amor.

Sucre, 11 de junio de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Hoy celebramos la Ascensión del Señor Jesús a los cielos. Esta fiesta comenzó a celebrarse en el siglo cuarto tanto en oriente como en occidente. San Lucas nos dice en el Libro de los Hechos, a los cuarenta días de la Resurrección, Jesús sube a los cielos. Esta cifra de los cuarenta días, llevó a la Iglesia a establecer esta celebración, en el mismo jueves de los cuarenta días. . De ahí nació ese dicho castellano: Tres días hay en el año que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y Ascensión. La Ascensión forma una unidad con la Resurrección. Es como la plenitud y maduración, más aún con el envío del Espíritu Santo en Pentecostés.

La Iglesia se alegra con el triunfo de Cristo. La Pascua de Cristo es nuestra pascua como lo afirma el apóstol Pablo. Por ello, nos alegramos en el triunfo del Señor, nuestra Cabeza. El Catecismo de la Iglesia -todo creyente recurre constantemente al Catecismo- que fuera publicado por san Juan Pablo II en 1992, nos explica el misterio de la Ascensión, “participa en su humanidad en el poder y la autoridad del mismo Dios” (Catecismo 668). Cristo con su Resurrección y Ascensión, se ha constituido en Señor del cosmos y de la historia de la Iglesia. En el Credo afirmamos esta verdad: “subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”. Celebramos el triunfo de Cristo Jesús que está a la derecha del Padre, en el puesto de honor, constituido Juez y Señor, Mediador universal. Jesús está en los cielos no sólo como Dios, sino también como hombre, con su cuerpo humano pero ahora glorificado en el día de la Resurrección.

El triunfo de Jesús es el inicio del MANDATO MISIONERO a sus discípulos de entonces y también de ahora, para todos los bautizados. Este mandato sigue vigente. Otra cosa es que le hagamos caso. Los que fueron al monte de la Ascensión escucharon a Jesús y luego se quedaron “mirando al cielo” y dos ángeles, anunciaron la vuelta de Jesús: “volverá de la misma manera que le han visto irse”. Los discípulos bajaron de la montaña y se fueron a orar, hasta que viniera el Espíritu Santo, hecho que se produjo el día de Pentecostés. Bajan porque la tarea va a estar en el “valle”, en el quehacer diario. La Ascensión es el punto de llegada triunfal para Jesús. Pero para la Iglesia, para todo bautizado, es el punto de partida, el comienzo de su caminar misionero. Como Jesús fue el testigo del Padre, así nosotros los bautizados debemos ser testigos de Cristo, el Salvador de toda la humanidad. El que tiene una fe profunda es misionero.

El Papa Francisco tan apreciado por una gran mayoría, es poco obedecido cuando nos convoca a todos los miembros de La Iglesia a ser misioneros, o sea, a anunciar y trabajar en llevar la persona de Jesús al conocimiento de todos. Esta es la misión, la gran tarea, que Jesús nos ha dejado al subir a los cielos. Leemos en el evangelio de Mateo: “Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos… enséñeles a cumplir todo lo que yo les he enseñado”. Entre la primera venida y la última, corre el tiempo de una Iglesia misionera. Jesús ha prometido estar siempre con nosotros hasta su vuelta. El mandato misionero que hoy nos ha dado a cada discípulo, es continuar la misión liberadora que Cristo inició. Para llevar a cabo esta misión no estamos sólos, el Señor está con nosotros. “Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo”.

Sucre, 28 de mayo de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito

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  • Autor Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Hoy es el sexto domingo de Pascua. Este largo tiempo de celebración del gran misterio de la Pascua puede producir rutina, la cual es muerte espiritual que nos impide celebrar con ardor el triunfo de Cristo que es también nuestro triunfo. Por ello, la liturgia quiere animarnos a “continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado”. Esas son las palabras de la oración colecta de este domingo. La Pascua es la fiesta de las fiestas, decía san Atanasio. El corazón de todo el año es la Pascua. Por ello, no decaigamos en esta vivencia a la que nos invita la liturgia de este tiempo pascual. Cuando faltan dos semanas para celebrar la fiesta del Espíritu Santo, Pentecostés, se nos invita a reflexionar de manera especial sobre el Santo Espíritu. Él es: Abogado, Defensor, Consolador, Espíritu de la Verdad… ¿Creemos en esto?

La noche de la Cena, cuando fue instituido el sacerdocio y la eucaristía, Jesús preparó a sus discípulos para su vivencia pos pascual de la fe. Pues la partida de Cristo iba a producir una gran crisis de fe, que llevaría a los apóstoles a un gran desánimo, desesperanza, miedo y tristeza. Jesús les promete que “no les dejará huérfanos o desamparados”. Les dará su Espíritu, el Espíritu Santo y él mismo no les abandonará. Ustedes me verán y vivirán porque yo sigo viviendo. El día de la Ascensión antes de subir a los cielos les dirá: “Yo estaré con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

Hay un gran protagonista en la vida de la Iglesia, en cada cristiano, es el Espíritu Santo. Él es el dulce huésped del alma que nos hace posible estar unidos a Cristo que vive y quiere vivir en cada uno. Durante dos semanas la Palabra de Dios nos hablará mucho sobre el Paráclito, el Defensor o Abogado. Según la palabra de hoy se le llama defensor de la Iglesia ante el peligro de los enemigos. También se le llama el “Espíritu de la Verdad”. Él está con nosotros y quiere vivir en nosotros. En el libro de los Hechos, se nos presenta el accionar del Espíritu Santo. Hoy también es Él quien da vida, alegría, gozo, paz, amor, fortaleza, sabiduría a cada discípulo de Jesús.

En el sacramento de la confirmación, los bautizados, hemos recibido la plenitud del Espíritu Santo. En el bautismo fuimos llenos de vida en el Espíritu, vida que es la misma vida de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta vida fue confirmada en el sacramento de la confirmación. El Concilio Vaticano segundo nos enseña: “por el sacramento de la confirmación, se vinculan más estrechamente a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del Espíritu Santo y con ello quedarán obligados a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos de Cristo, por la palabra y juntamente con las obras”. (Lumen Gentium n. 117). El mismo Concilio nos dice: “El Espíritu Santo habita en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo. Guía la Iglesia a toda la verdad, la unifica en comunión, la provee y gobierna con diversos dones” (Lumen Gentium n. 4). Muchos hemos recibido el sacramento de la confirmación. ¿Apreciamos este sacramento del Espíritu Santo por excelencia? ¿Invocamos cada día al Espíritu Santo? El día de Pentecostés, dentro de dos semanas, tendremos una ocasión propicia, los cristianos, para renovar el sacramento de la confirmación.

Sucre, 21 de mayo de 2017

Fray Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
Arzobispo emérito de Sucre

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