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Cumpliendo el deseo del Santo Padre, Francisco, este domingo 16 de agosto el Obispo de El Alto, Mons. Eugenio Scarpellini, puso a los pies de la Virgen de Copacabana las dos condecoraciones: el Cóndor de los Andes y la distinción Luis Espinal, que otorgó el Presidente Evo Morales al Papa en su visita a Bolivia el mes de julio del presente año 2015.

Recordar que el 10 de julio al concluir la misa en la capilla de la residencia del Cardenal Julio Terrazas, el Papa dejó las dos condecoraciones que le otorgó el Presidente del Estado a la Virgen de Copacabana para que sea ella quien cuide con ternura maternal el pueblo: “Te ruego que estos reconocimientos, que dejo aquí en Bolivia a tus pies, y que recuerdan la nobleza del vuelo del Condor en los cielos de los Andes y el conmemorado sacrificio del Padre Luis Espinal, S.I., sean emblemas del amor perenne y de la perseverante gratitud del Pueblo boliviano a tu solicita y fuerte ternura.

En este momento pongo en tu corazón mis oraciones por todas las peticiones de tus hijos, que he recibido en estos días: te suplico que les escuches; concede a ellos tu aliento y tu protección, y manifiesta a toda Bolivia tu ternura de mujer y Madre de Dios, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén”, Papa Francisco.

Mons. Scarpellini, explico que la intención del Santo Padre es “devolver cariño con cariño… para que las condecoraciones que ha recibido estén presentes constantemente en medio de nosotros”.
Las condecoraciones fueron puestas a los pies de la Virgen de Copacabana durante el ofertorio en una misa celebrada a las 11:00 de la mañana en el Santuario Nacional de Nuestra Señora de Copacabana. Allí permanecerán por un tiempo y luego serán trasladadas al museo “como un recuerdo permanente y perpetuo de esta visita del Santo Padre”, afirmó el Obispo.

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Este pasado 11 de agosto el Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, Mons. Enrico del Covolo, ha firmado un acuerdo de colaboración académica con la Pontificia Universidad Católica de Buenos Aires representado por el Obispo Mons. Víctor Manuel Fernández.

El acuerdo se concretiza sobre todo en un intercambio de profesores y estudiantes de ambas universidades y en la realización de sinergias en distintos ámbitos: publicaciones científicas, instrumentos didácticos y eventos académicos relevantes entre otros.

Según se informó el acuerdo firmado en Buenos Aires se ha focalizado sobre todo en el área de Doctrina Social de la Iglesia y del Derecho Canónico y Civil.

Discursos y Homilías de Su Santidad el Papa Francisco y todos los discursos de los Obispos y autoridades de Bolivia pronunciados durante la Visita Pastoral del Papa Francisco a Bolivia. Del 8 al10 de julio del 2015.

08/07/2015

Discurso de Francisco en la ceremonia de bienvenida a Bolivia 

Saludo del Obispo de la Diócesis de el alto Mons. Eugenio Scarpellini al Santo Padre Francisco

Discurso de S.S. Francisco en el encuentro con las autoridades civiles en la Catedral de La Paz

Saludo del Arzobispo de La Paz Mons. Edmundo Abastoflor Montero Al Santo Padre Francisco


09/07/2015

Homilía de S.S. Francisco en la Santa Misa Plaza Del Cristo Redentor Santa Cruz

Saludo del Arzobispo de Santa Cruz Mons. Sergio Gualberti a S.S. Francisco en la Santa Misa en El Cristo Redentor

Discurso de S.S. Francisco en el Encuentro con los Sacerdotes, Religiosos, Religiosas y Seminaristas en el Coliseo del Colegio Don Bosco de Santa Cruz

Testimonio vocacional del P. Crispín Borda ante el Papa Francisco

Damián Oyola Ramos contó su testimonio como seminarista boliviano al Santo Padre

Saludo del Papa Francisco en el 2º encuentro de Movimientos Populares en Santa Cruz


10/07/2015

Saludo del Responsable de la Pastoral Social Mons. Jesús Juarez a S.S. Francisco en el Centro De Rehabilitación Palmasola

Discurso De S.S. Francisco en el Centro de Rehabilitación Palmasola



Rueda de Prensa del Papa en el Avión, sobre su visita a Bolivia, los regalos y la hoja de coca

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 El Papa Francisco pronunció un extenso discurso en el encuentro con los movimientos populares reunidos en esta ciudad boliviana. A continuación el texto completo del mismo.

Hermanas y hermanos, buenas tardes

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en mis oraciones. Y me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz, que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: las famosas tres “t”, tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.

1. Primero de todo. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general, también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

- ¿Reconocemos, en serio, que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, si reconocemos esto, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.

Ustedes – en sus cartas y en nuestros encuentros – me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de las exclusiones. No están aisladas, están unidas por un hilo invisible. ¿Podemos reconocerlo? Porque no se trata de esas cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que esas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que ese sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si esto es así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y de la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Ustedes saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio – podríamos decir – redentor. Porque lo necesitamos. Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace ya desde mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema. Se está castigando a la tierra, a los pueblos y a las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea –uno de los primeros teólogos de la Iglesia- llamaba “el estiércol del diablo”. La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es “el estiércol del diablo”. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común, la hermana y madre tierra.

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas? Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de “las tres t”, ¿de acuerdo? (trabajo, techo, y tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!

2. Segundo. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: “proceso de cambio”. El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir. Hay que cambiar el corazón. Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar procesos y no por ocupar espacios .Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por “vivir bien”, dignamente, en ese sentido.

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos “rostros y esos nombres” se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos, todos nos conmovemos… Porque “hemos visto y oído”, no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas, ya desde Buenos Aires, y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata. Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas y asentamientos, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a “las tres t”: tierra, techo y trabajo.

Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias, porque las hay, las tenemos, y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, necesitamos instaurar esta cultura del encuentro, porque ni los conceptos ni las ideas se aman, nadie ama un concepto, nadie ama una idea; se aman las personas. La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros, rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.

Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.

Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, les de alegría, les de perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos. A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.

La Iglesia no puede ni debe estar ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos de todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.

Y tengamos siempre en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia Yo rezo a la Virgen María, tan venerada por el pueblo boliviano para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio.

3. Tercero. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos, no es fácil de definirlo. En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.

Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares.

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a “las tres t” por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad, «prosperidad sin exceptuar bien alguno» (Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra [15 mayo 1961], 3:AAS 53 [1961], 402). Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace cincuenta años. Jesús dice en el Evangelio que aquél que le dé espontáneamente un vaso de agua al que tiene sed, le será tenido en cuenta en el Reino de los Cielos. Esto implica “las tres t”, pero también acceso a la educación, la salud, la inovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación. Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: “vivir bien”, que no es lo mismo de “pasarla bien”.

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también es posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre» (Pablo VI, Carta enc. Popolorum progressio [26 marzo 1967], 14: AAS 59 [1967], 264). El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan a la Madre Tierra en aras de la “productividad”, sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús, contra la Buena Noticia que trajo Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece. El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por si sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrían sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

Y en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica. Y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. Y ¡qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria. Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.

3.2. La segunda tarea es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados. Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» (Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157).

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país, la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la “Patria Grande”. Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esta unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la “Patria Grande” y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libre comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y los pobres. Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total claridad en el documento de Aparecida cuando se afirma que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones» (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano [2007], Documento Conclusivo, Aparecida, 66). En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de Africa, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco» (Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa [14 septiembre 1995], 52: AAS 88 [1996], 32-33; Id., Cart enc. Sollicitudo rei socialis [30 diciembre 1987], 22: AAS 80 [1988], 539).

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso, hermanos es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.

Digamos NO, entonces, a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.

Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que “cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia”. Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM, el Consejo Episcopal Latinoamericano y también quiero decirlo. Al igual que san Juan Pablo II pido que la Iglesia - y cito lo que dijo él- «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» (Juan Pablo II, BulaIncarnationis mysterium, 11). Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue san Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América. Y junto, junto a este pedido de perdón y para ser justos, también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos, que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la Cruz. Hubo pecado, hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón, y por eso pedimos perdón, y pido perdón, pero allí también, donde hubo pecado, donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres que defendieron la justicia de los pueblos originarios.

Les pido también creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz -dije obispos, sacerdotes, y laicos, no me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente patean nuestros barrios pobres llevando un mensaje de paz y de bien-, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio. La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en latinoamericana. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del idolo dinero. Hoy vemos con espanto como en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que vivimos, hay una especie – fuerzo la palabra- de genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme trasmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso –conjunción de pueblos y culturas- eso que a mí me gusta llamar poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

3.3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otras las cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación. Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar a movilizarse, a exigir –pacifica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’, que creo que les será dada al finalizar.

4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizarse y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Y cada uno, repitámonos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez. Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Créanme, y soy sincero, de corazón les digo: rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza. Y una cosa importante: la esperanza no defrauda. Y, por favor, les pido que recen por mí. Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto, le pido que me piense bien y me mande buena onda. Gracias.

 

Hemos venido desde distintos lugares, regiones, poblados, para celebrar la presencia viva de Dios entre nosotros. Salimos hace horas de nuestras casas y comunidades para poder estar juntos, como Pueblo Santo de Dios. La cruz y la imagen de la misión nos traen el recuerdo de todas las comunidades que han nacido en el nombre de Jesús en estas tierras, de las cuales nosotros somos sus herederos.

En el Evangelio que acabamos de escuchar se nos describía una situación bastante similar a la que estamos viviendo ahora. Al igual que esas cuatro mil personas, estamos nosotros queriendo escuchar la Palabra de Jesús y recibir su vida. Ellos ayer y nosotros hoy junto al Maestro, Pan de vida.

Me conmuevo cuando veo a muchas madres cargando a sus hijos en las espaldas. Como lo hacen aquí tantas de ustedes. Llevando sobre sí la vida y el futuro de su gente. Llevando sus motivos de alegría, sus esperanzas. Llevando la bendición de la tierra en los frutos. Llevando el trabajo realizado por sus manos. Manos que han labrado el presente y tejerán las ilusiones del mañana. Pero también cargando sobre sus hombros desilusiones, tristezas y amarguras, la injusticia que parece no detenerse y las cicatrices de una justicia no realizada. Cargando sobre sí el gozo y el dolor de una tierra. Ustedes llevan sobre sí la memoria de su pueblo. Porque los pueblos tienen memoria, una memoria que pasa de generación en generación, los pueblos tienen una memoria en camino.

Y no son pocas las veces que experimentamos el cansancio de este camino. No son pocas las veces que faltan las fuerzas para mantener viva la esperanza. Cuántas veces vivimos situaciones que pretenden anestesiarnos la memoria y así se debilita la esperanza y se van perdiendo los motivos de alegría. Y comienza a ganarnos una tristeza que se vuelve individualista, que nos hace perder la memoria de pueblo amado, de pueblo elegido. Y esa pérdida nos disgrega, hace que nos cerremos a los demás, especialmente a los más pobres.

A nosotros nos puede suceder lo que a los discípulos de ayer, cuando vieron esa la cantidad de gente que estaba ahí. Le piden a Jesús que los despida: “Mandálos a casa”, ya que es imposible alimentar a tanta gente. Frente a tantas situaciones de hambre en el mundo podemos decir: “Perdón, no nos dan los números, no nos cierran las cuentas”. Es imposible enfrentar estas situaciones, entonces la desesperación termina ganándonos el corazón.

