Martes, 23 Mayo 2017

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Así parafraseó este dicho latino, Mons. Roberto Bordi, Obispo Auxiliar del Beni, a tiempo de comentar las publicaciones que realiza, hace 9 años y las mismas que, hoy por hoy, suman 49 números. Se trata de una literatura básicamente de reflexión espiritual bajo el nombre general de PENSAMIENTOS. Su propósito es pastoral y pretende llegar al corazón, a la mente y a la conciencia de la gente de nuestro tiempo. Además estas mismas publicaciones se encuentran disponibles en un blog, a fin de ampliar su difusión.

Como sacerdote y como pastor siempre tuve la inquietud de comunicar el mensaje cristiano, durante muchos años lo hice como párroco y como operador social. Ahora he visto la necesidad e importancia de la palabra escrita. Se puede hacer apostolado de muchas maneras y la escritura es una de las modalidades más importantes. Los latinos decían “Verba volant, scripta permanent” (Las palabras vuelan, lo escrito permanece).

He tratado de escribir de manera sencilla para hacerme comprender. La finalidad es llegar al corazón, a la mente y a la conciencia de las personas con el mensaje cristiano. Empecé hace 8 a 9 años. Le pedí consejo a Mons. Manuel Eguiguren, le presenté mi primer folleto y él me animó a escribir. Ya son 48 publicaciones y acabo de enviar a imprenta el número 49. No es una colección ´programada, sino que voy eligiendo los temas de acuerdo a lo que veo que puede ser relevante para la vida de los cristianos.
Temas como Camino a Dios, Caminaré en presencia del Señor, Dios fundamento, Vivir con esperanza, Vivir con alegría… y sobre Jesús tengo varios libritos, el último es precisamente Cristo Camino, Verdad y Vida y Cristo, luz del mundo, tengo otros como Evangelio es Alegría, o Manual del Misionero y otros temas fundamentales… tengo un librito sobre la Virgen, otro sobre la Biblia, otro sobre la Oración,, y así..
Nuestra relación con Dios y nuestra vivencia se juega en estos factores del corazón, de la mente y la conciencia. Me baso en la Doctrina Social de la Iglesia, la Sagrada Escritura y las ciencias humanas. Bajo este esquema he ido elaborando estos libritos. No sé hasta cuando seguiré escribiendo. es una actividad libre, será hasta que Dios quiera.

Deseo lograr que los fieles vean que la vida cristiana no es algo casual, sino algo fundamental. Entender que lo que viene de Dios nos lleva a Dios, de ahí viene la palabra religión que quiere decir relación. Dios es surtidor de los bienes materiales y espirituales. El bien más grande que Dios nos da es la participación en su propia vida, eso colma todas nuestras expectativas y se cumple así la meta de nuestra existencia.

Una señora me sugirió ponerlos en internet (en un BLOG) para que los que lo desean puedan aprovechar estos escritos. Cualquiera puede verlos y aprovecharlos, no tengo pretensiones como derechos de autor, mi único propósito es hacer apostolado, trabajar por la gloria de Dios y el bien de las almas, como lo hizo Jesús.

Estos escritos se financian en parte con la venta y el resto con la ayuda de Adveniat y la Conferencia Episcopal Española. La venta no cubre los costos, pero son una base. La providencia provee y hasta ahora no ha faltado. Se imprimen unos 500 ejemplares, más o menos la mitad se regalan mayormente a sacerdotes y agentes pastorales en el Beni.

Antes de lograr ser buenos y santos sacerdotes debemos ser buenos cristianos


Le dijeron los seminaristas a los Obispos de Bolivia con quienes celebraron una Eucaristía este 1 de mayo, aniversario del Seminario San José. El encargado de presentar el saludo de agradecimiento fue el seminarista Mario Gutiérrez, Hermano Mayor de la comunidad.

