La Paz
Mostrando articulos por etiqueta: evangelio dominical
“Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”
DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO – Mc 1, 40-45 – 12 FEBRERO 2012
“Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”
El evangelio de este sexto Domingo del Tiempo Ordinario nos muestra cómo Jesús acoge a un leproso. Es importante precisar que en aquel tiempo, los leprosos eran las personas más excluidas de la sociedad, esquivadas por todos. No podían participar en ninguna actividad común. Porque antiguamente, la falta de medicinas eficaces, el miedo al contagio y la necesidad de defender la vida de la comunidad, obligaba a las personas a aislarse y a excluir a los leprosos. Además, entre el pueblo de Dios, donde la defensa del don de la vida era uno de los deberes más sagrados, se llegó a pensar que fuese una obligación divina la exclusión del leproso, porque era el único modo de defender a la comunidad contra el contagio de la muerte. Por esto, en Israel, el leproso se sentía impuro y excluido no sólo de la sociedad, sino hasta de Dios; en Levítico 14 desde el verso 1 al 32 habla de la purificación de los enfermos de lepra. Hoy en día, a pesar de casi dos mil años de cristianismo, la exclusión y la marginación de ciertas categorías de personas continúan, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Por ejemplo, los enfermos de sida, los emigrantes, los homosexuales, los divorciados…. ¿Es importante saber qué conductas de exclusiones tenemos? Esta pregunta nos ayudará a comprender la actitud de inclusión que debemos tener.
Veamos, tanto en los años 70, época en la que escribe Marcos, como hoy, época en la que vivimos nosotros, era y continúa siendo muy importante tener criterios o modelos para saber cómo vivir y anunciar la Buena Nueva de Dios y cómo realizar nuestra misión de cristiano. En los versículos del 16 al 45 del primer capítulo, al narrar los hechos de Jesús, Marcos describe cómo Jesús anunciaba la Buena Nueva. Cada acontecimiento constituye un criterio para la comunidad de su tiempo, de modo que ésta pudiese examinar su misión. El texto de este domingo concreta el octavo criterio: “reinsertar a los excluidos”. Ahora pongamos atención a las palabras del leproso: “Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad”.
Alcohólicos Anónimos, el que identificamos con la doble A (AA), es una organización fundada en 1935 por un corredor de bolsa de Nueva York y un médico de Ohio (ambos ya fallecidos), que se consideraban borrachos desenfrenados. Su intención era ayudar a otros que sufrían de la enfermedad del alcoholismo. Alcohólicos Anónimos creció con la formación de grupos autónomos, primero en los Estados Unidos y luego por todo el mundo.
La ciencia y sus avances determinó que el alcoholismo es una enfermedad, la persona deberá tomar en cuenta que nadie puede rehabilitarse si no se acepta su enfermedad. Entonces la persona, que con sinceridad quiere dejar de beber, debe aceptar su incapacidad por controlar la bebida; de lo contrario le podrá causar la locura e incluso hasta la muerte prematura. Por tanto, el criterio con el que trabajan en AA es que los alcohólicos son personas enfermas que pueden recuperarse si siguen un sencillo programa que ha demostrado tener éxito para más de dos millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del mundo. La experiencia demuestra que el programa de AA funcionará para todos los alcohólicos que son sinceros en sus esfuerzos por dejar de beber y que, por lo general, no funcionará para aquellos que no tienen la certeza absoluta de que quieran hacerlo.