En un corazón desesperado es muy fácil que gane espacio la lógica que pretende imponerse en el mundo, en todo el mundo, en nuestros días. Una lógica que busca transformar todo en objeto de cambio, todo en objeto de consumo, todo negociable. Una lógica que pretende dejar espacio a muy pocos, descartando a todos aquellos que no «producen», que no se los considera aptos o dignos porque aparentemente «no nos dan los números». Y Jesús, una vez más, vuelve a hablarnos y nos dice: “No, no, no es necesario excluirlos, no es necesario que se vayan, denles ustedes de comer”.

Es una invitación que resuena con fuerza para nosotros hoy: “No es necesario excluir a nadie. No es necesario que nadie se vaya, basta de descartes, denles ustedes de comer”. Jesús nos lo sigue diciendo en esta plaza. Sí, basta de descartes, denles ustedes de comer. La mirada de Jesús no acepta una lógica, una mirada que siempre “corta el hilo” por el más débil, por el más necesitado. Tomando “la posta” Él mismo nos da el ejemplo, nos muestra el camino. Una actitud en tres palabras, tomaun poco de pan y unos peces, los bendice, los parte y entrega para que los discípulos lo compartan con los demás. Y este es el camino del milagro. Ciertamente no es magia o idolatría. Jesús, por medio de estas tres acciones, logra transformar una lógica del descarte, en una lógica de comunión, en una lógica de comunidad. Quisiera subrayar brevemente cada una de estas acciones.

Toma. El punto de partida, es tomar muy en serio la vida de los suyos. Los mira a los ojos y en ellos conoce su vivir, su sentir. Ve en esas miradas lo que late y lo que ha dejado de latir en la memoria y el corazón de su pueblo. Lo considera y lo valora. Valoriza todo lo bueno que pueden aportar, todo lo bueno desde donde se puede construir. Pero no habla de los objetos, o de los bienes culturales, o de las ideas; sino habla de las personas. La riqueza más plena de una sociedad se mide en la vida de su gente, se mide en sus ancianos que logran transmitir su sabiduría y la memoria de su pueblo a los más pequeños. Jesús nunca se saltea la dignidad de nadie, por más apariencia de no tener nada para aportar y o compartir. Toma todo como viene.

Bendice. Jesús toma sobre sí, y bendice al Padre que está en los cielos. Sabe que estos dones son un regalo de Dios. Por eso, no los trata como “cualquier cosa” ya que toda vida, toda esa vida, es fruto del amor misericordioso. Él lo reconoce. Va más allá de la simple apariencia, y en este gesto de bendecir y alabar, pide a su Padre el don del Espíritu Santo. El bendecir tiene esa doble mirada, por un lado agradecer y por el otro poder transformar. Es reconocer que la vida siempre es un don, un regalo que, puesto en las manos de Dios, adquiere una fuerza de multiplicación. Nuestro Padre no nos quita nada, todo lo multiplica.

Entrega. En Jesús, no existe un tomar que no sea una bendición, y no existe una bendición que no sea una entrega. La bendición siempre es misión, tiene un destino, compartir, el condividir lo que se ha recibido, ya que sólo en la entrega, en el com-partir es cuando las personas encontramos la fuente de la alegría y la experiencia de salvación. Una entrega que quiere reconstruir la memoria de pueblo santo, de pueblo invitado a ser y a llevar la alegría de la salvación. Las manos que Jesús levanta para bendecir al Dios del cielo son las mismas que distribuyen el pan a la multitud que tiene hambre. Y podemos imaginarnos, podemos imaginar ahora cómo iban pasando de mano en mano los panes y los peces hasta llegar a los más alejados. Jesús logra generar una corriente entre los suyos, todos iban compartiendo lo propio, convirtiéndolo en don para los demás y así fue como comieron hasta saciarse, increíblemente sobró: lo recogieron en siete canastas. Una memoria tomada, una memoria bendecida, una memoria entregada siempre sacia al pueblo.

La Eucaristía es el «Pan partido para la vida del mundo», como dice el lema del V Congreso Eucarístico que hoy inauguramos y tendrá lugar en Tarija. Es Sacramento de comunión, que nos hace salir del individualismo para vivir juntos el seguimiento y nos da la certeza de lo que tenemos, de lo que somos, que si es tomado, si es bendecido y si es entregado, con el poder de Dios, con el poder de su amor, se convierte en pan de vida para los demás.

Y la Iglesia celebra la Eucaristía, celebra la memoria del Señor, el sacrificio del Señor. Porque la Iglesia es comunidad memoriosa. Por eso fiel al mandato del Señor, dice una y otra vez: «Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19) Actualiza, hace real, generación tras generación, en los distintos rincones de nuestra tierra, el misterio del Pan de vida. Nos lo hace presente, nos lo entrega. Jesús quiere que participemos de su vida y a través nuestro se vaya multiplicando en nuestra sociedad. No somos personas aisladas, separadas, sino somos el Pueblo de la memoria actualizada y siempre entregada.

Una vida memoriosa necesita de los demás, del intercambio, del encuentro, de una solidaridad real que sea capaz de entrar en la lógica del tomar, bendecir y entregar, en la lógica del amor.

María, al igual que muchas de ustedes llevó sobre sí la memoria de su pueblo, la vida de su Hijo, y experimentó en sí misma la grandeza de Dios, proclamando con júbilo que Él «colma de bienes a los hambrientos» (Lc 1,53), que Ella sea hoy nuestro ejemplo para confiar en la bondad del Señor, que hace obras grandes con poca cosa, con la humildad de sus siervos. Que así sea.

Al término de su estancia en Ecuador, el Papa inicia este miércoles por la tarde (hora española) en Bolivia la «etapa negra» de su viaje dedicando tres días al país más pobre de América del Sur, con una renta per cápita de 2.500 euros anuales, muy inferior incluso a la de Paraguay. Francisco no viaja a La Paz por el deseo de ver a Evo Morales, sino porque Bolivia es un país cargado de problemas antiguos y nuevos, desde un elevado índice de analfabetismo a la destrucción de valiosísimo patrimonio natural.