Queridos Obispos de Bolivia, damos gracias A Dios que nos permite tener este encuentro con ustedes.
Estamos en este camino buscando ser buenos y santos sacerdotes, pero antes de ello queremos llegar a ser buenos cristianos, cristianos enamorados de Cristo para que Él sea el centro de nuestra vida, cristianos comprometidos con la realidad de nuestro pueblo, cristianos que conozcan las necesidades de la gente.
Estamos en este proceso de formación, buscando configurarnos con Cristo, Buen Pastor, para dar la vida por nuestras ovejas.
Este año que nos preparamos al V Congreso Americano Misionero queremos contagiarnos de este espíritu misionero.
Que la Virgen María y nuestro patrono San José nos ayuden a vivir en caridad.

“Si trabajamos para percibir la presencia del resucitado en medio de nosotros; también hay que estar atentos y ser conscientes de las ausencias de Jesús”, ha afirmado Mons. Ricardo Centellas, Presidente de la Conferencia Episcopal Boliviana, a tiempo de denunciar la falta de respeto a la vida de los inocentes, la espiral de violencia, la tendencia a poner a las personas al servicio de la ideología, la economía o el poder, y la intolerancia social como expresiones de nuestra realidad donde no está presente Jesús Resucitado. Su mensaje fue parte de la Eucaristía que los Obispos celebraron este domingo como parte de su CIII Asamblea Plenaria.

“Si trabajamos para percibir la presencia del resucitado en medio de nosotros; también hay que estar atentos y ser conscientes de las ausencias de Jesús:
Está ausente en tantos signos de muerte que dañan la dignidad humana, no hay un mínimo de respeto a la persona como tal, menos al indefenso e inocente. Una espiral de violencia intrafamiliar, de indiferencia, de falta de diálogo en la familia, que debilita la identidad de la familia. Una intolerancia social que expresa mediocridad e irracionalidad humana, alterando la convivencia pacífica y responsable.
La tendencia a poner al hombre al servicio de la ideología, la economía y el poder, encierra a la persona en sus ambiciones personales y grupales y le ciega e incapacita para ver las necesidades de los otros. Todo está centrado en servirse de los demás y de las ocasiones que le brinda la función pública y privada, para entrar en una hegemonía totalitaria, en la que no sirve de nada o es imposible cuestionar, criticar, disentir. Esta es una cultura de muerte, que silenciosamente anula los derechos humanos, especialmente de los más pobres.
Reconocer a Jesús resucitado que nos comunica vida es no quedarse adormecido por estas corrientes tan frecuentes en la vida social. Es hora de despertar para detener la hegemonía y apostar por una sociedad plural, justa y solidaria, donde haya espacio para el encuentro respetuoso, libre y soberano.
Cristo Resucitado que camina con nosotros nos ayude a descubrirle vivo cuando parte el pan con nosotros en cada Eucaristía”.

¿De la gran inclusión a la gran expulsión?


Por Rubén Rumbaut*

Aunque los titulares de prensa parezcan indicar otra cosa, en un mundo de más de 7.000 millones de habitantes, sólo el 3% son migrantes internacionales, personas que viven fuera del país en el que nacieron. Aun así, cada vez son más los que emigran, sobre todo desde el sur del planeta hacia el norte, y, en ese proceso, el mundo sufre una transformación inevitable.

Vivimos en una época en la que la proporción de personas ricas (y mayores) cada vez es menor, y cada vez mayor la de personas pobres (y jóvenes); las presiones migratorias aumentan sin cesar como consecuencia de las desigualdades mundiales y de conflictos irresolubles; y los países más desarrollados se encuentran en una crucial encrucijada demográfica y laboral.

La inmigración es una fuerza transformadora, que produce cambios sociales profundos e imprevistos tanto en las sociedades de origen como en las de acogida, en las relaciones entre los distintos grupos dentro de las sociedades de acogida y entre los propios inmigrantes y sus descendientes.

La inmigración va acompañada, no sólo de procesos de aculturación por parte de los inmigrantes, sino también de medidas políticas de los Estados para controlar las oleadas. También conlleva distintos tipos de reacciones de los residentes establecidos y de sus políticos, que pueden considerar que los recién llegados son amenazas culturales o económicas.

