Martes, 28 Marzo 2017

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El 11 de febrero la Iglesia Católica conmemora a Nuestra Señora de Lourdes en su primera aparición a Bernardita Soubirous, una adolescente pobre y analfabeta de catorce años, quien afirmó haber visto a la Virgen en 18 ocasiones, entre esa fecha y el 16 de julio de 1858, en una gruta cercana a Lourdes pequeña aldea en el Sur de Francia. En el año 1993 el papa San Juan Pablo II estableció que el 11 de febrero fuese también la Jornada Mundial del Enfermo, por lo que este año 2017 se celebrará la Jornada 25 bajo el lema “El Señor hizo en mi maravillas” con el subtítulo “El Magníficat de la esperanza”.

La Iglesia nos invita a fijar la mirada en María, mujer siempre atenta a socorrer a las personas enfermas y necesitadas. El Evangelio de Juan (2, 1-12) narra cómo María, juntamente con su Hijo Jesús y sus discípulos, fueron invitados a una boda en Caná de Galilea, donde faltó el vino. Ella, consciente de ese grave apuro para los recién casados, pidió a Jesús solucionar esa situación tan incómoda para los esposos.

Ante esa petición de misericordia Jesús aprendió esa lección y la practicó a lo largo de toda su vida, socorriendo a los necesitados, curando enfermos y liberando a los endemoniados. María acompañó a su Hijo con su fe y oración y finalmente con su presencia al pie de la cruz. Allí ella recibió de Jesús agonizante la nueva misión de ser su esposa y al mismo tiempo la madre de Juan, el discípulo amado, representando a la naciente Iglesia (Jn 19, 26).

De esa manera se realizó la redención del mundo como una nueva creación, fruto de la unión esponsal de Jesús y María, como el nuevo Adán y la nueva Eva, consolidada en la cercana fiesta de Pentecostés, donde la Virgen fue constituida como Madre de la Iglesia.

En Lourdes en la aparición del 25 de marzo de 1858 la Virgen María le reveló a Bernardita el misterio de su identidad: “Yo soy la Inmaculada Concepción”, tal como el Papa Pío IX había declarado solemnemente pocos años antes en 1854. De esa manera María descubrió estar inhabitada desde su concepción por la Rúaj Divina para ser la Madre del Hijo de Dios hecho hombre y, aún más, la Esposa del mismo Jesús crucificado, de cuya unión nace la Iglesia. Por todo ello la Virgen María es la imagen más perfecta de la Rúaj Divina, Madre de los bautizados.

Las apariciones de la Virgen en Lourdes culminaron con el mandato dado a Bernardita de escarbar en la tierra para que brotase un manantial de agua limpia y cristalina que desde entonces no sólo sacia la sed sino que cura a las personas enfermas en su cuerpo y/o en su espíritu que se sumergen en la piscina construida en ese lugar. María invita a todas las personas a recibir ese baño de la misericordia.

Lourdes se ha convertido en un lugar sagrado de curación de las personas enfermas y también de los corazones endurecidos por el pecado. Por eso en las letanías se invoca a María como Salud de los enfermos, Refugio de los pecadores y Consoladora de los afligidos.

Es importante resaltar que la Virgen de Lourdes ha pasado también a ser un icono para la unión ecuménica entre católicos y anglicanos. El 24 de septiembre de 2008 el entonces Arzobispo de Canterbury y primado de la Comunión Anglicana, Mons. Rowan Williams, peregrinó al Santuario de Lourdes para honrar a la Inmaculada Concepción. Predicó ante 20 000 personas en la Eucaristía Internacional. En su homilía destacó que María se presenta aquí como la primera misionera, “el primer mensajero del Evangelio”, que llevó la buena nueva de Jesucristo a otra persona, cosa que hace simplemente llevando a Cristo dentro de sí. Ella nos recuerda que la misión comienza no con la entrega de un mensaje hecho de palabras sino en el camino hacia otra persona con Jesús en el corazón.

Agradeciendo ese gesto de acercamiento ecuménico Benedicto XVI recibió en el Vaticano a Rowan Williams el 18 de noviembre de 2010. En tal ocasión ambos oraron juntos confirmando así que la Virgen de Lourdes constituye un camino para superar las divisiones entre los cristianos, en orden al cumplimiento de la oración de Jesús en su relación con el Padre: “Que todos sean uno, como Tú estás en mí y yo en Ti” (Cf. Jn 17, 21), aplicable también a la íntima unión entre la Virgen María Misericordiosa y la Rúaj Madre Divina.

