Jueves 30 de Agosto de 2012 19:16

REFLEXIÓN DOMINICAL: CRÍTICA DE LA DOBLE VIDA

Al retomar este domingo la lectura del Evangelio de Marcos (Mc 7,1-8a. 14-15. 21-23) encontramos una crítica fuerte de Jesús al mundo fariseo, aferrado a las tradiciones humanas de contenido cultual y de estilo puritano que no corresponden con la verdadera fe en Dios. Jesús los califica de hipócritas y confirma que su corazón está lejos de Dios, pues practican un culto exterior y de apariencias sin considerar que el culto que Dios quiere es la transformación del corazón que es donde anidan las verdaderas impurezas que destruyen al hombre: los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Es un buen catálogo de vicios, de entre los cuales es difícil que no nos toque alguno directamente. Pero si así fuere, que nadie desoiga la palabra de la verdad que quiere generar en nosotros un corazón nuevo.


En esta misma orientación se sitúa la carta de Santiago. La mayor crítica radical  del Nuevo Testamento a la doble vida y a la ambigüedad mediocre se encuentra en esta carta escrita probablemente a finales del s. I, de carácter didáctico y con una orientación ética propia de un maestro de la comunidad cristiana, que, en coherencia con su fe en Cristo, en el lenguaje sapiencial y bíblico del hombre religioso y con la fuerza crítica e interpelante del profeta, responde a algunos problemas candentes de aquel momento, saca las consecuencias fundamentales del mensaje de Jesús en orden a una vida auténticamente cristiana y alza su voz de alerta ante la posibilidad de que la religiosidad se convierta en una farsa, la palabra en un veneno mortal, la ley en una trampa, y la fe inoperante en un cadáver. Santiago hace una llamada a vivir el espíritu cristiano dentro y fuera de la comunidad bajo el signo de la autenticidad, con coherencia de criterios y un contundente rechazo a la doble vida (Sant 1,8; 4,8).


En el fragmento que hoy se lee en la Iglesia (Sant 1,17-27) la Palabra es protagonista. La palabra creadora y salvadora de Dios transforma al hombre convirtiéndolo en primicia de las criaturas. La escucha activa de esta palabra de Dios revela al hombre su identidad más pro-funda y constituye el camino de la auténtica felicidad. La exhortación de Santiago exige dos actitudes básicas también en nuestro tiempo: la disponibilidad para escuchar y acoger la palabra; sobre todo, la palabra de la salvación injertada en nosotros; y la audacia para ponerla en práctica. Esta palabra, que se identifica con la ley perfecta de la libertad (Sant 1,25), es el mensaje del evangelio por el que los bautizados hemos nacido a una vida nueva.


En medio de la sobreabundancia de palabras de nuestra sociedad esta carta actualiza un nuevo valor: la escucha; y frente a la superficialidad pasajera de tanta palabrería la propuesta de tomarnos muy en serio la palabra salvífica. Poner en práctica esta palabra implica, por tanto, la ruptura con todo tipo de ambición, de ira o de maldad y requiere la integridad de una conducta que corresponda a la identidad de hijos de Dios (Sant 1,18).


El capítulo concluye contraponiendo la religiosidad vacía a la religiosidad auténtica, pura y sin tacha (Sant 1,26-27). Continuando con el tema de la palabra, planteado anteriormente, estos versículos abordan un problema real y siempre actual: la palabrería o el descontrol de la lengua puede afectar a la religión hasta reducirla a unas prácticas de piedad, a una religiosidad puramente externa, a una cuestión teórica o a una desvinculación entre la fe y la vida. Es el peligro que encierra todo lenguaje formalista y desencarnado de la vida y de la historia, de lo cual no está exento el cristianismo desde sus comienzos. Por ello la respuesta de la carta es tajante: no se puede hablar de experiencia religiosa mientras exista algún tipo de engaño o autoengaño, o se pretenda legitimar, sólo con palabras, conductas que desdicen mucho del evangelio o van contra el prójimo o contra los más necesitados, especialmente las enumeradas en el Evangelio de hoy.


Frente a una religiosidad inoperante y muerta, Santiago describe la religión auténtica según Dios Padre: atender a los marginados e indefensos, de los cuales eran prototipo desde el Antiguo Testamento los huérfanos y las viudas (véase Eclo 4,10). El culto realmente agradable a Dios es el amor al prójimo. La distancia respecto al mundo no debe entenderse como una huída del mundo porque éste sea malo en sí mismo, sino en cuanto éste se encuentra regido por la ambición, la riqueza, las apariencias, valores opuestos a la palabra de la verdad, en la que los cristianos han sido engendrados para una vida nueva.


En el mes de Septiembre, dedicado especialmente a la Palabra de Dios en la Iglesia de Bolivia, dejemos que su luz nos haga vivir en una mayor autenticidad y coherencia de vida.


José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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Sábado 23 de Junio de 2012 15:47

Reflexión Dominical: Juan es su nombre

Juan es su nombre

Hoy es el día de San Juan porque se celebra el nacimiento del más grande entre los nacidos de mujer, Juan el bautista, cuya identidad y misión están tan marcadas por la cercanía inminente de la manifestación pública del Mesías Jesús que la Iglesia hace prevalecer litúrgicamente la fiesta de su nacimiento sobre la celebración dominical. Y es que Juan sólo se entiende desde Cristo, desde su origen hasta su final.  Juan bautista es el precursor del Mesías, es la voz del profeta que anuncia los caminos del Señor, el que preparó su venida con un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, el que reconoció que Jesús era más fuerte que él y que él no merecía ni desatar la correa de su sandalia. Juan es el que mostró a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

En el día de su nacimiento el relato bíblico del evangelio de Lucas (Lc 1,57-66) nos cuenta el sentido de su nombre. En el mundo bíblico, poner nombre a una persona no es, como ocurre tantas veces entre nosotros, atribuirle una palabra cualquiera para llamarlo ni buscar un nombre novedoso, de moda o eufónico, sino que es darle la identidad objetiva desde el marco familiar, que proyecta sobre la persona tanto la experiencia de la fe vivida como la expectativa existente sobre él. Los padres de Juan, Zacarías e Isabel, ponen el nombre a Juan para expresar la profunda experiencia que ellos han tenido de Dios con el nacimiento de este hijo, pero sobre todo, para mostrar la misión que éste va a tener de parte de Dios en orden a presentar al mundo al Mesías Jesús. Juan significa “Dios es misericordioso”. En efecto, Dios ha actuado con misericordia con Isabel, que era estéril y anciana, y de manera sorprendente le ha hecho concebir en su vejez. La experiencia de la intervención divina queda patente en el nombre por encima de la lógica habitual que habría sido llamarlo Zacarías, como su padre. Sin embargo ambos progenitores coinciden en la vivencia de la gracia de Dios en ellos y en la manifestación de su misericordia, al decir que su nombre era “Juan”.

