Viernes, 21 Julio 2017

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En este domingo 26 del Tiempo Ordinario, Mons. Robert Flock, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Cochabamba reflexionó el Evangelio sobre la Parábola de Lázaro y el Rico, decía que  "Lázaro goza del consuelo eterno, y el Rico está condenado a aquella cárcel infernal de la cual no hay escape por toda la eternidad".

A continuación les presentamos la homilía completa:

Confirmación, Cárcel El Abra

Queridos hermanos,

Hoy, además de celebrar el Sacramento de la Confirmación con algunos de ustedes, estoy recordando en esta Misa a mi querida madre, fallecida hace cinco años. Hoy es su cumpleaños y hubiera alcanzado 87 años. En cuanto a mi padre, ya son 19 años que falleció, pero viven todos mis 11hermanos con sus esposos e hijos. Hay una excepción, hace 20 años mi hermano mayor quedó viudo, por un accidente de carretera. Con la pérdida de la madre, sus hijos adolescentes se metieron con malos amigos, y el mayor incluso participó en un robo; fueron apresados y mi sobrino recibió una sentencia de prisión por un año y medio. Al salir de la cárcel se fue a vivir con mi madre, que la acogió como hijo propio, y le ayudó a reorientar su vida de manera más responsable y más digna. Él no ha estado sin problemas, incluso un fracaso matrimonial, pero sin la intervención de mi madre, su abuela, temo que estaría en la cárcel en forma permanente.

Hoy en el Evangelio, Jesús, con la Parábola de Lázaro y el Rico, nos pinta una escena en que Lázaro goza del consuelo eterno, y el Rico está condenado a aquella cárcel infernal de la cual no hay escape por toda la eternidad. ¿Cuál era la maldad que le mereció el interminable tormento? No era asesino ni violador. Su crimen delante de Dios fue la indiferencia frente al sufrimiento de Lázaro. Ahora pide que Lázaro le refresque la lengua con una gota de agua, pero cuando estaba en su poder ayudarle a Lázaro con las sobras de su mesa, no quiso hacer nada. Lo dejó en la miseria. 

Cuando el Papa Francisco visitó la Cárcel de Palmasola en Santa Cruz el año pasado, entre otras cosas dijo lo siguiente: “Aquí, en este Centro de Rehabilitación, la convivencia depende en parte de ustedes. El sufrimiento y la privación pueden volver nuestro corazón egoísta y dar lugar a enfrentamientos, pero también tenemos la capacidad de convertirlo en ocasión de auténtica fraternidad. Ayúdense entre ustedes. No tengan miedo a ayudarse entre ustedes. El demonio busca la pelea, busca la rivalidad, la división, los bandos. No le hagan el juego. Luchen por salir adelante unidos.”

Nosotros sabemos que lo descrito por el Papa sucedió aquí mismo hace dos años, terminado en una matanza por los abusos y luchas de poder. El reto es escuchar el Papa, como también a la Palabra de Dios. Pero como Jesús lamentaba con la parábola: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».

Hoy celebramos el Sacramento de la Confirmación para unos cuantos hermanos. Les felicito de haber hecho el esfuerzo para cumplir con la catequesis y confirmarse en la fe. Ojalá otros siguen su ejemplo, y busquen profundizar su amistad con Jesucristo, pidiendo el don del Espíritu Santo como manera de reencaminar su vida como hijos de Dios. 

Nuestra segunda lectura nos cae muy bien en este contexto como consejo propicio para ustedes y todos nosotros: “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la constancia, la bondad. Pelea el buen combate de la fe, conquista la Vida eterna, a la que has sido llamado y en vista de la cual hiciste una magnífica profesión de fe, en presencia de numerosos testigos.” Su Confirmación hoy es “una magnífica profesión de fe”. Ahora toca vivir esta fe como discípulos de Jesucristo, precisamente en este lugar donde todo testimonio cristiano es una gran bendición que trae esperanza a todos los demás.