La Fundación Jubileo advirtió que en los últimos tres años, a partir de 2015, los recursos por transferencias del Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH) y las regalías cayeron en un 34% para los municipios y 55% para las gobernaciones.

El investigador de Jubileo, René Martínez, señaló que desde el 2015 se sienten los efectos de la caída de los precios de los hidrocarburos con un impacto directo en el IDH y las regalías. “Pero también el 2016 y 2017 de acuerdo a datos del presupuesto habrá una leve disminución del tema impositivo, lo cual es complicado”, dijo.

“Del total de las transferencias que reciben las gobernaciones y los municipios por coparticipación de impuestos, incluyendo el IDH y las regalías, que son las principales fuentes de financiamiento, han caído en los últimos tres años, comparando al 2014 en relación al 2017, en 34% para el caso de gobiernos municipales y en un 55% para el caso de las gobernaciones”, afirmó a ANF.

El Presupuesto General del Estado (PGE-2017) prevé una caída del presupuesto de ingresos tributarios Bs 56.278 millones (2016) a Bs 53.629 millones en 2017; es decir una disminución del 4,7%, así como una caída del 23% en regalías hidrocarburíferas.

La Diócesis de Potosí tiene nueva Directiva del Clero Diocesano, por un periodo de dos años, 2017 - 2018.

La elección se hizo con la presencia de 32 sacerdotes diocesanos, junto a la presencia de su Pastor Mons. Ricardo Centellas Guzmán. Esta reunión anual del Clero Diocesano Potosino se hizo el martes 7 de febrero en Toro-Toro.

Como Presidente de la directiva asume el Pbro. Julián Quipe; como vicepresidente, Pbro. Daniel Suárez; y Pbro. Leo Giovanni López M., como ecónomo.

La función de esta directiva será de "animar a todo nivel el caminar de los sacerdotes como Presbiterio de la Iglesia Potosina, en reuniones, congresos y sobre todo tener representación a nivel nacional en la Conferencia Boliviana del Clero Diocesano", según informó Pbro. Miguel Albino, responsable de comunicación de la Diócesis de Potosí.

Encomendemos en nuestras oraciones a los servidores de la Iglesia Potosina.

Escribió San Pablo, en una de sus cartas a los cristianos de Corinto, que conservamos la Gracia en vasos de barro, un modo gráfico con el que explica que el único mérito en la historia de la Salvación es el divino y que a los hombres sólo nos corresponde manejar con mimo nuestro personal recipiente. Y porque la película Silencio, de Scorsese, habla de la Gracia y del barro, al caer el telón me fui del cine dándole vueltas a la advertencia del Apóstol de los gentiles, que como los jesuitas que protagonizan la cinta —una obra maestra que el espectador paladea durante días, pues tiene mucha más miga que la que ofrece su largo metraje— fue perseguido, maltratado, torturado, injuriado, juzgado, condenado y martirizado por su fidelidad a Cristo. La diferencia, sutil pero fundamental, radica en la determinación fiel de Pablo ante la cruz, frente a la apostasía de los sacerdotes ante la hostilidad salvaje de las autoridades niponas del siglo XVII.

Si la Gracia no existiera, si Dios no se hubiera comprometido a no abandonarnos bajo ninguna circunstancia, la expansión y el arraigamiento de la fe pertenecerían al mundo de lo fantasioso. Entonces sí, el mundo sería para Jesús y su Iglesia esa ciénaga de la que se jacta el brutal inquisidor japonés al hablar de su país: una tierra podrida que envenenaría al árbol de la Verdad, impidiéndole echar raíces, matándolo, haciéndolo desaparecer de manera definitiva.