El Papa sabe de sobra que igual que actúa de modo intimidatorio contra la Prensa. La Asociación Nacional de la Prensa de Bolivia, que agrupa los principales medios, ha solicitado al Papa que le pida poner fin a la «sistemática asfixia» fiscal y el control «destinado a generar terror y autocensura».

Si en el intento de amordazar la prensa Morales se parece al presidente ecuatoriano Rafael Correa, su explotación política de los encuentros con el Papa está casi al nivel de la mismísima Cristina Fernández de Kirchner. Evo Morales ha visitado a Francisco en el Vaticano en el 2013 y 2014. Como también le saludó en Río de Janeiro durante la Jornada Mundial de la Juventud, este viaje supone su cuarto encuentro con el Papa.

Curiosamente, los preparativos parecen consistir en una campaña publicitaria del cultivo de coca aprovechando la visibilidad mundial que aporta la llegada del Papa.

Hace diez días, el ministro boliviano de las Culturas, Marko Machicao, declaraba en una entrevista difundida por la radio y televisión estales que al Papa «se le había ofrecido infusión de coca o algo para la altura. Él nos ha pedido específicamente que quiere hacer el masticado de coca, así que al Santo Padre se le estará esperando con la sagrada hoja de coca».

El aeropuerto de La Paz, a 4.060 metros de altura, es el quinto aeropuerto comercial más elevado del mundo después de cuatro en China. El efecto de la baja presión es muy duro, y ya en su viaje de 1988, Juan Pablo II se tomó un té de coca –muy similar al normal- para evitar el «soroche». Otra opción es masticar las hojas, parecidas a las del laurel, como hacen los indígenas. Ambos modos de consumirla son legales y aceptados por Naciones Unidas.

Muchos de los periodistas que acompañan al Papa en este viaje –con poco tiempo para aclimatarse o descansar– han estado tomando té de coca ya en Quito, para superar las molestias, sobre todo el dolor de cabeza, de sus 2.850 metros de altura. La diferencia entre la hoja de coca y la cocaína, que se obtiene por refinados sucesivos, es mucho mayor que la que hay entre las uvas y el aguardiente.

500 sobres de coca

El presidente de la Asociación de Productores de Coca (Adepcoca) de La Paz, Ernesto Cordero, ha dicho que llevarán al aeropuerto quinientos sobres de hoja de masticar para ofrecérselos a todos los pasajeros. A su vez, el presidente de las seis federaciones de productores de Bolivia, Leonardo Loza, anuncia que los cocaleros regalarán al Papa un pastel de coca y más hojas el jueves, durante el Encuentro de Movimientos Populares, al que piensan asistir.

La operación publicitaria de Evo Morales comienza por enviar a Quito un avión de Boliviana de Aviación especialmente decorado interiormente para impresionar al Papa y sus acompañantes. Como corresponde al Estado Plurinacional de Bolivia, la tripulación será multiétnica, con representación de varias naciones indígenas.

Además de cuatro asientos tapizados en cuero azul y tejidos indígenas, el aparato incluye cortinas divisorias hechas en telares nativos, así como referencias a la cultura preincaica Tiahuanaco, así llamada por su capital en la orilla sureste del lago Titicaca, en cuyas ruinas Morales prestó juramento como jefe del Estado luciendo ropa tradicional.

El primer presidente indígena en un país en que constituyen la mitad del censo, ganó las elecciones del 2006 y ha sido reelegido en 2009 y 2014. Se declara católico de base pero asiste también a cultos ancestrales de los aymaras («antepasados»), la etnia de que forma parte, la principal junto con los quechuas en un país cuya constitución enumera 37.

Aparte de sacrificios de llamas en áreas remotas, los cultos consisten en honrar al Sol, las montañas o la Madre Tierra («Pachamama»). Pero los guaraníes, que forman el tercer grupo indígena, protestan contra los desastres ecológicos llevados a cabo por la empresa petrolera estatal en parques nacionales y por los permisos concedidos en mayo para perforar en 22 zonas protegidas.

Morales responde que Bolivia tiene que vivir de sus recursos exportables como es ahora sobre todo el gas. Además de intimidar o expulsar a grupos ecologistas, el presidente repite que los países ricos no pueden dictar el destino del Estado Plurinacional.

Señor Presidente,
 
Distinguidas Autoridades,
 
Hermanos en el Episcopado,
 
Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes:
 
Al iniciar esta visita pastoral, deseo dirigir mi saludo a todos los hombres y mujeres de Bolivia con los mejores deseos de paz y prosperidad. 
 
Agradezco al Señor Presidente del Estado Plurinacional de Bolivia la cálida acogida y fraternal que me ha dispensado y sus amables palabras de bienvenida. Doy las gracias también a los señores Ministros y Autoridades del Estado, de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, que han tenido la bondad de venir a recibirme. A mis hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, y fieles cristianos, a toda la Iglesia que peregrina en Bolivia, quiero expresarle mis sentimientos de fraterna comunión en el Señor. Llevo en el corazón especialmente a los hijos de esta tierra, que por múltiples razones no están aquí y han tenido que buscar «otra tierra» que los cobije; otro lugar donde esta madre los haga fecundos y posibilite la vida.
 
Me alegro de estar en este país de singular belleza, bendecido por Dios en sus diversas zonas: el altiplano, los valles, las tierras amazónicas, los desiertos, los incomparables lagos; el preámbulo de su Constitución lo ha acuñado de modo poético: «En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se desplazaron ríos, se formaron lagos. Nuestra amazonia, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores», y esto me recuerda que «el mundo es algo más que un problema a resolver, es un misterio gozoso que contemplamos con jubilosa alabanza» (Laudato si’ 12). Pero sobre todo, es una tierra bendecida en sus gentes, con su variada realidad cultural y étnica, que constituye una gran riqueza y un llamado permanente al respeto mutuo, al diálogo: pueblos originarios milenarios y pueblos originarios contemporáneos; cuánta alegría nos da saber que el castellano traído a estas tierras hoy convive con 36 idiomas originarios, amalgamándose –como lo hacen en las flores nacionales de kantuta y patujú el rojo y el amarillo– para dar belleza y unidad en lo diverso. 
 