El miedo al extranjero —la xenofobia de la llamada sociedad del menosprecio— crece en mayor o menor medida con todas las formas de migraciones internacionales y se ve agudizado por la crisis económica global, los atentados terroristas, la guerra y la afluencia de refugiados.

Gran parte de la historia estadounidense puede verse como un proceso dialéctico de los procesos de inclusión y exclusión y, en casos extremos, de expulsiones y deportaciones forzosas

Una característica fundamental de la historia de Estados Unidos ha sido la extraordinaria capacidad de la llamada nación de inmigrantes para absorber, como una esponja gigante, a decenas de millones de personas de todas las clases, todas las culturas y todos los países.

Sin embargo, esa virtud admirable ha coexistido siempre con una cara más sórdida del proceso de construcción y concepción nacional. De hecho, gran parte de la historia estadounidense puede verse como un proceso dialéctico de los procesos de inclusión y exclusión y, en casos extremos, de expulsiones y deportaciones forzosas.

La magnitud de estos procesos de inclusión podría contarse a través de la historia de dos ciudades. La primera, Nueva York, ciudad de inmigrantes por antonomasia.

Desde 1820 (cuando se empezó a guardar registro de las llegadas) hasta 1892 (el año en que empezó a funcionar el puesto de la sila de Ellis, en la entrada al puerto de Nueva York, junto a la Estatua de la Libertad colocada en 1886), los inmigrantes llegaban en barco a los muelles en la punta de Manhattan y después pasaban por el cercano Castle Garden (el primer centro de recepción de inmigrantes en EE.UU.). Más de 100 millones de estadounidenses son descendientes de aquellos (en su inmensa mayoría, europeos) que llegaron esa primera ola de inmigración.

Más tarde, desde 1892 hasta su cierre en 1954, la isla de Ellis fue el puerto de entrada de más de 12 millones de personas y el centro de inspección de inmigrantes con más tráfico de Estados Unidos, sobre todo entre 1905 y 1914. A partir de 1924, ese islote sirvió principalmente como centro de detención y deportación.

Otros 100 millones de estadounidenses descienden de personas que llegaron entonces a la isla de Ellis y se repartieron por todos los rincones del país. Es decir, más de la mitad de la población estadounidense actual (320 millones de habitantes) tiene antepasados que entraron por la ciudad de Nueva York entre la década de 1820 y la de 1920.

En la costa oeste, las cosas se desarrollaron de manera muy distinta, especialmente en Los Ángeles, que hoy en día es la principal metrópoli inmigrante del mundo. Resulta difícil exagerar la transformación demográfica que ha experimentado California en el último medio siglo.

En 1960, Los Ángeles aún era la más blanca y la más protestante de las grandes ciudades del país. A finales de los años ochenta, un tercio de todos los inmigrantes que entraban en Estados Unidos se establecía en California; hoy, de los 10 millones de personas residentes en el condado de Los Ángeles (el más grande del país), el 72% pertenece a minorías étnicas (es decir, 7,2 millones de personas, una cifra muy superior a la de la mayoría de los estados de EE UU).

El sur de California alberga la mayor concentración de mexicanos, salvadoreños, guatemaltecos, filipinos, coreanos, japoneses, taiwaneses, vietnamitas, camboyanos e iraníes, fuera de sus respectivos países de origen, y tiene también contingentes notables de armenios, chinos continentales, hondureños, indios, laosianos, rusos, judíos israelíes y árabes procedentes de varios países, entre otros. La mayoría de los grandes grupos de inmigrantes llegados a Estados Unidos desde los años sesenta se ha establecido sobre todo en el área metropolitana de Los Ángeles.

En la actualidad, los inmigrantes representan más del 25% de los 38 millones de personas residentes en California, y más de la cuarta parte de todos los inmigrantes del país vive en dicho estado. Esto se debe a varios factores: la ley de inmigración de 1965 (que revocó una ley racista de 1924 que imponía cuotas por país de origen), el reasentamiento de cientos de miles de refugiados de Cuba durante la Guerra Fría y de Vietnam, Laos y Camboya al terminar la guerra de Indochina en 1975, y la amnistía concedida por la ley de reforma y control de la inmigración a los inmigrantes indocumentados de 1986.