Cuando Lucas presenta a Juan lo hace en estricto paralelo con Jesús, en su evangelio de la infancia. De ambos se cuenta el anuncio extraordinario de su nacimiento, acerca de los dos se alaba la misericordia de Dios con su pueblo en los cánticos del Benedictus y del Magnificat, proclamados por Zacarías y la Virgen María respectivamente; y finalmente de ambos se narra su nacimiento como acontecimientos reveladores de salvación de Dios, manifestada en el precursor y en el Salvador. Ese paralelismo entre los dos ha quedado patente también en el calendario cristiano, que sitúa el nacimiento de Jesús, el Señor, y el nacimiento de Juan, el bautista, en los dos solsticios de invierno y verano de las latitudes de la cuenca del Mediterráneo y plasma así como un eje estructurante del año la idea teológica de Jn 3,30, donde Juan afirma que Jesús, el Hijo de Dios, el Cordero que quita el pecado del mundo, tiene que crecer mientras que él tiene que menguar, ya que Juan no es la luz sino el testigo de la luz. Por eso a partir de ahora, con el verano del hemisferio norte, los días empiezan a menguar, la luz va decreciendo paulatinamente hasta que llegue la Navidad, solsticio de invierno en que Cristo, la luz verdadera, nace y crece, los días empiezan a alargarse hasta que la luz de la Pascua de resurrección selle su victoria sobre la tiniebla, el pecado y la muerte en el mundo. Por eso la muerte de Juan, testigo fiel de la Palabra de Dios, se celebra en los días de Navidad, firmando con su decapitación injusta y caprichosa, ejecutada por parte del poder reinante, la fuerza profética y testimonial de la verdad de Dios, también precursora de la Pasión gloriosa de Cristo. De este modo Juan da paso al crecimiento firme e irreversible de la luz de Cristo.

Y esa es la grandeza de Juan, ser sólo el precursor, la voz de la Palabra, el dedo indicador, el testigo de la luz que ha dado paso al Salvador Jesús, su Señor, por el cual ya desde el vientre materno experimentó la inmensa alegría de la cercanía del Mesías. Quiera Dios que el ejemplo de Juan nos haga a todos testigos de la luz y de la verdad. Y muchas felicidades a todos llevan también el nombre de Juan.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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Sábado 02 de Junio de 2012 05:54

Reflexión Dominical: El Dios Cristiano

Consternados en Bolivia por otro reciente linchamiento de un presunto asesino en San Julián, ejecutado por una turba de gente, sólo podemos levantar nuestra voz para invocar al Dios de la Vida, que es el Dios del amor, el Dios cristiano, y decir públicamente que en su nombre se respete siempre la vida humana en todas las circunstancias y en todas sus fases, desde su concepción hasta su final natural. No existe ningún planteamiento aceptable de justicia que justifique actos de ese tipo, ni la justicia comunitaria, ni la vindicativa, ni la remunerativa, pueden legitimar tal barbarie. Evangelizar hoy a nuestro pueblo de Bolivia, anunciar el evangelio para transformar las conciencias y las culturas implica concentrar nuestra atención en la proclamación y en la enseñanza de los grandes valores del Evangelio, a saber, la vida, la dignidad, la libertad y la fraternidad de los seres humanos, pues todos ellos constituyen dones sagrados de Dios al ser humano, dones que hay que cuidar, promover y defender, porque de Dios hemos recibido el Espíritu que nos hace Hijos de un mismo Padre.

La Iglesia celebra la fiesta de la Santísima Trinidad, dogma fundamental del cristianismo, que proclama la unidad en el amor de las tres personas que son un solo Dios, vivo y verdadero, el Dios cristiano: el Padre, el Hijo Jesucristo y el Espíritu Santo. Dios es amor, comunión íntima y comunicación viva de personas en la Trinidad. Ese amor es el Padre que se ha manifestado en Jesucristo y se nos ha dado con su Espíritu a los seres humanos para llevarnos hasta la verdad plena y hacernos partícipes de su gloria, incluso en medio de las tribulaciones del tiempo presente. Y ese Espíritu da vida a la comunidad eclesial suscitando una vida de resistencia activa y aguante frente a los envites del mal en todas sus manifestaciones, una vida de mucha más calidad y una esperanza inquebrantable. Este Espíritu no tiene fronteras ni ideológicas ni nacionales sino que en todo lugar inspira la gracia y el coraje para seguir comunicando y enseñando lo que Jesús ha revelado y para poder enfrentarse a las mentalidades o ideologías de los poderes que oprimen, maltratan o desprecian al ser humano y atentan contra su dignidad. En esa misión os creyentes sólo contamos con el arma exclusiva de la palabra.

En el fragmento final del Evangelio de Mateo (Mt 28,16-20), texto cumbre y clave interpretativa de evangelio, Jesús Resucitado se aparece a los Once discípulos en una montaña de Galilea. El protagonista de la escena es Jesús. Todos los elementos resaltan la aparición del Resucitado como una Cristofanía. Con el esquema de presentación de las teofanías, o manifestaciones de Dios en el Antiguo Testamento en los relatos de vocación-misión, el evangelista Mateo compone una escena de exaltación del Resucitado, que se revela abiertamente como Dios a los Once Discípulos para encomendarles la misión definitiva y universal (Éx 3,9-12; Jr 1,5-8). En lo alto de una montaña de Galilea se revela Cristo Resucitado, como en el Sinaí lo hiciera Dios con Moisés para dar las palabras de la Alianza a su Pueblo por medio de Moisés. El evangelio de Mateo había empezado los discursos de Jesús sobre una montaña, con el Sermón de la Montaña, proclamando la soberanía del Reino de Dios como anuncio de dicha y de alegría para los pobres, para los indigentes y para los discípulos. Ahora, aún en medio de las dudas para creer, los discípulos adoran a su Señor, reconociendo así la divinidad de Jesús.