Al celebrar el Sacramento de la Confirmación vamos a invocar a Dios Padre para que les envíe su Santo Espíritu con sus siete dones: Sabiduría e Inteligencia, Consejo y Fortaleza, Ciencia y Piedad y el Santo Temor de Dios. Estos dones nos ayudan a guiar nuestra vida en las situaciones complicadas y difíciles que se nos presentan, para que podamos distinguir entre las tentaciones y engaños del demonio y optar por el camino que ofrece la vida verdadera. 

La Sabiduría que Dios nos da es exactamente lo que nos hace falta frente a la astucia del diablo. Porque todo lo que es crimen y maldad, sale de las maquinaciones serpentinas con las cuales uno se cree inteligente para sacar algún provecho, pero por oponerse a la voluntad de Dios y su deseo para tu bien resultan como el mayor tropiezo. En cambio la Sabiduría nos ayude a acertar en un proyecto de vida que nos lleva a la vida en abundancia. Su misma confirmación es una muestra de Sabiduría

La Inteligencia es un don que nos ayuda a percibir la presencia y ayuda de Dios mismo en nuestra vida. En cambio, el enemigo dice que Dios te ha abandonado, o que no existe, su mentira más grande. El Consejo nos ayuda en las decisiones diarias a acertar la voluntad de Dios y la Fortaleza nos da la valentía para optar por el camino bueno cuando sea difícil. Con la Ciencia vamos profundizando en los misterios de nuestra fe cristiana y nuestra salvación eterna, mientras la Piedad nos ayuda a vivir la actitud de misericordia hacia los sufridos, como Jesús nos indica en la Parábola de Lázaro y el Rico. Y finalmente, el Santo Temor de Dios no es miedo, sino una reverencia amorosa que el Señor nos permite hacia Dios mismo, permitiéndonos acercarnos a conocerlo cada vez mejor para enamorarnos con su bondad, belleza y perfección.

Termino con las palabras del Salmo: “Alaba al Señor, alma mía, [porque] El Señor libera a los cautivos y entorpece el camino de los malvados.” 

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  • Fuente Infodecom

El Reino de Dios es el núcleo fundamental del mensaje de Jesús. En ningún lugar evangélico se nos da una definición del Reino, de manera que no podemos decir en qué consiste el Reino. Sin embargo del conjunto de la predicación de Jesús podemos deducir que se trata de una realidad viva y dinámica, en continuo crecimiento, a veces imperceptible, pero no por eso menos real. El Reino es la realidad teológica más destacada por Jesús en el Evangelio y se puede decir que se refiere a Dios mismo visto desde la dimensión de su amor que se manifiesta y se enseñorea de la vida de los seres humanos hasta conducirlos a una nueva vida. Ese Reino de Dios es de Dios y por eso no depende de los hombres. El Reino, por ser de Dios, no lo construimos los hombres, sino que viene dado por Dios a los hombres. Por eso es sobre todo un don y todo un regalo de Dios.

Nosotros podemos invocar su venida, como hacemos en el Padrenuestro y podemos buscarlo con ahínco, pero sobre todo debemos acogerlo porque el Padre ha tenido a bien dárnoslo. El evangelio de este domingo lo expresa con palabras de ternura y en la fórmula de un oráculo profético de salvación: “No temas, mi pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el Reino” (Lc 12,32-48). Por los evangelios sabemos que el Reino es la misma persona de Jesús, y acogerlo a él con todas sus consecuencias es el camino de la salvación. Pero el hecho de que sea un don no significa que no tengamos que hacer nada los seres humanos para acoger dicho Reino.

La espera del creyente, como la de María, es activa y anticipa el don del Reino: El Reino se acerca en la persona de Jesús. Acogerlo a él y seguirlo por el camino hacia la cruz es dejar que Dios reine en nuestros corazones y que su amor nos transforme. En esto consiste la fe, que también es don y respuesta. Por eso el Reino se acerca desde la solidaridad con los que sufren y viven en los peligros y en cualquier tipo de sufrimiento. El Reino se acerca mediante la fe que pasa por la prueba del sacrificio y de la entrega, por la prueba del dolor. Porque los cristianos esperamos el don del Reino tiene pleno sentido la acción solidaria con los pobres, el desprendimiento de los bienes y la vigilancia atenta a la fidelidad. A estos tres aspectos dedica el evangelio de hoy su atención.