El proceso tiene doce pasos, son las siguientes: (1) Admitir que son impotentes ante el alcohol, que sus vidas se habían vuelto ingobernables. (2) Llegar a creer que un Poder superior a ellos mismos podría devolvernos el sano juicio. (3) Decidir poner sus voluntades y sus vidas al cuidado de Dios, como lo conciben. (4) Sin miedos deben hacer un minucioso inventario moral de sus vidas marcadas por la enfermedad. (5) Admitir ante Dios, ante ellos mismos, y ante las personas de su entorno, la naturaleza exacta de sus defectos. (6) Estar totalmente dispuestos a dejar que Dios los libere de todos sus defectos de carácter. (7) Humildemente deben pedir liberase de sus defectos. (8) Hacen una lista de todas aquellas personas a quienes han ofendido y deben estar dispuestos a reparar el daño que causaron (9) deben reparar directamente a cuantos han ocasionado algún daño, excepto cuando el hacerlo implique perjuicio para ellos o para otros. (10) Continúan haciendo su inventario personal y cuando se equivocan admitir de inmediato. (11) Buscar a través de la oración y la meditación mejorar su contacto consciente con Dios, como nosotros lo concebimos, piden con insistencia que les permita conocer su voluntad y les dé la fortaleza para cumplirla. (12) Finalmente, habiendo obtenido un despertar espiritual como resultado de estos pasos, tratan de llevar este mensaje a los alcohólicos y de practicar estos principios en todos sus asuntos.
El leproso que se acerca a Jesús, pidiendo ser curado de su enfermedad, necesitó reconocerla primero y, al mismo tiempo, confió en que este profeta tenía la fuerza para sanarlo. Y Jesús le pide que solamente cumpla con las ofrendas que manda la ley de Moisés por su curación, pero que no se lo diga a nadie más; sin embargo, el leproso “se fue y comenzó a contar a todos lo que le había pasado”. Como el AA, no podía dejar de llevar a otros el mensaje de su propia experiencia de salvación. Porque cuando se experimenta el Amor de Dios sencillamente no puede guardar para sí mismo sino de compartirla.
Fuentes consultadas: www.homilética.org y www.lectionary.org
Por: Fernando Carrillo Mamani, sacerdote diocesano.
“Éste es mi Hijo amado, mi predilecto”
“NO HAY NADA IMPOSIBLE PARA DIOS”
En el VI Domingo de Adviento volvemos a meditar el mismo evangelio que escuchamos hace diez días en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, en algunas regiones la fiesta de velas. Eso no impide el saborear y disfrutar nuevamente este precioso texto, diríamos popularmente: en el repite está el gustito. Nuestra intuición nos lleva a entender que la Iglesia quiere, en esta ocasión, que contemplemos el importante papel que jugó María, la madre de Jesús, en el Adviento de los tiempos pasados, pero también en nuestro tiempo para animarnos a nosotros en plan que Dios nos tiene preparado.
María posibilita, con su sí incondicional, la esperanza de Israel del Mesías, del Hijo de Dios, sea una realidad. La realidad de Dios, su plan para la humanidad, pasa por nuestra colaboración, que aunque sea o parezca pequeña, Dios ha querido y lo sigue haciendo que sea necesaria.
Por otro lado, es curioso cómo describe el ángel al que será el hijo de María: grande, Hijo del Altísimo, como el que ostenta el trono de David, su reinado no tendrá fin. Conociendo la vida, predicación, muerte y resurrección de Jesús, parece que está hablando de otra persona. Pero es que los juicios y los caminos del Señor no son los nuestros, como afirma el profeta Isaías. La grandeza y el poder de Dios, del que participa Jesús, no tienen nada que ver con estas categorías cuando las usamos nosotros. Su poder, su grandeza, su reinado son exclusivamente de servicio. En ello está su grandeza. María sí que lo entendió perfectamente y ¿nosotros comprendemos?
Padre Mateo Bautista en su pequeño libro “Cuentos para la Espiritualidad” narra los planes de tres árboles, veamos: Cuentan que una vez tres árboles jóvenes estaban conversando sobre lo que querían ser cuando fueran grandes. El primero decía: “A mí me gustaría ser utilizado en la construcción de un gran Palacio para servir de techo a Reyes y Príncipes”. El segundo dijo: “A mí me gustaría ser el mástil mayor de un hermoso barco que surque los mares llevando riquezas, alimentos, personas y noticias de un lado a otro de los océanos”. El tercero, por su parte, dijo: “A mí me gustaría ser utilizado para construir un gran monumento de esos que se colocan en medio de las plazas o avenidas y que cuando la gente me vea, admire a Dios por su grandeza”.