Jesús tiene la iniciativa en la actividad misionera y evangelizadora y por eso se dirige a ellos con un triple mensaje que consiste en la revelación de su identidad, en el encargo misionero y en la promesa de su presencia continua.

La autopresentación de Jesús Resucitado corresponde a una presentación divina, tal como el arte bizantino lo representa en la figura del Pantócrator. Entre el cielo y la tierra, el Resucitado, Señor de la vida y de la historia, abre el camino definitivo de la humanidad hacia Dios. El discipulado adora a Jesús glorioso y escucha sus últimas palabras sobre la tierra, aprende lo esencial de su mensaje y se dispone a anunciar este mensaje a la humanidad.

El encargo misional de Jesús consta sólo de un imperativo: “hagan discípulos a todos los pueblos”. El mandato no tiene fronteras, es un envío de carácter universal, que impulsará a los enviados a convertir en discípulos a todas las gentes y pueblos, a todas las etnias y culturas, para hacer una sola familia humana en torno al único Dios y Padre de Jesucristo. Hacer discípulos consiste en dar a conocer a Jesús para hacer que otros lo sigan. Para ello deben aprender el nuevo estilo de vida propuesto por Jesús y estar dispuestos a seguirlo hasta la cruz con todas sus consecuencias. Los otros verbos del encargo están subordinados al de “hacer discípulos”, pues para esto es preciso ir, bautizar y enseñar. La comunidad cristiana no puede quedarse estática contemplando al Resucitado, sino que debe ponerse en marcha.

Los otros dos verbos, en forma no personal, expresan el modo concreto de hacer discípulos: “bautizando” y “enseñando”. Son actividades íntimamente vinculadas. Bautizar es consagrar a las gentes al Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que se incorporen a la vida del amor que tiene en la Trinidad su más radical identidad, porque Dios es Amor. Pero no se trata sólo de bautizar sino también de “enseñar” todo lo dicho por Jesús a lo largo de los cinco discursos del evangelio de Mateo. La enseñanza del nuevo mensaje de Jesús, acerca del Padre, del Espíritu, sobre el Reino de Dios y su justicia, y acerca de la transformación que debe efectuarse en todo auténtico discípulo y discípula, no es secundaria ni relativa, sino condición indispensable para comprender las implicaciones de la pertenencia al discipulado en el seguimiento del Crucificado y Resucitado.

Finalmente, una palabra que suscita la esperanza, la alegría y el consuelo: Es la promesa de una presencia continua del Resucitado a lo largo de la historia. El Dios con nosotros, Emmanuel, anunciado en Isaías y reconocido en el nacimiento de Jesús, se convierte para los discípulos en la gran fuerza de su misión, como ocurrió en la vocación de Moisés (cf. Ex 3,12).

Nosotros podemos vivir el amor trinitario cuando comprendamos que Dios Padre está dentro de cada uno de nosotros, por medio de su Hijo Jesús, nuestro Hermano y Señor, y que su Espíritu nos da fuerza para hacer lo que el mismo Jesús hizo: entregarse a los demás. Cuando vivimos la unión con otros la fuerza de Dios se nos activa y la entrega a los demás se hace más posible porque la comunidad -manifestación trinitaria en esta historia- nos ilumina, nos apoya y nos corrige. Por eso la Iglesia es la expresión de la Trinidad, porque es un grupo de personas que al sentirse hermanos y al apoyarse mutuamente facilitan la acción del Dios cristiano, que está en ellos como Padre que ama, como Hijo que se entrega y como Espíritu que da fuerza y vida.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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Sábado 19 de Mayo de 2012 14:07

Reflexión dominical: Señor de toda la tierra

Hoy es el día de la Ascensión, en el cual celebramos a Jesús, el crucificado y resucitado, ascendido al cielo, como Hijo de Dios y Señor de toda la tierra. Esta fiesta es la misma que la de la resurrección de Jesucristo pero ha quedado plasmada en categorías distintas. De igual manera que en la resurrección se celebra el triunfo de Jesús sobre la muerte y sobre todo lo que ella lleva consigo, es decir, sobre el pecado y el mal que tenía atrapada a la humanidad como en un callejón sin salida, desde las categorías históricas de un acontecimiento temporal, asimismo la ascensión es la representación en categorías espaciales de dicha victoria y nos permite la contemplación de ese misterio a partir de los relatos bíblicos que narran que Jesús es elevado al cielo junto a Dios Padre  y, sentado a su derecha, participa de su misma gloria.



En los dos textos de Lucas sobre la ascensión (Lc 24,50-51; Hch 1,3-11) queda de manifiesto la exaltación gloriosa de Jesús, que sube desde esta tierra al cielo. Lo mismo hace también el evangelio de Marcos en su breve alusión a la ascensión, narrada sólo en su epílogo tardío (Mc 16,19). Para ello los autores bíblicos se sirven de motivos y esquemas literarios y teológicos del Antiguo Testamento, relativos a la ascensión de Elías (2 Re 2,1ss.), al día del Señor (Mal 3,23), al Hijo del Hombre (Dn 7,13) y al doble proceso de humillación y exaltación de la figura del siervo de Dios en el cuarto cántico de Isaías (Is 53), a la glorificación del justo sufriente (Sab 5,1-5), así como a la entronización del Mesías (Sal 110,1) y a la elevación del desvalido y del pobre (1 Sam 2,6-10).