En esta tierra y en este pueblo, arraigó con fuerza el anuncio del Evangelio, que a lo largo de los años ha ido iluminando la convivencia, contribuyendo al desarrollo del pueblo y fomentando la cultura.
Como huésped y peregrino, vengo para confirmar la fe de los creyentes en Cristo resucitado, para que cuantos creemos en Él, mientras peregrinamos en esta vida, seamos testigos de su amor, fermento de un mundo mejor, y colaboremos en la construcción de una sociedad más justa y solidaria.
 
Bolivia está dando pasos importantes para incluir a amplios sectores en la vida económica, social y política del país; cuenta con una Constitución que reconoce los derechos de los individuos, de las minorías, del medio ambiente, y con unas instituciones sensibles a estas realidades. Todo esto requiere un espíritu de colaboración ciudadana, de diálogo y de participación de los individuos y los actores sociales en las cuestiones que interesan a todos. El progreso integral de un pueblo incluye el crecimiento en valores de las personas y la convergencia en ideales comunes que consigan aunar voluntades, sin excluir ni rechazar a nadie. Si el crecimiento es solo material, siempre se corre el riesgo de volver a crear nuevas diferencias, de que la abundancia de unos se construya sobre la escasez de otros. Por eso, además de la transparencia institucional, la cohesión social requiere un esfuerzo en la educación de los ciudadanos.
 
En estos días me gustaría alentar la vocación de los discípulos de Cristo a comunicar la alegría del Evangelio, a ser sal de la tierra y luz del mundo. 
 
La voz de los Pastores, que tiene que ser profética, habla a la sociedad en nombre de la Iglesia madre, porque la Iglesia es madre, y lo hace desde su opción preferencial y evangélica por los últimos, por los descartados, por los excluidos. Esa es la opción preferencial de la Iglesia. La caridad fraterna, expresión viva del mandamiento nuevo de Jesús, se expresa en programas, obras e instituciones que buscan la promoción integral de la persona, así como el cuidado y la protección de los más vulnerables. No se puede creer en Dios Padre sin ver un hermano en cada persona, y no se puede seguir a Jesús sin entregar la vida por los que Él murió en la cruz.
 
En una época en la que tantas veces se tiende a olvidar o a tergiversar los valores fundamentales, la familia merece una especial atención por parte de los responsables del bien común porque es la célula básica de la sociedad, que aporta lazos sólidos de unión sobre los que se basa la convivencia humana y, con la generación y educación de sus hijos, asegura el futuro y la renovación de la sociedad.
 
La Iglesia también siente una preocupación especial por los jóvenes que, comprometidos con su fe y con grandes ideales, son promesa de futuro, «vigías que anuncian la luz del alba y la nueva primavera del Evangelio» (Juan Pablo II, Mensaje para la XVIII Jornada mundial de la Juventud, 6). Cuidar a los niños, hacer que la juventud se comprometa en nobles ideales, es garantía de futuro para una sociedad. Y la Iglesia quiere una sociedad que encuentra su reaseguro cuando valora, admira y custodia a sus mayores; que son los que nos traen la sabiduría de los pueblos. Custodiad a los que hoy son descartados por tantos intereses que ponen al centro de la vida económica al dios dinero. Y son descartados los niños y los jóvenes, que son el futuro de un país, y los ancianos, que son la memoria del pueblo. Por eso hay que cuidarlos, hay que protegerlos. Son nuestro futuro. La Iglesia hace opción por ir generando una «cultura memoriosa» que le garantiza a los ancianos no solo la calidad de vida en sus últimos años sino la calidez, como bien lo expresa su constitución.
 
Señor Presidente, queridos hermanos y hermanas, gracias por estar aquí. Estos días nos permitirán tener diversos momentos de encuentro, diálogo y celebración de la fe. Lo hago alegre y contento de estar en esta Patria que se dice a sí misma pacifista, patria de paz, que promueve la cultura de la paz y el derecho a la paz.
 
Pongo esta visita bajo el amparo de la Santísima Virgen de Copacabana, Reina de Bolivia, y a Ella le pido que proteja a todos sus hijos. Muchas gracias y que el Señor los bendiga. Jallalla Bolivia.

El Papa Francisco dirigió un discurso a las autoridades civiles de Bolivia en la Catedral de La Paz. A continuación el texto completo de su alocución (las cursivas son las palabras improvisadas del Santo Padre)

Señor Presidente,

Excelencias,

Hermanas y hermanas:

Me alegro de este encuentro con ustedes, autoridades políticas y civiles de Bolivia, miembros del Cuerpo diplomático y personas relevantes del mundo de la cultura y del voluntariado. Agradezco a Mons. Edmundo Abastoflor, Arzobispo de esta Iglesia de la Paz, su amable bienvenida. Les ruego que me permitan cooperar, alentando con algunas palabras, la tarea que cada uno de ustedes ya realiza. Y les agradezco la cooperación que ustedes con su testimonio de calurosa acogida me dan a mi para que yo pueda seguir adelante. Muchas gracias.

Cada uno a su manera, todos los aquí presentes compartimos la vocación de trabajar por el bien común. Ya hace 50 años, el Concilio Vaticano II definía el bien común como «el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a los grupos y a cada uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente de la propia perfección»; gracias a ustedes por aspirar –desde su rol y misión– para que las personas y la sociedad se desarrollen, alcancen su perfección.