Pero la Gracia existe y alimenta al hombre. Quien la acoge (podría hablar de la acción de los Sacramentos, pero terminaría por perder el hilo de este artículo), descubre que su vida fructifica a la vez que contagia alegría y esperanza a su alrededor. Es la misma Gracia que sostuvo a los cristianos nipones durante tantos años de persecución; la que hizo posible la pervivencia de la fe en el enorme archipiélago, a pesar de la ausencia de sacerdotes; es la que sostuvo a los mártires de Nagasaki mientras agonizaban crucificados; es la que sostiene a los misioneros jesuitas durante todo el tiempo que permanecen unidos a Jesús, según el relato de Silencio; la misma que aquilató el corazón de los cristianos perseguidos en el México y la España de la primera mitad del siglo XX, la de los cristianos que hoy unen la sangre al agua de su bautismo.

Silencio nos cuenta los motivos de la apostasía de esos sacerdotes. Y el espectador los comprende, como sin duda los comprende Dios, que no se cansa nunca de entender, disculpar y perdonar, verbos que sostienen ese Amor radical que no conoce excepciones. Pero Silencio también nos muestra la negativa de los católicos japoneses —campesinos sin higiene ni estudios, pobres y hambrientos— a renegar de ninguna de las Verdades de la fe, y el valor con el que se resisten a pisotear las imágenes de Cristo y de la Virgen, conscientes de que aquella obcecación iba a conducirles al patíbulo. Es la Gracia, siempre la Gracia, por la que identificaban el martirio con una puerta al Paraíso, donde —como con tanta belleza expresan en un momento de la película— no hay dolor, ni persecución, ni trabajos forzados, ni impuestos abusivos… sino la unión definitiva con Dios, culminación de esa Gracia que se desborda.

Parece que a Scorsese, que ofendió sin necesidad a los cristianos con La última tentación de Cristo y que en muchas de sus películas quiebra las leyes de la decencia, también le ronda la Gracia. ¿Quién sería capaz de negarlo después de ver Silencio? Al director le ha sobrecogido la fe de catacumba de aquellas aldeas, transmitida por el testimonio de sus mayores, que ante la ausencia de pastores se encargaban de bautizar a los recién nacidos. Le ha sobrecogido la fe de los jesuitas que asumen tantos riesgos con tal de rescatar al padre Ferreira, del que les han llegado inquietantes noticias acerca de su apostasía. Le ha sobrecogido la capacidad que Jesús tiene de perdonar a través de sus sacerdotes, por repugnante que sea el pecador, por repulsivo y repetido que sea el pecado cometido. Le ha sobrecogido el rondar de Cristo alrededor de sus hermanos, incluso cuando estos le han negado en público. Le ha sobrecogido el poder de la Gracia, que es muy superior al de la muerte, como refleja en la escena final, cuando el espectador ya ha realizado todos sus juicios morales: basta la cercanía a la cruz, aunque la cruz sea diminuta, para que renazca un haz de luz.

Mons. Edmundo Abastoflor, Arzobispo de la Arquidiócesis de La Paz, junto con los Obispos auxiliares invitó a través de una carta a que cada Vicaria, cada Parroquia, cada movimiento, comunidad y grupo cristiano envíe representantes a la Catedral Metropolitana, el próximo sábado 18 de febrero para celebrar a Hrs. 17:00 (5 de la tarde), una Eucaristía solemne de Re-lanzamiento de la Misión. Pues culminada el Año de la Misericordia el pasado año, este 2017 se vivirá el Año de la Misión.

A continuación la carta de invitación del Arzobispo de La Paz:

Queridos hermanos y hermanas en el Señor.

Al terminar el tiempo festivo navideño y el periodo de vacaciones y descanso de fin de año, iniciamos nuevamente el caminar más intenso de la vida de nuestra Iglesia en este bendito año del Señor 2017. Sea llamado y lo vivamos como Año de la Misión.

Como habíamos indicado al finalizar el Año de la Misericordia, en la fiesta de Cristo Rey de 2016, este año queremos dedicarnos a ser testigos y portadores de la misericordia del Señor para con nuestros hermanos, y hacerlo no sólo de palabra, sino con nuestras vidas, nuestro ejemplo, nuestro servicio, haciendo que esa Buena Noticia se concrete en servicio y expresión del amor de Dios a todos y cada uno de nuestros semejantes, de los hermanos y hermanas que viven en nuestra Arquidiócesis de La Paz.