El censo de población de 1970 tenía la menor proporción de personas nacidas en el extranjero de toda la historia de Estados Unidos: 4,7%. Hoy, esa proporción es del 13% a nivel nacional, cerca del récord histórico del 14,8% en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.

La diversidad étnica y nacional de los inmigrantes contemporáneos en Estados Unidos palidece si se compara con la diversidad de su extracción social. En la actualidad los grupos con mayor y menor nivel educativo están notablemente formados por inmigrantes. Esto es un reflejo de los tipos de inmigración, diametralmente opuestos, sedimentados en distintos contextos históricos —e insertos en un mercado laboral tipo “reloj de arena”, cada vez más dividido entre sector tecnológico con alta remuneración frente a sector manual con baja remuneración, que atrae tanto a inmigrantes profesionales como a trabajadores sin papeles—.

Estos últimos se han convertido, especialmente en las las últimas décadas, en el elemento más controvertido de la política de inmigración. De los 43 millones aproximados de inmigrantes que viven hoy en Estados Unidos, un poco más de la cuarta parte —se calcula que unos 11 millones— son indocumentados.

Varios millones llegaron de niños; algunos de ellos, los llamados “dreamers” (soñadores), se han beneficiado de las acciones ejecutivas del presidente Obama, que pretenden proporcionarles estatus legal provisional, acceso al mercado laboral y permitirles obtener el permiso de conducir para protegerles del riesgo de expulsión y tratar de integrarlos en la sociedad.

Ahora ante la impensable llegada al poder de un demagogo estamos a punto de iniciar un periodo lleno de incertidumbres que quizá acabe siendo uno de los más trágicos y vergonzosos en la historia de la "nación de inmigrantes”.

Trump comenzó su campaña presidencial acusando falsamente a los inmigrantes mexicanos de ser delincuentes y violadores y proponiendo la construcción de un muro en la frontera, proponiendo el fin de la ciudadanía por nacimiento (una seña de identidad del derecho constitucional estadounidense desde el final de la Guerra de Secesión), anunciando el establecimiento de un registro de musulmanes, la reducción de la acogida a refugiados (o la negativa de asilo a nacionalidades enteras), la retirada de la financiación federal a las ciudades santuario [que protegen a los inmigrantes indocumentados] y un enorme incremento de la detención y la deportación de inmigrantes —que ya están en un nivel sin precedentes—.

El momento actual remite a los Know Nothing de mediados del XIX y su violento anticatolicismo; a los movimientos nativistas posteriores contra los inmigrantes del sur y el este de Europa, que culminaron en la racista y restrictiva ley de cuotas por país de procedencia de 1924; a la histeria antialemana de la Primera Guerra Mundial.

También trae a la memoria muchos otros movimientos de exclusión: como el desplazamiento forzoso de poblaciones indígenas, la ley de expulsión de chinos de 1882 (un año antes de que Emma Lazarus escribiese su poema grabado en la Estatua de La Libertad), el acotamiento de una zona prohibida a los asiáticos de 1917, el internamiento de estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, y la repatriación (expulsión forzosa) durante los años treinta del siglo XX de un millón de estadounidenses de origen mexicano (más de la mitad eran ciudadanos estadounidenses), es decir, el destierro de cerca de un tercio del número total de mexicanos estadounidenses que había en aquella época.

La “nación de la deportación” de la actualidad se ha forjado mediante la militarización de la frontera; la aprobación en 1996 de unas leyes federales draconianas que ampliaron enormemente las categorías de delitos que forzaban la expulsión; la creación de una temible y bien dotada maquinaria para la detención y deportación de inmigrantes; el bloqueo ante cualquier reforma sustantiva de la legislación federal, incluida la Ley DREAM de la administración Obama; y la proliferación de leyes y normativas estatales y locales que pretenden controlar la inmigración a pequeña escala pese a los dictados constitucionales en sentido opuesto.