Estoy seguro de sus búsquedas de lo bello, lo verdadero, lo bueno en este afán por el bien común. Que este esfuerzo ayude siempre a crecer en un mayor respeto a la persona humana en cuanto tal, con derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral, a la paz social, es decir, la estabilidad y seguridad de un cierto orden, que no se produce sin una atención particular a la justicia distributiva. (cf. Laudato si’ 157). Que la riqueza se distribuya.

En el trayecto hacia la catedral he podido admirarme de las cumbres del Hayna Potosí y del Illimani, de ese «cerro joven» y de aquel que indica «el lugar por donde sale el sol». También he visto cómo de manera artesanal muchas casas y barrios se confundían con las laderas y me he maravillado de algunas obras, de su arquitectura. El ambiente natural y el ambiente social, político y económico están íntimamente relacionados.

Nos urge poner las bases de una ecología integral, es problema de salud. Una ecología integralque incorpore claramente todas las dimensiones humanas en la resolución de las graves cuestionessocioambientales de nuestros días, sino los glaciares de esos mismos montes seguirán retrocediendo y la lógica de la recepción, la conciencia del mundo que queremos dejar a los que nos sucedan, su orientación general, su sentido, sus valores también se derretirán como esos hielos (cf. Laudato si’ 159-160). De esto hay que tomar conciencia. Ecología integral y me arriesgo, supone ecología de la madre tierra, cuidar la madre tierra,  Ecología humana, cuidarnos entre nosotros y ecología social. Forzada la palabra.

Como todo está relacionado, nos necesitamos unos a otros. Si la política se deja dominar por la especulación financiera o la economía se rige únicamente por el paradigma tecnocrático y utilitarista de la máxima producción, no podrán ni siquiera comprender, y menos aún resolver, los grandes problemas que afectan a la humanidad.

Es necesaria también la cultura, de la que forma parte no solo el desarrollo de la capacidad intelectual del ser humano en las ciencias y de la capacidad de generar belleza en las artes, sino también las tradiciones populares locales, eso también es cultura, con su particular sensibilidad al medio de donde han surgido y al que dan sentido y del medio del que han salido. Se requiere de igual forma una educación ética y moral, que cultive actitudes de solidaridad y corresponsabilidad entre las personas. Debemos reconocer el papel específico de las religiones en el desarrollo de la cultura y los beneficios que puedan aportar a la sociedad.

Los cristianos, en particular, como discípulos de la Buena Noticia, somos portadores de un mensaje de salvación que tiene en sí mismo la capacidad de ennoblecer a las personas, de inspirar grandes ideales capaces de impulsar líneas de acción que vayan más allá del interés individual, posibilitando la capacidad de renuncia en favor de los demás, la sobriedad y las demás virtudes que nos contienen y nos unen. Esas virtudes que vuestra cultura tan sencillamente se expresan esos tres mandamientos, “no mentir”, “no robar”, “no ser flojo”, pero debemos estar alertas pues muy fácilmente nos habituamos al ambiente de inequidad que nos rodea, que nos volvemos insensibles a sus manifestaciones. Y así confundimos sin darnos cuenta el «bien común» con el «bien-estar», Y de ahí se va resbalando de a poquito de a poquito y el ideal del bien común cómo que se va perdiendo y termina en el bienestar sobre todo cuando somos nosotros los que los disfrutamos y no los otros.

El bienestar que se refiere solo a la abundancia material tiende a ser egoísta, tiende a defender los intereses de parte, a no pensar en los demás,y a dejarse llevar por la tentación del consumismo.Así entendido, el bienestar, en vez de ayudar, incuba posibles conflictos y disgregación social; instalado como la perspectiva dominante, genera el mal de la corrupción que cuánto desalienta y tanto mal hace. El bien común, en cambio, es algo más que la suma de intereses individuales; es un pasar de lo que «es mejor para mí» a lo que «es mejor para todos», e incluye todo aquello que da cohesión a un pueblo: metas comunes, valores compartidos, ideales que ayudan a levantar la mirada, más allá de los horizontes particulares.

Los diferentes agentes sociales tienen la responsabilidad de contribuir a la construcción de la unidad y el desarrollo de la sociedad. La libertad siempre es el mejor ámbito para que los pensadores, las asociaciones ciudadanas, los medios de comunicación desarrollen su función, con pasión y creatividad, al servicio del bien común. También los cristianos, llamados a ser fermento en el pueblo, aportan su propio mensaje a la sociedad.

La luz del Evangelio de Cristo no es propiedad de la Iglesia; ella es su servidora, la Iglesia debe servir al Evangelio de Cristo para que llegue hasta los extremos del mundo. La fe es una luz que no encandila, las ideologías encandilan, la fe no encandila, la fe es una luz que no obnubila,sino que alumbra y guía con respeto la conciencia y la historia de cada persona y de cada convivencia humana. Respeto. El cristianismo ha tenido un papel importante en la formación de la identidad del pueblo boliviano.

La libertad religiosa –como es acuñada habitualmente esa expresión en el fuero civil– es quien también nos recuerda que la fe no puede reducirse al ámbito puramente subjetivo. No es una subcultura. Será nuestro desafío alentar y favorecer que germinen la espiritualidad y el compromiso de la fe, el compromiso cristiano en obras sociales. En extender el bien común a través de las obras sociales.

Entre los diversos actores sociales, quisiera destacar la familia, amenazada en todas partes por tantos factores la violencia doméstica, el alcoholismo, el machismo, la drogadicción, la falta de trabajo, la inseguridad ciudadana, el abandono de los ancianos, los niños de la calle y recibiendo pseudo-soluciones desde perspectivas que no son saludables a la familia sino que provienen claramente de colonizaciones ideológicas. Son tantos los problemas sociales que resuelve la familia, que lo resuelve en silencio, son tantos que no promover la familia es dejar desamparados a los más desprotegidos.