Por ello quiero invitar junto con los Obispos auxiliares a que cada Vicaria, cada Parroquia, cada movimiento, comunidad y grupo cristiano envíe representantes a la Catedral Metropolitana, el próximo sábado 18 de febrero para celebrar a Hrs. 17:00 (5 de la tarde), una Eucaristía solemne de Re-lanzamiento de la Misión. Esperamos que estén presentes en esa celebración todos nuestros sacerdotes, agentes pastorales y hermanos comprometidos de instituciones de Iglesia, para llenarnos como Iglesia, del Espíritu del Señor, que nos anime, nos alegre y nos llene de ardor misionero para hacer conocer el amor de Dios a nuestros hermanos y mostrar que teniéndolo a ÉL, damos un verdadero sentido de nuestra vida y nuestra existencia.

Como anticipación de esta ceremonia junto con la Pastoral de la Salud, se han organizado, durante estos días, visitas a los enfermos de nuestro Hospital central y celebrar allá el viernes 10 a horas 10:30am la Jornada Mundial del Enfermo, que cae sábado 11 de febrero. Rogamos además que en la celebración del domingo 12, se recuerde y se anime a los enfermos de nuestra Arquidiócesis, pidiendo al Señor la gracia de la salud y la perseverancia en la fe para aceptar el dolor y superar la enfermedad y las dolencias.

Con éste motivo saludo a todos ustedes, junto con los Obispos Auxiliares, e invoco sobre todos y cada uno abundantes bendiciones del Señor.

Cordial y fraternalmente

+Mons. Edmundo Abastoflor M.
Arzobispo de La Paz

Así se llama la cinta premiada en Cannes sobre la vida del fotógrafo Sebastiao Salgado, dirigida por Wim Wanders y Juliano Ribeiro Salgado, pero su título lo toma del Sermón de la Montaña. “Vosotros sois la sal de la tierra. Y si la sal se hace insípida, ¿con qué se le volverá el sabor?”, nos cuenta Mateo que dijo Jesús. La sal de la tierra y la luz del mundo: hermosas metáforas que hablan de un compromiso enorme e ineludible.

Es el mismo sermón de las bienaventuranzas, resumen doctrinal del cristianismo. El de “Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia o por ser justos”. El de “Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os persiguen y calumnian”. Si lo recuerdo, no es para echármela de santo, que no lo soy, sino para recordarme, recordarnos, la magnitud del compromiso asumido. Si no nos atrevemos a intentarlo, se volvería insípida la sal de la tierra y no habrá quien sea capaz de devolverle el sabor.

Porque esa, y no otra, es la medida de nuestro humanismo.

Las crisis, sobre todo estas tan anchas y profundas como las que los venezolanos padecemos, pueden ser una tentación para el egoísmo, pero también un incentivo para la solidaridad. Así lo he visto y lo he sentido. He visto conmovedores testimonios de solidaridad en las parroquias. Ollas solidarias para que la gente pueda comer. Recolección de alimentos y de medicamentos, de ropa, de libros, compartir y ayudar a los otros a resolver el problema que los angustia.

El mensaje cristiano es uno de valores para la vida, no solo de fe. Pero esos valores han de ser vividos, practicados, en la vida personal y en la cívica, para que la sal no se vuelva insípida. La convocatoria, el desafío, es poliédrico. La solidaridad es una faceta, la responsabilidad personal otra unida a la defensa activa de la libertad, de la verdad, de la justicia.

El arzobispo de mi ciudad, López Castillo, dijo palabras valientes de amor por la verdad y la justicia. Atacaron su casa. “Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros…”. Igual han sido escarnecidos los pastores de la Iglesia, cuyos voceros son los monseñores Padrón, Azuaje, Moronta y el padre Basabé.

Hace unos años, el hoy cardenal Porras puso como ejemplos de los obispos venezolanos de este tiempo a Montesdeoca, mártir de los nazis, y Arias Blanco, voz de la justicia social en plena dictadura militarista. No es hipérbole.

Papa Francisco en la Audiencia General, su catequesis estaba dirigida a reflexionar sobre la esperanza y el perdón. "La ofensa se vence con el perdón; para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia!, expreso el Santo Padre; asi mismo dijo que "el cristiano jamás puede decir, me las pagaras. ¡Jamás! Esto no es un gesto cristiano".