La limosna no consiste en dar de lo que nos sobra, sino en dar de lo necesario para vivir y por eso la limosna es una expresión sumamente significativa de la misericordia hacia los pobres y necesitados de toda la tierra, que requiere la libertad interior del desprendimiento personal respecto a los bienes y recursos materiales con el fin de que todos ellos sean bien repartidos y compartidos entre todos los marginados y excluidos. La llamada a la vigilancia nace de esta exigencia radical del seguimiento. Es preciso estar atento para no caer en ninguno de los comportamientos impropios de los que viven la gratuidad de la fe y de las promesas, tales como los abusos de poder, el despilfarro económico y la acumulación de bienes, en cualquiera de sus manifestaciones.

Vinculado al don del Reino aparece otro gran aspecto de la palabra de Dios de este domingo, el tema de la fe. Con la palabra “Amén” se podría sintetizar la respuesta humana de la fe ante la propuesta del don del Reino de Dios. De su raíz hebrea ´mn derivan dos componentes esenciales y complementarios que definen la fe: por una parte, la fe significa fiarse, confiar, creer en el otro y en su verdad, y al mismo tiempo, la fe comporta estar firme y permanecer en la verdad, resistir y aguantar, perseverando con fidelidad en las propias convicciones. Esa fe es la que se expresa en la palabra hebrea no traducida: Amén. “La fe es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve” (Heb 11,1-2). Entre los personajes bíblicos que mejor encarnan en su vida y en su experiencia religiosa el sentido profundo de la palabra amén destacan el patriarca Abrahán y su mujer Sara, los cuales son motivo de elogio por su fe en la Carta a los Hebreos que hoy leemos (Heb11,8-19), y sobre todo la Virgen María, cuya fiesta de la Asunción celebramos el día 15 y bajo la advocación de Urkupiña en las tierras de Bolivia.

Por su fe, Abraham, escuchó y siguió la llamada de Dios y se marchó, sin saber a dónde iba, hacia la tierra que iba a recibir como herencia. Por la fe, vivió como extranjero en esa tierra, porque esperaba en la ciudad de sólidos cimientos, construida por Dios. Por su fe, Sara, aun siendo estéril y a pesar de su avanzada edad, pudo concebir un hijo, porque creyó que Dios habría de ser fiel a la promesa; y así, de un solo hombre, ya anciano, nació una descendencia numerosa como las estrellas del cielo e incontable como las arenas del mar. Todos ellos murieron firmes en la fe. No alcanzaron los bienes prometidos, pero los vieron y los saludaron con gozo desde lejos.

Por su fe, la Virgen María creyó en la palabra del Señor, se abrió al plan de Dios sobre ella y sobre la historia humana y permaneció siempre fiel a su palabra. Ella experimentó en su humildad la grandeza del misterio de Dios, al cual consagró toda su vida tras descubrir la misión decisiva para la que, por pura gracia de Dios, había sido escogida: la Misión de engendrar y dar a luz a Jesús, el Mesías. En los dogmas de la Inmaculada y de la Asunción, la Iglesia reconoce y celebra que María es el mejor canto de gracia para gloria de Dios, pues la llena de gracia participa como primicia de la humanidad redimida de la plenitud de los frutos de la salvación que su hijo Jesús ha obtenido para todos los seres humanos con su muerte y resurrección. Por ello el Concilio Vaticano II considera a María “signo de esperanza y de consuelo” para toda la Iglesia (Lumen Gentium, 68). En María es ya realidad lo que para el resto de los humanos es una promesa de parte de Dios, la participación en la nueva vida del Resucitado (1 Cor 15,20-26).