Resulta irónico que Barack Obama, que llegó a la presidencia tras haber prometido reformar las leyes de inmigración, abandonará el cargo después del periodo en que se han producido el mayor número de deportaciones de la historia de EE UU. La historia puede que no se repita, pero resuenan ecos.

* Rubén G. Rumbaut, experto en la inmigración estadunidense, es profesor distinguido de sociología en la Universidad de California.

“Tiempo de la Alegría” Visita a un enfermo o anciano

Comenzó el tercer domingo de adviento el tiempo de la Alegría y que nos aconseja visitar a un enfermo o anciano para poder reanimarlo y contagiarlo de ese ánimo y gozo por la vida, en ese sentido P. Giuseppe Gallo Vicario de la Pastoral Social Caritas del Arzobispado de Cochabamba, emitió un mensaje de reflexión.

“Estamos en el tercer domingo de adviento, un domingo de inmensa alegría que no tiene límites, el único límite es Dios, ¿y por qué tanta alegría y tanta felicidad?, porque de verdad nuestro corazón es el que está viviendo una nostalgia de Dios, un deseo de él, y ¿cuándo será que podre llenar mi corazón de alegría?, en este tiempo que se está acercando”, decía.

P. Gallo continuaba: “de manera que es una espera llena de alegría, llena de gozo, llena de amor y este es el deseo que queremos hacer desde la Iglesia Católica de Cochabamba, un deseo que queremos que sea de verdad una explosión de alegría y naturalmente la alegría debe difundirse con la solidaridad y el amor de manera que Feliz Adviento para todos”, concluyó.

 

“San Juan Evangelista”

El día de ayer en los ambientes del Arzobispado se llevó a cabo la ceremonia de graduación de la Escuela de Formación para Catequistas (ES.FO.CAT.), donde 25 graduados de diferentes parroquias, recibieron el diploma y certificados de las manos de P. Carlos Curiel Vicario General del Arzobispado, P. Wilson Vidaurre Director de la ES.FO.CAT. y la Hermana Rosario Lourdes Gutiérrez Canciller del Arzobispado.

La ceremonia comenzó el ingreso de los graduados y las palabras del Director P. Vidaurre que dijo: “satisfecho y llenos de gozo por haber acompañado a nuestros catequistas, porque ha sido un tiempo que compartimos con ellos sus vidas, sus experiencias, pero también su ministerio catequético y emocionado porque sé que son personas llamadas por Dios al ministerio catequético y llevar la buena noticia la palabra de Dios a nuestro pueblo y lo expresarán con entusiasmo, alegría y creatividad”.

Por otro lado también se hizo la invitación para el año que viene a formar parte de la ES.FO.CAT. San Juan Evangelista: “este es un espacio de formación teológico, bíblico, catequético y pastoral y está abierto a todas las personas de buena voluntad que quiera ejercer este ministerio desde la palabra de Dios, dirigido a los jóvenes, padres de familia que sientan este llamado y déjense orientar por la voz de Dios orientado a este servicio, es una tarea que la llevamos agarrados de la mano de él y con la Iglesia conjuntamente”, concluyó.

Seguidamente P. Curiel manifestó su alegría por los catequistas emitiendo un mensaje, donde reflexionaba: “nos emociona el hecho de que personas respondan al llamado del señor y a ser esos discípulos y misioneros que tanto necesita nuestra tierra, porque el ser Catequista es un llamado del Señor desde el aprendizaje que hacemos, somos discípulos antes que misioneros, por lo tanto es una misión que de verdad le pedimos el Señor que la siga suscitando en medio de nuestro pueblo, porque nos hace falta muchos catequistas comprometidos con Jesús y sobre todo con el pueblo de Dios”, concluyó.

Para concluir la promoción brindó sus palabras de agradecimiento y se hizo la entrega del mosaico y la tesina a P. Curiel, concluyendo así con el brindis de honor ante todos los invitados y sobre todo a los graduados en este año.