Una nación que busca el bien común no se puede cerrar en sí misma; las redes de relaciones afianzan a las sociedades. El problema de la inmigración en nuestros días nos lo demuestra. El desarrollo de la diplomacia con los países del entorno, que evite los conflictos entre pueblos hermanos y contribuya al diálogo franco y abierto de los problemas, hoy es indispensable. Estoy pensando acá en el mar. Diálogo, es indispensable. Construir puentes en vez de levantar muros. Construir puentes en vez de levantar muros. Todos los temas, por más espinosos que sean, tienen soluciones compartidas, tienen soluciones razonables, equitativas y duraderas. Y, en todo caso, nunca han de ser motivo de agresividad, rencor o enemistad que agravan más la situación y hacen más difícil su resolución.

Bolivia transita un momento histórico: la política, el mundo de la cultura, las religiones son parte de este hermoso desafío de la unidad. En esta tierra donde la explotación, la avaricia y múltiples egoísmos y perspectivas sectarias han dado sombra a su historia, hoy puede ser el tiempo de la integración. Y hay que caminar en ese camino Hoy Bolivia puede «crear nuevas síntesis culturales».

¡Qué hermosos son los países que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindos cuando están llenos de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro! (cf. Evangelii gaudium 210). Bolivia, en la integración y en su búsqueda de la unidad, está llamada a ser «esa multiforme armonía que atrae» (Evangelii gaudium 117). Y que atrae en el camino de la consolidación de la Patria grande.

Muchas gracias por su atención. Pido al Señor que Bolivia, «esta tierra inocente y hermosa» siga progresando cada vez más para que sea esa «patria feliz donde el hombre vive el bien de la dicha y la paz». Que la Virgen santa los cuide y el Señor los bendiga abundantemente. Y por favor, por favor les pido, que no se olviden de rezar por mí.

¿Por qué el Papa eligió visitar Ecuador, Bolivia y Paraguay en su viaje a América del Sur? Es difícil aventurarse en los motivos que guardan las personas en sus corazones y más difícil resulta aún si esa persona se llama Jorge Mario Bergoglio, alguien que siempre, por alguna razón, sorprende. Es ésa una de sus características desde antes de ser el papa Francisco. Hay lecturas apresuradas que lo entienden como una maquiavélica y opaca manera de gobernar, aunque, en realidad, podría pensarse como el abandono de Maquiavelo y la búsqueda constante de retorno al Evangelio.

Excluyendo a América Central y el Caribe, Ecuador, Bolivia y Paraguay son los países con mayor cantidad de población pobre y excluida. Una vez más, por ahí comienza Francisco. Desde su primer viaje a Lampedusa, ésa ha sido una constante: primero los pobres. Detrás de todos los gestos del Papa, hay un contenido simbólico que marca un rumbo especialmente dirigido a los pastores, pero que alcanza a todos los cristianos.

No deberían buscarse sólo explicaciones de geopolítica a la elección de estos tres países: la razón está en los evangelios. Otra cosa es que tomar decisiones desde los evangelios tenga consecuencias políticas: eso es así desde el primer momento. Fue uno de los retos que debió enfrentar Jesús: la interpretación de sus gestos trascendentes como intromisiones en la pequeña política doméstica.

Esta manera de actuar de Francisco contiene un primer mensaje importante para los que tienen responsabilidades de gobierno en los países de la región y actúan atrapados en el corto plazo, carentes de una visión trascendente en todos los sentidos de la palabra. Primero los pobres, es el primordial y más obvio de los significados de esta segunda visita a América latina.

La región es una parte del mundo en constante ebullición, un hervidero de cambios y transformaciones profundas. Hay generaciones enteras que no han conocido otra cosa sino el cambio permanente y una inestabilidad constante. Pero sería un error creer que esta situación de transformaciones que se suceden unas a otras ha generado pueblos angustiados o temerosos.

Ésa es una de las dificultades que suelen afrontar las naciones del Primer Mundo para entender los procesos sociales que se viven en nuestros países y es también una de las dificultades que tienen algunos para entender al papa Francisco. En él, como en América latina, no hay temor al conflicto; se vive en él desde hace mucho y se acepta que la vida es así y que el objetivo no es eliminar las dificultades a cualquier precio y de un día para el otro, sino atreverse a vivirlas y aprender de ellas.

Es el "continente de la esperanza", la región del mundo en la que hay más católicos y en la que una religiosidad popular cristiana se extiende por todos los barrios y poblados: es además, en este momento, la tierra del Papa. Casi en cada ciudad hay por lo menos una importante escuela católica y se destacan muchas y prestigiosas universidades de la Iglesia. Pero, simultáneamente, es el lugar de mayor inequidad social. Las contradicciones se agudizan cuando descubrimos que casi todos los gobiernos autoritarios o las empresas explotadoras de las personas y del medio ambiente han estado conducidos por personas salidas de colegios y universidades católicas. En algo muy significativo ha fallado la tarea de la Iglesia en su esfuerzo de evangelización.

A diferencia de lo que podría encontrar en otras regiones del mundo, el Papa está con un pueblo profundamente creyente. Personas de fe sencilla que aman a la Iglesia a pesar de todos sus errores y tropiezos. Hombres y mujeres que han aprendido a vivir la fe en medio del sufrimiento, a veces extremo. En Ecuador, Bolivia y Paraguay, como en todos los países de la región, son muy pocos los que piensan que la fe es un pasaporte hacia el bienestar espiritual, un nuevo y sofisticado objeto de consumo que nos permite sentirnos bien.

La unión de sangre y culturas ha generado una religiosidad popular también caracterizada por la mezcla de elementos en ocasiones muy disímiles. La práctica de la Iglesia ha sido la aceptación de esa realidad como algo positivo y a la vez necesitado de esclarecimiento y maduración. Vistosas celebraciones, con una participación multitudinaria de fieles, muestran una fe que reúne elementos cristianos conviviendo con otro tipo de creencias.