Nosotros, los creyentes en el mismo Dios que María y Abrahán, seguimos fiándonos de las promesas de Dios y seguimos en la espera gozosa del Reino de Dios y su justicia, que Jesús ha prometido “No temas, mi pequeño rebaño, porque el Padre de ustedes ha decidido darles el Reino” (Lc 12,32-48). Con María todos quedamos llamados a dar nuestro “Amén” en la fe como respuesta acogedora al don del Reino de Dios en nuestra vida, avivando así los mecanismos del corazón y de la mente que orientan toda nuestra personalidad para seguir a Jesús con la mirada puesta en Dios, horizonte inmenso de nuestra esperanza, y en los pobres, indicadores inmediatos de nuestro amor.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

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  • Fuente Infodecom
Según el relato evangélico de Juan, en vísperas de su muerte, Jesús revela a sus discípulos su deseo más profundo: "Permaneced en mí". Conoce su cobardía y mediocridad. En muchas ocasiones les ha recriminado su poca fe. Si no se mantienen vitalmente unidos a él no podrán subsistir. Las palabras de Jesús no pueden ser más claras y expresivas: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí". Si no se mantienen firmes en lo que han aprendido y vivido junto a él, su vida será estéril. Si no viven de su Espíritu, lo iniciado por él se extinguirá.

Jesús emplea un lenguaje rotundo: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". En los discípulos ha de correr la savia que proviene de Jesús. No lo han de olvidar nunca. "El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada". Separados de Jesús, sus discípulos no podemos nada.

Jesús no solo les pide que permanezcan en él. Les dice también que "sus palabras permanezcan en ellos". Que no las olviden. Que vivan de su Evangelio. Esa es la fuente de la que han de beber. Ya se lo había dicho en otra ocasión: "Las palabras que os he dicho son espíritu y vida".

El Espíritu del Resucitado permanece hoy vivo y operante en su Iglesia de múltiples formas, pero su presencia invisible y callada adquiere rasgos visibles y voz concreta gracias al recuerdo guardado en los relatos evangélicos por quienes lo conocieron de cerca y le siguieron. En los evangelios nos ponemos en contacto con su mensaje, su estilo de vida y su proyecto del reino de Dios.

Por eso, en los evangelios se encierra la fuerza más poderosa que poseen las comunidades cristianas para regenerar su vida. La energía que necesitamos para recuperar nuestra identidad de seguidores de Jesús. El Evangelio de Jesús es el instrumento pastoral más importante para renovar hoy a la Iglesia.

Muchos cristianos buenos de nuestras comunidades solo conocen los evangelios "de segunda mano". Todo lo que saben de Jesús y de su mensaje proviene de lo que han podido reconstruir a partir de las palabras de los predicadores y catequistas. Viven su fe sin tener un contacto personal con "las palabras de Jesús".

Es difícil imaginar una "nueva evangelización" sin facilitar a las personas un contacto más directo e inmediato con los evangelios. Nada tiene más fuerza evangelizadora que la experiencia de escuchar juntos el Evangelio de Jesús desde las preguntas, los problemas, sufrimientos y esperanzas de nuestros tiempos.

6 de mayo de 2012
5 Pascua (B)
Juan 15, 1-8

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de El diario de Jeremiah

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  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola
Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.

A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?

25 de Marzo de 2012
5 Cuaresma (B)
Juan 12, 20-33

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de World News

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  • Autor José A. Pagola
El evangelista Juan nos habla de un extraño encuentro de Jesús con un importante fariseo, llamado Nicodemo. Según el relato, es Nicodemo quien toma la iniciativa y va a donde Jesús «de noche». Intuye que Jesús es «un hombre venido de Dios», pero se mueve entre tinieblas. Jesús lo irá conduciendo hacia la luz.

Nicodemo representa en el relato a todo aquel que busca sinceramente encontrarse con Jesús. Por eso, en cierto momento, Nicodemo desaparece de escena y Jesús prosigue su discurso para terminar con una invitación general a no vivir en tinieblas, sino a buscar la luz.