Es significativo el hecho de que esos ascensos son realizados siempre por Dios. No se trata de un ascenso conseguido sino otorgado por Dios. También con Jesús ocurre lo mismo, lo cual revela el profundo carácter teológico de la ascensión, pues el Dios de Jesús es el Dios que levanta del polvo al indigente (Sal 113,7). En el misterio de la ascensión, se pone de manifiesto el cambio de presencia de Jesús Resucitado en la historia. La ascensión es un relato de carácter mítico y significa que Dios ha exaltado la persona de Jesús y ha marcado su vida de entrega hasta la muerte con el sello eterno del amor que da vida y la comunica a todos los seres humanos.



Por eso la ascensión descrita en los textos de Lucas no implica tanto la desaparición de Jesús de esta tierra, cuanto su presencia trascendente en la historia a través del grupo de los testigos, los hombres y las mujeres que recibieron un nuevo dinamismo del Espíritu. La ascensión no es la desaparición de Jesús de esta tierra, sino el culmen de su paso por ella. Es la llegada al final de un camino en el que todos estamos embarcados, como cuerpo suyo que somos. La ascensión es una fiesta de esperanza, puesto que con Cristo se hace viable la ascensión de todo ser humano para ser hijo e hija de Dios y vivir con la dignidad que como tal le corresponde. Con Cristo que nos precede hasta el Padre Dios todos somos elevados hasta él.

Los discípulos de Jesús tienen como misión primordial anunciar el itinerario de Jesús hasta la cruz como camino de salvación para la humanidad, sabiendo que sólo actuando como él, será posible hacer frente a todo mal que amenaza al hombre, a las injusticias sociales, a los procesos de exclusión de las personas y pueblos más pobres, a la desigualdad en el reparto de los medios y bienes de la tierra. Este día en que la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de las Comunicaciones sociales constituye una llamada para difundir este Evangelio a toda la creación, de modo que se haga viable la ascensión de toda la humanidad, mirando más al suelo que al cielo, más al prójimo que a las nubes, pisando tierra con realismo y no embobados por una religión alienante.

Los Obispos de Bolivia, al comienzo de su reciente Carta Pastoral, “El Universo, don de Dios para la Vida” (n.2) , citan expresamente el versículo de Mc 16,15: “Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda la creación”, y de este modo definen la misión de la Iglesia con el objetivo de evangelizar todo lo creado, mostrando el señorío de Dios Padre, Creador, sobre la tierra y sobre el universo, como criaturas de Dios, la presencia del Espíritu en todo lo creado y la vida de Jesucristo en toda la realidad existente. Y con esa perspectiva los obispos hacen un análisis de los problemas actuales de carácter ecológico, particularmente en Bolivia, y con talante profético, dan las iluminaciones oportunas para que todos los cristianos y toda la ciudadanía se corresponsabilicen en la protección y respeto al medio ambiente, en la defensa de la vida y en la orientación ética del desarrollo humano desde los valores del Evangelio.

La ascensión de Jesús infunde un nuevo brío y compromete a los creyentes para enfrentarse a toda fuerza diabólica y destructiva del ser humano y de la creación con la fuerza del Evangelio. Si nos abrimos a este mensaje, entonces sí que ascenderemos todos como seres humanos y como cristianos en el movimiento irreversible de Cristo que recapitula en sí mismo todo lo visible y lo invisible y lo encamina hacia el Padre.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.
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Viernes 04 de Mayo de 2012 05:01

REFLEXIÓN DOMINICAL: Permanecer en la verdad

En la resurrección de Jesucristo los creyentes reconocemos la actuación decisiva de Dios para conducir a la humanidad a una esperanza sin precedentes, por eso estamos viviendo una alegría exultante en el tiempo pascual. Lo que ocurre es que de ese mismo Espíritu del resucitado puede participar ya todo ser humano. La presencia del Espíritu del Resucitado en la historia humana es la nueva savia que nutre a los hombres y mujeres de esta tierra. Con la alegoría de la vid y de los sarmientos, el evangelio de Juan insiste en el carácter novedoso y potente del mensaje de Jesús: "Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador (...) Vosotros los sarmientos" (Jn 15,1.5). Es novedoso pues mientras en el Antiguo Testamento la metáfora de la vid se refería siempre a Israel como pueblo de Dios, en el cuarto evangelio la verdadera vid es Jesús en persona, quien, con sus discípulos como sarmientos, constituye el nuevo pueblo de Dios y sustituye al antiguo. Se trata de una imagen viva y potente pues este pueblo, como la vid, ha de crecer y producir. Sin embargo, la llamada principal del evangelio es a "permanecer en Jesús". No basta con una decisión inicial y entusiasta de seguir a Jesús. Hasta siete veces aparece el verbo “permanecer” en el evangelio de este domingo (Jn 15,1-8). Permanecer en Jesús significa seguir con él asimilándose a su persona, al dinamismo de su vida en el amor hasta la muerte, mediante la comunión con su savia, de modo que el sarmiento produzca fruto. El fruto que Dios espera es una vida en el amor sincero y en la verdad, un amor que se ha de traducir en obras. Por ello la literatura joánica del Nuevo Testamento sintetiza el mensaje cristiano exhortando a vivir el amor pues "en esto conocemos que somos de la verdad" (1 Jn 3,19).

Pero ¿qué significa "ser de la verdad"? El misterio y el conocimiento de la verdad es uno de los grandes temas de la historia de la filosofía. Por su parte, entre los textos bíblicos son los escritos de Juan los que más ampliamente abordan la cuestión de la verdad. En Juan convergen dos concepciones diferentes de la verdad, una de origen griego, en la que prevalece el sentido etimológico de aletheia como realidad oculta que se desvela y se revela, y otra procedente de la palabra hebrea emet (de la misma raíz que amén), en la que confluyen la firmeza, la fidelidad, la confianza y la lealtad.