Esta actitud ante la religiosidad popular en América no es muy diferente de lo que la Iglesia ha hecho siempre a lo largo de la historia. Así como en cada persona las motivaciones de la fe están mezcladas con otros elementos, en las culturas la religiosidad se expresa de diferentes maneras, en ocasiones difíciles de comprender para quienes están fuera de ese contexto. ¿Hay algún punto de referencia objetivo para evaluar una fe más auténtica que otra? La respuesta nuevamente hay que buscarla en los pobres. La fe es más fuerte y más cristiana cuanto más impulsa a la caridad y al compromiso con los que sufren.

Como dice en su última encíclica, Laudato si', Francisco cree que "las reflexiones teológicas o filosóficas sobre la situación de la humanidad y del mundo pueden sonar a mensaje repetido y abstracto si no se presentan nuevamente a partir de una confrontación con el contexto actual, en lo que tiene de inédito para la historia de la humanidad". Ésta es una de las características de su manera de actuar. Y ya se lo comenzó a apreciar en estos días. Para que un mensaje no suene repetido y por lo mismo gastado y vacío; para que las palabras de la Iglesia impacten en los corazones y en las culturas, es necesario que esas palabras sean confrontadas con el momento actual, más precisamente con lo inédito de cada situación.

Cuando se repiten hasta la saciedad los mismos conceptos, por importantes que éstos sean, el resultado son los discursos inútiles. El Evangelio es el mismo ayer, hoy, y siempre. Sus verdades son eternas, pero eso no quiere decir que sean atemporales.

En estos días que pasa Francisco en América del Sur, asistimos al contacto entre la actualidad profunda de estos países y el mensaje y la persona de Jesucristo para este momento y este lugar. El fruto de esa visita debería ser que cada comunidad y cada cristiano sean capaces de hacer lo mismo en su propio ámbito de vida: poner en contacto el Evangelio con la realidad; las palabras y los gestos de Jesús con lo inédito del momento presente.

Francisco no invita a repetir sus palabras una y otra vez, sino a hacer lo que él hace. Se trata de la alegría del Evangelio.

Director de la revista Vida Nueva.

La empresa Mercados y Muestras consultó a la población sobre su preferencia religiosa y la mayoría, concentrada en un  74%, manifestó ser cristiana católica. Sólo el 1% practica otro tipo de religión.

"¿Qué religión tiene usted?”, fue la pregunta formulada y según los resultados de la encuesta el 74% de las personas entrevistadas en el país pertenece a la religión católica; el 22%  cree en Cristo pero que no profesa el catolicismo; el 3% es agnóstico o ateo y sólo el 1% pertenece a otras religiones.

 El artículo 4 de la Constitución Política del Estado (CPE) establece que el Estado respeta y garantiza la libertad de religión y de creencias espirituales, de acuerdo con sus cosmovisiones. El Estado es independiente de la religión.

Esto significa que no hay una religión oficial  en Bolivia, porque se considera al país un estado laico.

Ante esta situación no se tiene actualmente datos específicos sobre porcentajes de preferencias de culto.

Se debe recordar que en el Censo Nacional de Población y Vivienda de 2012 no se incluyeron preguntas sobre la religión, el acullico (masticado de  la hoja de coca) y el mestizaje. 

Los únicos datos con los que se cuenta son del  Instituto Nacional de Estadística (INE) y de su  Encuesta Continua de Hogares, realizada en noviembre de 2001, en la cual se preguntó a la gente sobre la religión que profesa.

El 77,63% de la población declaró que pertenece a la religión católica, el 16,64% a la protestante evangélica, el 3,26% aseguró ser de otra religión o de profesar el cristianismo,el 2,36% aseguró  que no seguía ninguna religión y el 0,11% señaló que practica los ritos  de otro culto.

El porcentaje mínimo corresponde al culto que profesan los menonitas, luteranos, adventistas, bautistas, pentecostales, metodistas y mormones, entre otros. Se considera que estas religiones fueron heredadas  de misioneros extranjeros.

Pese a  las estadísticas, la gente se considera cristiano-católica.

 No obstante, parte de este  grupo  de personas también rinde culto a diferentes vírgenes y santos en los nueve departamentos del país.
Son veneradas, en misas y otras prácticas religiosas, algunas imágenes religiosas, como la Virgen de Copacabana, en La Paz; la Virgen del Socavón, en Oruro; la Virgen de Urkupiña, en Cochabamba; el Señor de Gran Poder o el Tata Santiago, ambos en el departamento de La Paz.
Al finalizar este  rito sagrado, se celebra una fiesta folklórica.


"Dios sigue actuando en Bolivia”

Iván Bravo Arzobispado de La Paz

Hay que reconocer que la Iglesia es cristiana, seguimos a Cristo, y católica significa que es universal. El hecho de que  haya mayor preferencia  en la religión católica en un Estado laico es de esperar, porque   el mundo  puede vivir su fe  de manera libre o vivir esta adhesión a lo sagrado.

Es importante reconocer que, lo dicen las estadísticas, se nota que esta porción del pueblo boliviano tiene esa inclinación religiosa y que es ser orante, esto es para nosotros es saber que Dios sigue actuando en la libertad el pueblo. Como dice la encíclica que nos ha mandado el Santo Padre: nuestra casa es de todos y para todos.
La llegada del Santo Padre es para nosotros una bendición y también para el pueblo boliviano. Es una visita apostólica, está viniendo el apostol Pedro, no está viniendo a mostrarse como Jorge Mario Bergolio, es importante recordar esto, y si el pueblo boliviano dice ser católico es porque hay una convicción de fe en sus vidas, es una adhesión que les nace.

La gente debe saber  que la Iglesia está abierta a todos, que rompe fronteras, culturas y muchas otras cosas. Ellos  dicen: yo me adhiero al mensaje de Jesús.

Wendy Pinto  / La Paz

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Mons. Aparicio en la Fiesta de Urkupiña

Vº Congreso Eucarístico Nacional 16-20/IX/2015

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