Según Jesús, la luz que lo puede iluminar todo está en el Crucificado. La afirmación es atrevida: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna». ¿Podemos ver y sentir el amor de Dios en ese hombre torturado en la cruz?

Acostumbrados desde niños a ver la cruz por todas partes, no hemos aprendido a mirar el rostro del Crucificado con fe y con amor. Nuestra mirada distraída no es capaz de descubrir en ese rostro la luz que podría iluminar nuestra vida en los momentos más duros y difíciles.

Sin embargo, Jesús nos está mandando desde la cruz señales de vida y de amor.

En esos brazos extendidos que no pueden ya abrazar a los niños, y en esa manos clavadas que no pueden acariciar a los leprosos ni bendecir a los enfermos, está Dios con sus brazos abiertos para acoger, abrazar y sostener nuestras pobres vidas, rotas por tantos sufrimientos.

Desde ese rostro apagado por la muerte, desde esos ojos que ya no pueden mirar con ternura a pecadores y prostitutas, desde esa boca que no puede gritar su indignación por las víctimas de tantos abusos e injusticias, Dios nos está revelando su "amor loco" a la Humanidad.

«Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él». Podemos acoger a ese Dios y lo podemos rechazar. Nadie nos fuerza. Somos nosotros los que hemos de decidir. Pero «la Luz ya ha venido al mundo». ¿Por qué tantas veces rechazamos la luz que nos viene del Crucificado?

Él podría poner luz en la vida más desgraciada y fracasada, pero «el que obra mal... no se acerca a la luz para no verse acusado por sus obras». Cuando vivimos de manera poco digna, evitamos la luz porque nos sentimos mal ante Dios. No queremos mirar al Crucificado. Por el contrario, «el que realiza la verdad, se acerca a la luz». No huye a la oscuridad. No tiene nada que ocultar. Busca con su mirada al Crucificado. Él lo hace vivir en la luz.

18 de marzo de 2012
4 Cuaresma (B)
Juan 3, 14-21

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

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  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola
Jesús apareció en Galilea cuando el pueblo judío vivía una profunda crisis religiosa. Llevaban mucho tiempo sintiendo la lejanía de Dios. Los cielos estaban "cerrados". Una especie de muro invisible parecía impedir la comunicación de Dios con su pueblo. Nadie era capaz de escuchar su voz. Ya no había profetas. Nadie hablaba impulsado por su Espíritu.

Lo más duro era esa sensación de que Dios los había olvidado. Ya no le preocupaban los problemas de Israel. ¿Por qué permanecía oculto? ¿Por qué estaba tan lejos? Seguramente muchos recordaban la ardiente oración de un antiguo profeta que rezaba así a Dios: "Ojalá rasgaras el cielo y bajases".

Los primeros que escucharon el evangelio de Marcos tuvieron que quedar sorprendidos. Según su relato, al salir de las aguas del Jordán, después de ser bautizado, Jesús «vio rasgarse el cielo» y experimentó que «el Espíritu de Dios bajaba sobre él». Por fin era posible el encuentro con Dios. Sobre la tierra caminaba un hombre lleno del Espíritu de Dios. Se llamaba Jesús y venía de Nazaret.

Ese Espíritu que desciende sobre él es el aliento de Dios que crea la vida, la fuerza que renueva y cura a los vivientes, el amor que lo transforma todo. Por eso Jesús se dedica a liberar la vida, a curarla y hacerla más humana. Los primeros cristianos no quisieron ser confundidos con los discípulos del Bautista. Ellos se sentían bautizados por Jesús con su Espíritu.

Sin ese Espíritu todo se apaga en el cristianismo. La confianza en Dios desaparece. La fe se debilita. Jesús queda reducido a un personaje del pasado, el Evangelio se convierte en letra muerta. El amor se enfría y la Iglesia no pasa de ser una institución religiosa más.