Respecto a la primera, Ortega y Gasset dice en las Meditaciones del Quijote que  “quien quiera enseñarnos una verdad, que nos sitúe de modo que la descubramos nosotros”. La auténtica relación del hombre con la verdad es la que se da en el proceso de descubrimiento, al quitar el hombre con su intelecto aquello que oculta a las cosas con objeto de que éstas se le manifiesten en su desnudez. La realidad última de las cosas, de las personas y de Dios permanece oculta en su apariencia. Es cierto lo que dice El principito: lo esencial es invisible a los ojos, sólo se ve con el corazón. En la búsqueda de la verdad hasta llegar a su conocimiento se requiere humildad, valor y agudeza espiritual, pues la chispa gozosa de la verdad destella sólo cuando el ser humano se va quedando desnudo de prejuicios y va quitando el velo de las adherencias que enmascaran toda realidad. Ese doble desnudamiento de las cosas y de sí mismo ante ellas es el que descubre paulatinamente la verdad.

En este sentido Jesús es la verdad que nos revela al hombre y a Dios. El cuarto evangelio presenta a Cristo como la verdad histórica que revela la realidad divina del Padre. Jesús es la verdad hecha carne cuya firmeza y radicalidad pone en evidencia la mentira de los poderes de este mundo, en el ámbito político ante Pilatos y en los círculos religiosos ante los fariseos y los dirigentes judíos. De ahí que todo seguidor de Jesús está comprometido con la misma verdad que él encarnó, en la que él vivió y por la que lo mataron. Permanecer en Cristo significa por tanto identificarse con la palabra y con el espíritu de la verdad como único camino de vida y de libertad (cf. Jn 8,32).

“Ser de la verdad” por estar injertados en la vid verdadera y permanecer en ella implica estar dispuestos a vivir un amor comprometido seriamente con el desenmascaramiento de las mentiras de la realidad humana del momento presente. En este sentido y entre otras tareas propias de los cristianos es apremiante en el ámbito social la toma de conciencia y de medidas ante el ocultamiento de la verdadera y dramática realidad de la inmensa mayoría de la población mundial que sufre las consecuencias de la gravísima crisis económica internacional y de otra gran crisis social y humana, no menos salvaje, motivada por la ausencia de los grandes valores morales y por la falta de respeto a los derechos humanos fundamentales por parte de muchos líderes políticos y económicos del mundo.

Es importante detectar y desvelar, fieles al espíritu de la verdad, el alcance de cualquier forma de explotación económica que no atienda en primer lugar a los últimos en este mundo globalizado. Es urgente analizar y dar a conocer los mecanismos de  manipulación y de distracción interesada que utilizan los potentados de la economía para seguir controlando a su antojo la dinámica social. Es vital para una vida en la libertad, en la paz y en la concordia el desenmascaramiento de todo tipo de corrupción política, del tráfico de armas y de drogas, así como la percepción y denuncia de cualquier forma de abuso de poder, de totalitarismo estatal y de toda actuación que atente contra los derechos fundamentales a la libertad, a la vida y a la dignidad de la persona humana. Es apremiante conocer los mecanismos y las ideologías que sustentan los nacionalismos excluyentes, el racismo, la xenofobia y todo tipo de marginación social de la mujer, de los niños, de los ancianos y de los últimos de la sociedad, como ideologías conducentes a callejones sin salida en el mundo actual. Si los creyentes no nos comprometemos con la verdad en este tiempo puede ser que, en vez de permanecer en la vid verdadera, nos estemos subiendo a la parra.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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La aparición de Jesús Resucitado a los discípulos en Jerusalén, según la versión de Lucas, constituye el centro del mensaje de este tercer domingo de Pascua (Lc 24,35-48). Este texto es el último de las tres partes del capítulo 24 de san Lucas, capítulo que constituye, sin duda, una de las páginas más bellas y densas de la Biblia tanto por su composición literaria como por su contenido teológico, y al mismo tiempo refleja una multiplicidad de testimonios de fe de la comunidad cristiana primitiva, elaborados con una maestría sin igual por el evangelista, al servicio del mensaje central del Evangelio que nos anuncia que Jesús vive (Lc 24,23).

Al igual que el relato de los discípulos de Emaús también éste es un texto eucarístico, pues el mensaje se concentra en presentarnos a Jesús vivo y resucitado, en medio de los suyos, compartiendo una comida, para transmitirles el mensaje pascual por excelencia, el mensaje de paz y de alegría que transformó y transforma a los testigos de este encuentro en mensajeros de la conversión y del perdón desde Jerusalén hasta los confines de la tierra. Pero esta aparición a la comunidad tiene tres aspectos esenciales: la demostración reiterada de la identidad que existe entre el Resucitado y el Crucificado, la Comida eucarística como señal de esa identidad y de la presencia real del que vive ya para siempre, y la Palabra de las Escrituras que interpreta el modo inequívoco de esa presencia mediante la paradoja de la Pasión del Mesías, Justo sufriente, en cuyo cuerpo se concita todo sufrimiento humano y toda víctima inocente de la barbarie de esta historia. De esta presencia misteriosa fueron testigos los discípulos y somos nosotros ahora. En el texto de los Hechos (cf. 3,14; 7,52 y 22,14) aparece el título cristológico del Justo (dikaios) aplicado a Jesús Se trata de un título mesiánico utilizado por Mateo y Lucas para mostrar la inocencia de Jesús en el proceso que sufrió hasta la muerte (Lc 23,47; Mt 27,19; cf. Mt 27,4.24) y en los discursos de Pedro, Esteban y Pablo de los Hechos de los Apóstoles.