A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El miércoles pasado hemos visto que San Pablo, en la Primera Carta a los Tesalonicenses, exhorta a permanecer arraigados en la esperanza de la resurrección (Cfr. 5,4-11), con esa bella palabra “estaremos siempre con el Señor”.

En el mismo contexto, el Apóstol muestra que la esperanza cristiana no tiene sólo un aspecto personal, individual, sino comunitario, eclesial. Todos nosotros esperamos. Todos nosotros tenemos esperanza, pero también comunitariamente.

Por esto, la mirada es enseguida extendida por Paolo a todas las realidades que componen la comunidad cristiana, pidiéndoles de orar los unos por los otros y de sostenerse recíprocamente. Ayudarse recíprocamente.

Pero no solo ayudarse en las necesidades, en las tantas necesidades de la vida cotidiana, sino ayudarnos en la esperanza, sostenernos en la esperanza. Y no es un caso que comience justamente haciendo referencia a quienes les es confiada la responsabilidad y la guía pastoral.

Son los primeros en ser llamados a alimentar la esperanza, y esto no porque sean mejores de los demás, sino en virtud de un ministerio divino que va más allá de sus propias fuerzas. Por tal motivo, tienen más que nunca la necesidad del respeto, de la comprensión y del apoyo benévolo de todos.

La atención luego es puesta en los hermanos con mayor riesgo de perder la esperanza, de caer en la desesperación. Pero, nosotros siempre tenemos noticias de gente que cae en la desesperación y hace cosas feas, ¿no?

La des-esperanza los lleva a estas cosas feas. Se refiere a quien está desanimado, a quien es débil, a quien se siente abatido por el peso de la vida y de las propias culpas y no logra más levantarse.

En estos casos, la cercanía y el calor de toda la Iglesia debe hacerse todavía más intensa y amorosa, y deben asumir la forma exquisita de la compasión, que no es tener piedad: la compasión es soportar con el otro, sufrir con el otro, acercarme a quien sufre… una palabra, una caricia, pero que salga del corazón, esto es la compasión.

Tienen necesidad de la solidaridad y de la consolación. Esta es más importante que nunca: la esperanza cristiana no puede prescindir de la caridad genuina y concreta.

El mismo Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Romanos, afirma con el corazón en la mano: «Nosotros, los que somos fuertes – que tenemos la fe, la esperanza o no tenemos tantas dificultades – debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (15,1).

Sobrellevar, sobrellevar las debilidades de los demás. Este testimonio luego no permanece cerrado dentro de los confines de la comunidad cristiana: resuena con todo su vigor también fuera, en el contexto social y civil, como una llamada a no crear muros sino puentes, a no intercambiar el mal con el mal, a vencer el mal con el bien, la ofensa con el perdón: el cristiano jamás puede decir, me las pagaras. ¡Jamás! Esto no es un gesto cristiano.

La ofensa se vence con el perdón; para vivir en paz con todos. ¡Esta es la Iglesia! Y esto es lo que obra la esperanza cristiana, cuando asume los lineamientos fuertes y al mismo tiempo tiernos del amor. Y el amor es fuerte y tierno. Es bello.

Se comprende entonces que no se aprende a esperar solos. Nadie aprende a esperar solo. No es posible. La esperanza, para alimentarse, necesita necesariamente de un “cuerpo”, en el cual los diferentes miembros se sostengan y se animen recíprocamente.

Esto entonces quiere decir que, si esperamos, es porque muchos de nuestros hermanos y hermanas nos han enseñado a esperar y han tenido viva nuestra esperanza. Y entre ellos, se distinguen los pequeños, los pobres, los sencillos, los marginados.

Sí, porque no conoce la esperanza quien se cierra en su propio bienestar: espera solamente en su bienestar y esto no es esperanza: es seguridad relativa; no conoce la esperanza quien se cierra en su propia satisfacción, quien se siente siempre bien… Los que esperan son en cambio aquellos que experimentan cada día la prueba, la precariedad y el propio limite.

Son estos nuestros hermanos los que nos dan el testimonio más bello, más fuerte, porque permanecen firmes en la confianza en el Señor, sabiendo que, más allá de la tristeza, de la opresión y de la inevitabilidad de la muerte, la última palabra será la suya, y será una palabra de misericordia, de vida y de paz.