Sin el Espíritu de Jesús, la libertad se ahoga, la alegría se apaga, la celebración se convierte en costumbre, la comunión se resquebraja. Sin el Espíritu la misión se olvida, la esperanza muere, los miedos crecen, el seguimiento a Jesús termina en mediocridad religiosa.

Nuestro mayor problema es el olvido de Jesús y el descuido de su Espíritu. Es un error pretender lograr con organización, trabajo, devociones o estrategias diversas lo que solo puede nacer del Espíritu. Hemos de volver a la raíz, recuperar el Evangelio en toda su frescura y verdad, bautizarnos con el Espíritu de Jesús:

No nos hemos de engañar. Si no nos dejamos reavivar y recrear por ese Espíritu, los cristianos no tenemos nada importante que aportar a la sociedad actual tan vacía de interioridad, tan incapacitada para el amor solidario y tan necesitada de esperanza.

8 de enero de 2012
Bautismo del Señor
Marcos 1, 7-11

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de Las sandalias del pescador

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  • Autor José A. Pagola
El concilio Vaticano II presenta a María, Madre de Jesucristo, como "prototipo y modelo para la Iglesia", y la describe como mujer humilde que escucha a Dios con confianza y alegría. Desde esa misma actitud hemos de escuchar a Dios en la Iglesia actual."Alégrate". Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría.

Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.

«El Señor está contigo». No es fácil la alegría en la Iglesia de nuestros días. Sólo puede nacer de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Vivimos invocando cada día a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todo ser humano.

Esta Iglesia, a veces tan desconcertada y perdida, que no acierta a volver al Evangelio, no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado. Con él todo es posible.

«No temas». Son muchos los miedos que nos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización. Miedo a un futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a la conversión al Evangelio. El miedo nos está haciendo mucho daño. Nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. Nos encierra en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas. Desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana. Es urgente construir una Iglesia de la confianza. La fortaleza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa sino humilde.

«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, está queriendo brotar: Dios es una pregunta que humaniza.

Desde nuestras comunidades, cada vez más pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Estamos en buenas manos. Dios no está en crisis. Somos nosotros los que no nos atrevemos a seguir a Jesús con alegría y confianza.

18 de diciembre de 2011
4 de Adviento(B)
Lucas 1, 26-38

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de Municipalidad de los surgentes

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  • Autor José A. Pagola
A lo largo de este nuevo año litúrgico los cristianos iremos leyendo los domingos el evangelio de Marcos. Su pequeño escrito arranca con este título: «Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Estas palabras nos permiten evocar algo de lo que encontraremos en su relato. Con Jesús «comienza» algo nuevo. Es lo primero que quiere dejar claro Marcos. Todo lo anterior pertenece al pasado. Jesús es el comienzo de algo nuevo e inconfundible. En el relato, Jesús dirá que "el tiempo se ha cumplido". Con él llega la Buena Noticia de Dios.

Esto es lo que están experimentando los primeros cristianos. Quien se encuentra vitalmente con Jesús y penetra un poco en su misterio, sabe que empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente.

Lo que encuentran en Jesús es una «Buena Noticia». Algo nuevo y bueno. La palabra «Evangelio» que emplea Marcos es muy frecuente entre los primeros seguidores de Jesús y expresa lo que sienten al encontrarse con él. Una sensación de liberación, alegría, seguridad y desaparición de miedos. En Jesús se encuentran con "la salvación de Dios".

Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del ser humano, el Padre de todos los pueblos, el defensor de los últimos, la esperanza de los perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando conoce el proyecto de Jesús de trabajar por un mundo más humano, digno y dichoso, sabe que no podrá dedicarse a nada más grande.

Esta Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato que va a escribir Marcos. Por eso, su intención primera no es ofrecernos doctrina sobre Jesús ni aportarnos información biográfica sobre él, sino seducirnos para que nos abramos a la Buena Noticia que sólo podremos encontrar en él.