En plena misión continental de América todo este mensaje puede avivar la conciencia de la Iglesia misionera. La misión, pues, consiste, como dice Pedro en el discurso de los Hechos de los Apóstoles (Hech 3,13-19), en anunciar a Jesús, el Santo y el Justo, en proclamar su resurrección y en acreditar su presencia viva a través del testimonio permanente de muchos creyentes mediante la conversión del corazón, el perdón de los pecados y la esperanza viva y gozosa que comunica el Espíritu. Pero no puede pasar desapercibido el componente de denuncia que conlleva el anuncio misionero. En efecto, anunciar a Cristo crucificado es denunciar a los que lo crucificaron, y proclamar la victoria del Justo e inocente que fue resucitado por Dios es sostener que hay una verdad y una justicia, la de Dios, que no está sometida al dictamen de los que tienen el poder en este mundo y siguen amenazando a los desposeídos y asesinando víctimas, como hicieron con Jesús. Con este espíritu es importante tomar conciencia de que es inherente a la misión de la Iglesia asumir como propias las causas de los últimos en cualquier parte del mundo, y por tanto, es bueno solidarizarse con todos los sufren las consecuencias de las injusticias. En el momento presente podemos pensar tanto en las situaciones múltiples que atentan contra la dignidad y la libertad humana y contra los derechos fundamentales de la persona en los países latinoamericanos y africanos, así como en la creciente crisis económica en España y en Europa que va dejando un lastre de dolor escandaloso especialmente reflejado en el número de desempleados forzosos y en la situación de desahucios obligados de familias enteras de las viviendas que habitan y cuyas hipotecas no pueden pagar. Anunciar a Cristo Resucitado es anunciar al Justo, vencedor del mal, del pecado y de la injusticia y ponerse de parte de las víctimas, de todos los que sufren.

La identificación del Resucitado con el Crucificado revela que la presencia real del que ha vencido la muerte se hace patente en toda persona que lleva las señales del sufrimiento en su propio cuerpo. Entre las víctimas y crucificados de nuestro mundo ocupan un lugar preeminente los empobrecidos de nuestra tierra. El destino del Mesías   es el mismo que el de todos los crucificados y de todas las víctimas de la injusticia humana. Es este profundo vínculo fraterno de Jesús con los sufrientes del mundo, y no cualquier otra manifestación poderosa o espectacular, el que hace posible todavía hoy la presencia del Señor resucitado en la historia humana. De ahí que ellos,  los sufrientes y los pobres sean lugar teológico por excelencia para iluminar la Palabra de Dios y abrir el entendimiento de los discípulos. Por eso la Sagrada Escritura es el otro lugar teológico donde el misterio de la Pasión se desvela y desde el cual se debe hacer la memoria y la interpretación de todo sufrimiento humano. Finalmente la comida Eucarística del pescado es el signo que evidencia en la comunión fraterna la presencia gozosa del Resucitado. Con todas estas señales de la presencia y de la identidad del crucificado y resucitado, en la Palabra, en la Eucaristía y en el rostro de los dolientes de este mundo, la Iglesia se reviste del dinamismo de lo alto para llevar a cabo su misión universal de anuncio del amor de Dios, de denuncia del mal en todas sus formas, de conversión y de perdón, de paz y de alegría.
 
José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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Viernes 10 de Febrero de 2012 23:30

“Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”

DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO – Mc 1, 40-45 – 12 FEBRERO 2012

“Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”

El evangelio de este sexto Domingo del Tiempo Ordinario nos muestra cómo Jesús acoge a un leproso. Es importante precisar que en aquel tiempo, los leprosos eran las personas más excluidas de la sociedad, esquivadas por todos. No podían participar en ninguna actividad común. Porque antiguamente, la falta de medicinas eficaces, el miedo al contagio y la necesidad de defender la vida de la comunidad, obligaba a las personas a aislarse y a excluir a los leprosos. Además, entre el pueblo de Dios, donde la defensa del don de la vida era uno de los deberes más sagrados, se llegó a pensar que fuese una obligación divina la exclusión del leproso, porque era el único modo de defender a la comunidad contra el contagio de la muerte. Por esto, en Israel, el leproso se sentía impuro y excluido no sólo de la sociedad, sino hasta de Dios; en Levítico 14 desde el verso 1 al 32 habla de la purificación de los enfermos de lepra. Hoy en día, a pesar de casi dos mil años de cristianismo, la exclusión y la marginación de ciertas categorías de personas continúan, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Por ejemplo, los enfermos de sida, los emigrantes, los homosexuales, los divorciados…. ¿Es importante saber qué conductas de exclusiones tenemos? Esta pregunta nos ayudará a comprender la actitud de inclusión que debemos tener.

Veamos, tanto en los años 70, época en la que escribe Marcos, como hoy, época en la que vivimos nosotros, era y continúa siendo muy importante tener criterios o modelos para saber cómo vivir y anunciar la Buena Nueva de Dios y cómo realizar nuestra misión de cristiano. En los versículos del 16 al 45 del primer capítulo, al narrar los hechos de Jesús, Marcos describe cómo Jesús anunciaba la Buena Nueva. Cada acontecimiento constituye un criterio para la comunidad de su tiempo, de modo que ésta pudiese examinar su misión. El texto de este domingo concreta el octavo criterio: “reinsertar a los excluidos”. Ahora pongamos atención a las palabras del leproso: “Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”.

Alcohólicos Anónimos, el que identificamos con la doble A (AA), es una organización fundada en 1935 por un corredor de bolsa de Nueva York y un médico de Ohio (ambos ya fallecidos), que se consideraban borrachos desenfrenados. Su intención era ayudar a otros que sufrían de la enfermedad del alcoholismo. Alcohólicos Anónimos creció con la formación de grupos autónomos, primero en los Estados Unidos y luego por todo el mundo.

La ciencia y sus avances determinó que el alcoholismo es una enfermedad, la persona deberá tomar en cuenta que nadie puede rehabilitarse si no se acepta su enfermedad. Entonces la persona, que con sinceridad quiere dejar de beber, debe aceptar su incapacidad por controlar la bebida; de lo contrario le podrá causar la locura e incluso hasta la muerte prematura. Por tanto, el criterio con el que trabajan en AA es que los alcohólicos son personas enfermas que pueden recuperarse si siguen un sencillo programa que ha demostrado tener éxito para más de dos millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo. La experiencia demuestra que el programa de AA funcionará para todos los alcohólicos que son sinceros en sus esfuerzos por dejar de beber y que, por lo general, no funcionará para aquellos que no tienen la certeza absoluta de que quieran hacerlo.