Primer Encuentro Departamental de Jueces

El día de hoy en ambientes de la Casa Campestre se llevó a cabo el Primer Encuentro Departamental de Jueces, bajo la siguiente temática: “Por el Derecho a vivir en Familia de Niños, Niñas y Adolescentes” y “Justicia penal Juvenil”, organizado por el Tribunal Departamental de Justicia de Cochabamba, con el apoyo de la Pastoral Social Caritas y UNICEF.

Los representantes de dichas instituciones quisieron juntar fuerzas para tratar este tema que está muy latente en la actualidad, P. Pepe Galo Delegado Episcopal del Arzobispado de Cochabamba, el Dr. Jimy Rudy Siles Melgar Presidente del Tribunal Departamental de Justicia de Cochabamba y la Lic. Paola Vargas Oficial de Protección de la Niñez y Adolescencia de UNICEF.

P. Galo expresó: “es importante saber que el retorno a las familias de estos niños y jóvenes debe pasara a través de la justicia, normas, leyes y este taller es para encontrar caminos a la solución más rápida de estos problemas, lo que queremos es que como rápidamente estos niños entran a los hogares, también rápidamente puedan volver a sus familias y les decimos a todos los Jueces y Juezas que puedan facilitar el camino de la situación de cada niño, niña y adolescentes, para que puedan volver a sus familias, que es el derecho que todos tenemos”.

Con el objetivo de contribuir al Derecho a vivir en familia de Niños, Niñas y Adolescentes del departamento de Cochabamba, a partir de la información y presentación de experiencias internacionales y con el propósito de mejorar el desempeño de operadores de justicia en materia de familia, niñez, adolescentes y adolescencia con responsabilidad penal, se dio inicio al programa preparado para el primer día.

Entre los participantes asistieron más de 40 Jueces y Juezas en materia pública de Niñez, Adolescencia, también en materia publica en Familia y Mixtos de provincias.


 

Por Pbro. Fernando Carrillo

 

Movido por la preocupación que veo, ya rayando a polémica, de una lectura atenta del documento “Ad resurgendum cum Christo” (Para resucitar con Cristo) y haber hecho una reflexión, les dejo lo siguiente:

 

Los días pasados (dos de noviembre), ayer en la ciudad de La Paz, principalmente, por las tradiciones de las “ñatitas” la gente se volcaron a los cementerios generales, más propiamente denominado como el campo santo, lugar donde descansan los restos de los fallecidos.

 

Toca hacer una reflexión sobre la relación que tenemos los que aún estamos con vida con los que ya fallecieron. La Iglesia Católica, guiada pastoralmente por el Papa Francisco, alienta esta relación sin fatalismos sino de gestos responsables y llenas de fe en aguardar la resurrección de nuestros difuntos como participación de la Resurrección de Señor Jesucristo.

 

La vida es una responsabilidad y la muerte de los nuestros también conlleva dicha actitud. Las siguientes preguntas podrían ayudarnos a reflexionar ¿Cuál será mi esperanza final respecto a mi vida? ¿En qué espero después de la muerte? ¿Hay coherencia entre mi profesión de fe y lo que hago por mis difuntos?

 

Primero, habrá que reflexionar sobre la esperanza humana después de la muerte y la responsabilidad que tenemos para con “nuestros” difuntos –subrayo nuestros, porque, no dejan de ser parte de nuestras vidas– de custodiar sus restos con el mismo cariño con que los hemos tenido en vida o al menos en respeto profundo a los restos, como cuando se tiene a cuerpo con vida.

 

Aquí podemos ahora mirar la instrucción acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación. Dicho documento es para los fieles católicos y seguramente una orientación para toda la familia humana, también. Es decir, es un llamado a las Conferencias Episcopales para que desde la reflexión colegial puedan animar a los fieles en el pastoreo y fortalecer su esperanza cristiana que es la resurrección de los muertos. También que los Obispos de cada diócesis, como pastores cercanos a la vivencia de los fieles puedan orientar en sus decisiones como creyentes. A los párrocos para que como guías espirituales puedan acompañarles de más cerca a la feligresía peregrina para que se mantenga en oración y mantenga firme su esperanza por aquellos hermanos, familiares, amistades y también por aquellos difuntos que también son “nuestros”, porque son hermanos en la fe. Desde luego la instrucción es para los fieles cristianos católicos afiance su esperanza última y la haga presente la promesa de Jesús que dice: “Yo Soy la Resurrección y la vida, el que cree en Mí tiene vida eterna…” (Jn 11, 25).