Quien espera, espera escuchar un día esta palabra: “Ven, ven a mí, hermano; ven, ven a mí, hermana, por toda la eternidad”.

Queridos amigos, si – como hemos dicho – la morada natural de la esperanza es un “cuerpo” solidario, en el caso de la esperanza cristiana este cuerpo es la Iglesia, mientras que el soplo vital, el alma de esta esperanza es el Espíritu Santo. Sin el Espíritu Santo no se puede tener esperanza.

Es por eso que el Apóstol Pablo nos invita al final a invocarlo continuamente. Si no es fácil creer, mucho menos lo es esperar. Es más difícil esperar que creer. Es más difícil.

Pero cuando el Espíritu Santo habita en nuestros corazones, es Él quien nos hace entender que no debemos temer, que el Señor está cerca y se preocupa por nosotros; y es Él quien modela nuestras comunidades, en una perenNe Pentecostés, como signos vivos de esperanza para la familia humana. Gracias.

El Gobierno Colombiano y el Ejército de Liberación Nacional han emprendido en Ecuador la fase pública de las negociaciones de paz, buscando poner fin a un conflicto de más de 50 años. Ahora los adolescentes colombianos, que se encuentran entre las principales víctimas de este medio siglo de guerra, comienzan a ver una vía de esperanza tras el acuerdo firmado por el presidente del país, Juan Manuel Santos y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

Muchos de estos jóvenes han vivido desde pequeños con un arma en sus manos y detrás de cada uno de sus rostros se oculta una historia de guerra que ha marcado sus cortas vidas.

"Nos tildaron de guerrilleras..."

Maribel, una joven deportista que, como muchas otras, ingresó en las FARC siendo menor de edad, dice que no tuvo más opción que refugiarse en la guerrilla. Un informante del Estado aseguró que ella, junto a algunas de sus primas y amigas, pertenecían a las FARC, lo que forzó su huida a la clandestinidad. "A los 11 anos nos tildaron a todas de guerrilleras. Y ahí empezó la persecución. Y pensé: o me voy para la guerrilla o termino muerta", cuenta la muchacha.

El nuevo acuerdo de paz abre ahora una oportunidad para que el talento de los jóvenes no quede al servicio de la guerra. Fake, miembro de banda armada, asegura que lo que más le incomoda de la violencia de un barrio es cuando "se frusta un talento", cuando "se le quiebra la posibilidad de crear una habilidad artística". Sin embargo, muchos adolescentes ya saben qué quieren hacer cuando dejen las armas. Este es el caso de Maribel, cuyo "anhelo" es terminar sus estudios y trabajar junto a las comunidades.

Sin embargo, el acuerdo de paz llega tarde para muchos de los jóvenes a los que la guerra se llevó por delante dejando un gran dolor a sus familiares. Adolfo, líder social, cuenta la historia de su hijo, al que obligaron a que colocara una bomba en una comisaria de policía, lo que le costó la vida. "La manipuló y estalló en la terraza… Y voló en pedazos", cuenta el hombre.

Huyendo de la guerra

Otros como el rapero Guido decidieron apartarse de la maquinaria de guerra. Tras varios meses sirviendo en el ejército, el joven se declaró en sumisión, lo que le costó cuatro meses de calabozo. Ahora el muchacho rapea en los autobuses en favor de la paz. "Igual que reclutaban en la guerrilla, reclutaban en el ejército. Uno se siente secuestrado. De alguna manera, dices: 'qué va a pasar conmigo. Yo no me quiero entrenar para matar, sino mi sueño es construir vida'", asegura el joven.

Una parte de los jóvenes que han sido víctimas del conflicto entre la guerrilla, los paramilitares y ejército se encuentran en las llamadas comunas. En estos cerros muchos adolescentes ahora son títeres de los cabecillas de grupos armados ilegales a los que nunca ven ni conocen. Y la droga aquí es fuente de ingreso, con la cocaína y el uso de las armas convirtiéndose en una forma de vida involuntaria, según cuentan los residentes de estos barrios.

Pero lejos de los estereotipos, y pese a que la violencia ha agujereado las vidas de la gente, en las comunas hay muchas ganas de paz. Varias generaciones de jóvenes no saben lo que es vivir en paz en Colombia. Por eso, cualquier cese a la violencia es ahora tan bienvenido.

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