El proceso tiene doce pasos, son las siguientes: (1) Admitir que son impotentes ante el alcohol, que sus vidas se habían vuelto ingobernables. (2) Llegar a creer que un Poder superior a ellos mismos podría devolvernos el sano juicio. (3) Decidir poner sus voluntades y sus vidas al cuidado de Dios, como lo conciben. (4) Sin miedos deben hacer un minucioso inventario moral de sus vidas marcadas por la enfermedad. (5) Admitir ante Dios, ante ellos mismos, y ante las personas de su entorno, la naturaleza exacta de sus defectos. (6) Estar totalmente dispuestos a dejar que Dios los libere de todos sus defectos de carácter. (7) Humildemente deben pedir liberase de sus defectos. (8) Hacen una lista de todas aquellas personas a quienes han ofendido y deben estar dispuestos a reparar el daño que causaron (9) deben reparar directamente a cuantos han ocasionado algún daño, excepto cuando el hacerlo implique perjuicio para ellos o para otros. (10) Continúan haciendo su inventario personal y cuando se equivocan admitir de inmediato. (11) Buscar a través de la oración y la meditación mejorar su contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, piden con insistencia que les permita conocer su voluntad y les dé la fortaleza para cumplirla. (12) Finalmente, habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratan de llevar este mensaje a los alcohólicos y de practicar estos principios en todos sus asuntos.

El leproso que se acerca a Jesús, pidiendo ser curado de su enfermedad, necesitó reconocerla primero y, al mismo tiempo, confió en que este profeta tenía la fuerza para sanarlo. Y Jesús le pide que solamente cumpla con las ofrendas que manda la ley de Moisés por su curación, pero que no se lo diga a nadie más; sin embargo, el leproso “se fue y comenzó a contar a todos lo que le había pasado”. Como el AA, no podía dejar de llevar a otros el mensaje de su propia experiencia de salvación. Porque cuando se experimenta el Amor de Dios sencillamente no puede guardar para sí mismo sino de compartirla.

Fuentes consultadas: www.homilética.org y www.lectionary.org

Por: Fernando Carrillo Mamani, sacerdote diocesano.

Categoria Análisis
En este domingo se proclama el evangelio de Marcos 1,14-20. Este evangelista nos acompañará los domingos de todo el año litúrgico, en este ciclo B, excepto unos cuantos que se intercalará al evangelista Juan.

por Monseñor Jesús Pérez, arzobispo de Sucre


Por otra parte, seguiremos escuchando unos domingos, la primera carta de Pablo a los Corintios, que ya iniciamos el domingo pasado, sin duda, con temas candentes para la comunidad de Corinto, temas interesantes para nuestros días.


Aquí empieza según el evangelista Marcos la misión mesiánica de Jesús. En el Capítulo 10 nos presentará la marcha a Jerusalén, ciudad donde entregará su vida muriendo por la salvación de la humanidad y resucitando para darnos nueva vida.


San Marcos no se preocupa mucho de seguir un orden cronológico, y en medio de un aparente desorden en la narración hay un hilo conductor: Cristo comienza su misión en Galilea. La Palabra de Jesús de Nazaret es bien acogida al principio, pero muy pronto hay un desencanto, al constatar que el Mesías se presenta como pobre y sufriente. ¡Qué difícil nos resulta aceptar la cruz!


Jesús deja los cuarenta días del desierto e inicia su predicación con un mensaje de urgencia: “el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca”. Jesús hace ver que el tiempo de la espera acabó, ha llegado el momento preciso, algo que todos estaban esperando. Está indicando que este momento ya estaba fijado por Dios. Lo que era una promesa ya se está cumpliendo.


Desde el primer momento de su predicación, Jesucristo quiere rodearse de colaboradores en la difusión del Reino. En el Antiguo Testamento Dios se valió de profetas. Vemos que escogió a Jonás que no fue muy ejemplar en las actitudes como profeta, pero Dios se sirvió de él para manifestar su proyecto de perdón y salvación.


El evangelio nos presenta la llamada de las dos parejas de hermanos –Pedro y Andrés, Santiago y Juan– que “dejaron inmediatamente las redes y lo siguieron”. Dejaron a su padre Zebedeo, en la barca y se marcharon con él”. La llamada es definitiva, y la respuesta también. Hay que tener en cuenta que Jesús no llamó a los escribas, a los doctores de la Ley, ni a los sacerdotes del Templo.
Jesús  dice a estas dos parejas de hermanos, les haré “pescadores de hombres”. Los hará  fieles seguidores, colaboradores en la mismísima misión de Él. No era cuestión de acudir a una escuela y aprender la doctrina de un maestro, sino de estar con él, siguiendo su proyecto de vida. Los cuatro discípulos se encontraron personalmente con Cristo.


Hoy también llama al ministerio de anunciar el evangelio a personas de todas las culturas –la llamada es universal– de diferentes edades, a hombres y mujeres, para que se conviertan en mensajeros de la Buena Noticia, en expresión de Aparecida, para que sean “discípulos misioneros”.
Para llegar al convencimiento de seguir a Jesús  y ser como Él pregoneros del Evangelio se necesita un cambio radical en la mayoría de los cristianos, se nos exige la conversión. Por ello, hoy Jesús nos lo dice: “conviértanse y crean en el evangelio” (Mc 1,15). Esas son las primeras palabras de Jesús cuando inicia su misión. Conversión significa cambio de mentalidad. La conversión es algo muy profundo que hace cambiar la dirección  de la vida.


La conversión pastoral nos exige, hoy y siempre, atender a lo más importante. Las cosas importantes no se pueden dejar para mañana. Hay que hacerlas con prontitud, no admiten retraso. Por ello, decimos “no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”. Cristo dice con claridad: “se ha cumplido el tiempo”, quiere decir: llegó la hora del trabajo, de la decisión de anunciar el Reino de Dios. Manos a la obra.


“La ocasión es como el fierro: hay que machacar en caliente”. Es hora de trabajar decididamente en la evangelización. A veces hay que dejar la televisión, el deporte, para atender a alguien que nos visita.