Marcos le atribuye a Jesús dos títulos: uno típicamente judío, el otro más universal. Sin embargo reserva a los lectores alguna sorpresa. Jesús es el «Mesías» al que los judíos esperaban como liberador de su pueblo. Pero un Mesías muy diferente del líder guerrero que muchos anhelaban para destruir a los romanos. En su relato, Jesús es descrito como enviado por Dios para humanizar la vida y encauzar la historia hacia su salvación. Es la primera sorpresa.

Jesús es «Hijo de Dios», pero no dotado del poder y la gloria que algunos hubieran imaginado. Un Hijo de Dios profundamente humano, tan humano que sólo Dios puede ser así. Sólo cuando termina su vida de servicio a todos, ejecutado en una cruz, un centurión romano confiesa: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Es la segunda sorpresa.

4 de diciembre de 2011
2 Adviento (B)

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de ChL-La Buena Noticia 

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  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola
Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos. Por eso, una vez más les descubre su inquietud: «Mirad, vivid despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.

«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse, sólo les insistió en una cosa: «Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa». Que cuando venga, no os encuentre dormidos.

El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será "la casa de Jesús" que sustituirá a "la casa de Israel". En ella todos son servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.

En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.

Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Lo seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: «vivid despiertos". No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: velad».

El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.

Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre "los que mandan" y "los que obedecen". Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.

27 de noviembre de 2011
1 Adviento (B)
Marcos 13, 33-37

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

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  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola*

El relato no es propiamente una parábola sino una evocación del juicio final de todos los pueblos. Toda la escena se concentra en un diálogo largo entre el Juez que no es otro que Jesús resucitado y dos grupos de personas: los que han aliviado el sufrimiento de los más necesitados y los que han vivido negándoles su ayuda. A lo largo de los siglos los cristianos han visto en este diálogo fascinante "la mejor recapitulación del Evangelio", "el elogio absoluto del amor solidario" o "la advertencia más grave a quienes viven refugiados falsamente en la religión". Vamos a señalar las afirmaciones básicas.

Todos los hombres y mujeres sin excepción serán juzgados por el mismo criterio. Lo que da un valor imperecedero a la vida no es la condición social, el talento personal o el éxito logrado a lo largo de los años. Lo decisivo es el amor práctico y solidario a los necesitados de ayuda.

Este amor se traduce en hechos muy concretos. Por ejemplo, «dar de comer», «dar de beber», «acoger al inmigrante», «vestir al desnudo», «visitar al enfermo o encarcelado». Lo decisivo ante Dios no son las acciones religiosas, sino estos gestos humanos de ayuda a los necesitados. Pueden brotar de una persona creyente o del corazón de un agnóstico que piensa en los que sufren.

El grupo de los que han ayudado a los necesitados que han ido encontrando en su camino, no lo han hecho por motivos religiosos. No han pensado en Dios ni en Jesucristo. Sencillamente han buscado aliviar un poco el sufrimiento que hay en el mundo. Ahora, invitados por Jesús, entran en el reino de Dios como "benditos del Padre".

¿Por qué es tan decisivo ayudar a los necesitados y tan condenable negarles la ayuda? Porque, según revela el Juez, lo que se hace o se deja de hacer a ellos, se le está haciendo o dejando de hacer al mismo Dios encarnado en Cristo. Cuando abandonamos a un necesitado, estamos abandonando a Dios. Cuando aliviamos su sufrimiento, lo estamos haciendo con Dios.

Este sorprendente mensaje nos pone a todos mirando a los que sufren. No hay religión verdadera, no hay política progresista, no hay proclamación responsable de los derechos humanos si nos es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad.

En cada persona que sufre Jesús sale a nuestro encuentro, nos mira, nos interroga y nos suplica. Nada nos acerca más a él que aprender a mirar detenidamente el rostro de los que sufren con compasión. En ningún lugar podremos reconocer con más verdad el rostro de Jesús.

20 de noviembre 2011
Fiesta de Cristo Rey (A)
Mateo 25, 31-46

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de Jóvenes vicencianos

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  • Autor José A. Pagola

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