 

La legislación eclesiástica actual sobre la cremación de cadáveres se rige por el Código de Derecho Canónico que dice: "La Iglesia recomienda vivamente que se conserve la piadosa costumbre de dar sepultura a los cuerpos de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que ésta haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana " (CIC 1176 & 3). Sin embargo, con respecto a la práctica de la conservación de las cenizas, no existe legislación canónica específica esto ha llevado a distintas prácticas al respecto que es la preocupación de obispos de distintos lugares y que han hecho conocer al Papa quien mediante la Congregación para la Doctrina de la Fe para que pueda dar una iluminación fundada en la doctrina cristiana, es lo que tenemos en esta instrucción.

 

Por eso, la Iglesia, en primer lugar, sigue recomendando con insistencia que los cuerpos de los difuntos se entierren en el cementerio o en otro lugar sagrado. En memoria de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, la inhumación (entierro sea en la tierra o en mausoleos)  es la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal. Además, la sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos. Mostrando su aprecio por los cuerpos de los difuntos.

 

Pero si por razones válidas (legítimas) se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin. No está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Esta última es la prohibición que amerita reflexionar y tomar en cuenta. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, el Obispo del lugar, de acuerdo con la Conferencia Episcopal, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar. Para evitar cualquier malentendido panteísta (creer que dios está en todo, naturalista o nihilista, no se permite la dispersión de cenizas en el aire, en tierra o en agua o en cualquier otra forma, o la conversión de cenizas incineradas en recuerdos conmemorativos”.

 

Ahora respecto a la otra prohibición para los fieles católicos es la dispersión de las cenizas. Entramos en el campo más subjetivo, es decir a deseos, sentimientos y pensamientos más personales. A menudo se tiene la idea de que con la muerte el ser humano termina su existencia y queda completamente aniquilado, como si ese fuera su destino final. Pueden haber desde criterios superficiales o hacer privado u ocultar lo que es el cuerpo muerto y modas de gusto, muchas veces inspiradas en las películas, hay personas que tienen el deseo de que sus cenizas sean esparcidas en la naturaleza (ríos, lagos, mar, montañas…la lista es de acuerdo a la imaginación).

 

La reflexión anterior puede ser refutada y se puede pensar en conservar en el hogar las cenizas de un pariente amado (papás, esposa-esposo, hijos/as…), esté inspirada por un deseo de cercanía y de piedad que facilite el recuerdo y la oración. No es el motivo más frecuente, pero en algunos casos puede suceder. Sin embargo existe el peligro de que haya olvidos o faltas de respeto, sobre todo una vez pasada la primera generación, así como dar lugar a elaboraciones del luto poco sanas. Pero sobre todo, hay que observar que los fieles difuntos forman parte de la Iglesia, son objeto de oración y del recuerdo de los vivos y está bien que sus restos sean recibidos por la Iglesias y conservados con respeto a lo largo de los siglos en los lugares que la Iglesia bendice con ese fin sin que se sustraigan al recuerdo y a la oración de los demás parientes y al resto de la comunidad.

 

Finalmente, para la fe cristiana, el cuerpo no es toda la persona, que siendo una parte integral, esencial, de su identidad se procure conservar. De hecho, el cuerpo es como el sacramento del alma que se manifiesta en él y por él. Por eso enterrar a los muertos ya es, en el Antiguo Testamento, una de las obras de misericordia con el prójimo. La ecología integral y los llamados “pensamientos modernos” o “mentes en evolución” que anhela el mundo contemporáneo, tendría que empezar por respetar el cuerpo, que no es un objeto manipulable siguiendo nuestra voluntad de potencia, sino nuestra humilde compañero para la eternidad y proclamar como Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo... después de que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios…” (Job 19, 25-26).