Los discípulos dejaron sus redes para seguir a Jesús, para estar con Él, para ponerse disponibles a lo que el Señor quería. No siguieron a Jesús para asegurarse una buena pesca, sino que dejaron de reparar las redes y se fueron en su seguimiento. Esta es también la hora de enrolarnos en el trabajo del anuncio de Jesús, el Salvador, como lo más importante. Es el momento de convencernos de que la evangelización toca a todos los bautizados.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE


Sucre, 22 de enero de 2012

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Jueves 19 de Enero de 2012 20:12

REFLEXIÓN DOMINICAL: EL REINADO DE DIOS

Al comienzo del Evangelio de Marcos (Mc 1,14-20), éste presenta claves fundamentales para la lectura de su obra: “Jesús fue predicando el Evangelio de Dios y diciendo: Se ha cumplido el plazo y se ha acercado el Reino de Dios; convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,14-15). La identidad de Jesús como Mesías e Hijo de Dios y su vinculación con el Reino de Dios constituyen el misterio del evangelio que Marcos pretende desentrañar y revelar como buena noticia para todo ser humano.

El mensaje inicial de Jesús tiene un doble contenido. Un anuncio y un mandato. Primeramente su predicación consiste en el anuncio de una realidad inminente y gratuita, la cercanía del Reino de Dios, cuya llegada próxima es un hecho irreversible y definitivo. En segundo lugar, su predicación insta a todos sus seguidores, tanto a los oyentes contemporáneos suyos como a los lectores del evangelio a lo largo de la historia, a la auténtica conversión, especificando que ésta consiste en un cambio de mentalidad para orientar la vida y la conducta según el Evangelio.

El anuncio del Reino, como don imparable de parte de Dios, es una realidad viva y dinámica, que nada ni nadie puede detener. Su definitiva proximidad es una propuesta abierta y universal para que la humanidad participe en la salvación que Dios le ofrece.  Pero no dice por ahora el evangelio qué es el Reino, ni dónde está, ni en qué consiste. En todo caso es algo que viene dado por Dios, pues se trata de una realidad que tiene en él su origen. Del contexto inmediato posterior se puede deducir que el Reino está vinculado a la actividad liberadora de Jesús, desarrollada sobre todo en Cafarnaún, en favor de los oprimidos y excluidos, de los enfermos y marginados y en abierta oposición a las instituciones religiosas de su tiempo. La autoridad de Jesús puesta al servicio del hombre anula el poder de los dirigentes de la sinagoga y antepone la atención al ser humano necesitado frente al respeto del día del sábado. Ese dinamismo liberador del hombre respecto a cualquier estructura opresora fue iniciado con la actuación de Jesús y es la fuerza imparable del Reino de Dios, que, como una semilla diminuta, va creciendo y desarrollándose en la historia sin que nadie sepa cómo.

El mandato contenido en el mensaje de Jesús deja la puerta abierta para que toda persona pueda entrar en el dinamismo del Reino, que es como un torrente de vida nueva, capaz de conducir a la humanidad por los senderos de la justicia, de la fraternidad y de la paz. La llamada a la conversión conlleva principalmente un cambio de mentalidad, una visión nueva de la vida, del hombre y de la sociedad. El verbo griego subyacente refleja esa transformación total de la mente. Es la metanoia que implica creer en el evangelio como Buena Noticia. Pero la invitación que hace el texto de Mc 1,15 no es sólo a creer en Dios, sino a creer que la persona de Jesús, su mensaje y su obra de liberación, su misión profética conflictiva y su destino de muerte violenta e injusta constituyen paradójicamente la Buena Noticia de la salvación para los seres humanos,  pues en la acogida de su palabra, en la percepción de su presencia y en el seguimiento radical de sus pasos se vive ya el dinamismo del Reinado de Dios.

Pero el paso decisivo para convertirse en discípulo de Jesús y participar del Reino,  no será otro que reconocer en él al Hijo de Dios, cuando, como el centurión (Mc 15,39) se contemple su muerte en la cruz. Sólo con esta reorientación de la mirada hacia Jesús en la cruz y, con él, hacia todas las víctimas de la injusticia y los sufrientes de este mundo se producirá  en nosotros la auténtica metanoia o conversión que pide el Evangelio.

Este Jesús es el Evangelio. Esto es lo que debe comprender  existencialmente su comunidad y, como se trata básicamente de un problema de conocimiento, se dirige a ella con la categoría discipulado. Presenta a los discípulos históricos de Jesús como tipo de los cristianos de su tiempo. La tarea básica de aquéllos consistió en conocer a Jesús, su mesianismo y su divinidad. Lo consiguieron con muchas dificultades. La comunidad debe aprender de ellos a conocer el auténtico Jesús y superar así sus problemas.La estrecha vinculación de los discípulos con Jesús constituye desde la primera página del evangelio una realidad primordial para el anuncio de la cercanía inminente del Reino de Dios y su presencia en esta tierra.

A la proclamación inicial de Jesús sigue el relato de la llamada a los primeros discípulos, en el cual se cuenta que Jesús, junto al lago de Galilea, vio a dos parejas de hermanos y los llamó para seguirle (Mc 1,16-20). La singularidad de esta llamada de Jesús tiene aspectos muy significativos que marcaron la importancia del discipulado inicial en su seguimiento radical de Jesús. Es Jesús quien tiene la iniciativa de llamar a aquellos discípulos, lo cual revela su enorme autoridad y la trascendencia de su misión, equiparable a la función de Dios en los relatos de vocación del Antiguo Testamento. Jesús llama a los que él quiere, pero se percibe en él un criterio de elección al escoger a personas capaces de ayudarle en la misión de proclamar y hacer presente el reinado de Dios.

El hecho de que la vocación de los discípulos sea la primera acción de Jesús en orden a mostrar la cercanía del Reinado de Dios significa que Jesús quiso contar desde el principio y para siempre con un grupo personas especialmente llamadas para compartir su mismo estilo de vida, marcado por la ruptura con todo tipo de lazos familiares y por una gran libertad en el comportamiento contracultural frente a los valores e instituciones dominantes. De aquel círculo más cercano a Jesús formaban parte, además de los Doce, Natanael, José y Matías (Hch 1,21-22), y algunas mujeres, que siguieron y sirvieron a Jesús (Lc 8,1-2 y Mc 15,40-41). Su testimonio sigue arrastrando hoy a muchas personas consagradas totalmente al servicio apasionado a Jesucristo y al Reino de Dios.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.

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