Pasaron los años, los árboles crecieron y llegó el tiempo del hacha y la sierra. Cada uno de los tres árboles fue a dar a distintos sitios: El primero fue utilizado para construir la casita de un campesino pobre que con el tiempo fue destruida y abandonada. Con los restos se levantó un pequeño establo para que los animales se protegieran del frío y de la noche... El segundo fue utilizado para la construcción de la barca de un pobre pescador que se pasaba la mayor parte del tiempo amarrada a la orilla de un lago... El tercero fue utilizado para la construcción de una cruz, donde fueron ajusticiados varios hombres...
El evangelista Lucas nos narra, que cuando María recibió el anuncio del ángel, “se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: –María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar embarazada: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús”. María, sin salir de su asombro, preguntó: “–¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre? (refiriéndose a no tener relaciones sexuales). El ángel le contestó: –El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder de Dios altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos, está embarazada desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible”. La respuesta de María fue de total disponibilidad a pesar de que seguramente no entendió completamente el plan de Dios. “Yo soy la esclava del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho”.
No es fácil aceptar los planes de Dios cuando no se acomodan a los nuestros. Siempre que Dios nos llama a realizar un proyecto, tenemos la tentación de pensar que será como nosotros lo hemos programado; pero el Señor tiene sus caminos, que no son los nuestros. Él se encarga de realizar nuestros sueños y nuestros planes, pero a su manera. Lo importante es que encuentre en nosotros la disposición necesaria para dejarnos guiar y conducir por Él a través de las vicisitudes de nuestra vida.
Que el Señor nos conceda ser dóciles a su voluntad; que nos de fe y perseverancia, de modo que aun cuando no nos toque ser un gran palacio, aceptemos sostener el portal del pesebre que en Belén abre sus puertas al que nos trajo una gran alegría para todo el pueblo.
Aunque no seamos el gran mástil de una hermosa embarcación, aceptemos ser la humilde barca de Pedro, que sirvió de púlpito para que a los pobres se les anunciara la Buena Nueva. Y aunque no seamos un gran monumento, aceptemos ser la cruz que sirvió de altar para que Dios nos mostrara el amor de Dios que llega hasta el extremo... la pregunta clave es: ¿Aceptamos lo que Dios ha pensado con amor para cada uno de nosotros o nos desesperamos por lograr nuestros propios planes?
Por: Fernando Carrillo Mamani
Homilía: Detrás de Jesús
Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».
Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».
Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como "Hijo del Dios vivo". Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.
Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.
La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.
No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.
28 de agosto de 2011
22 Tiempo ordinario (A)
Mateo 16, 21-27
*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral, pero, sobre todo, reconoce tener ahora “la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.
Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalente en su blog: Buenas Noticias
Homilía: Nuestro único Señor
Jesús, tú eres el Hijo de Dios vivo. Creemos que vienes de Dios. Tú nos puedes acercar como nadie a su Misterio. De ti podemos aprender a confiar siempre en él, a pesar de los interrogantes, dudas e incertidumbres que nacen en nuestro corazón. ¿Quién reavivará nuestra fe en un Dios Amigo si no eres tú? En medio de la noche que cae sobre tus seguidores, muéstranos al Padre.
Jesús, tú eres el Mesías, el gran regalo del Padre al mundo entero. Tú eres lo mejor que tenemos tus seguidores, lo más valioso y atractivo. ¿Por qué se apaga la alegría en tu Iglesia? ¿Por qué no acogemos, disfrutamos y celebramos tu presencia buena en medio de nosotros? Jesús, sálvanos de la tristeza y contágianos tu alegría.
Jesús, tú eres nuestro Salvador. Tú tienes fuerza para sanar nuestra vida y encaminar la historia humana hacia su salvación definitiva. Señor, la Iglesia que tú amas está enferma. Es débil y ha envejecido. Nos faltan fuerzas para caminar hacia el futuro anunciando con vigor tu Buena Noticia. Jesús, si tú quieres, puedes curarnos.
Jesús, tú eres la Palabra de Dios hecha carne. El gran Indignado que ha acampado entre nosotros para denunciar nuestro pecado y poner en marcha la renovación radical que necesitamos. Sacude la conciencia de tus seguidores. Despiértanos de una religión que nos tranquiliza y adormece. Recuérdanos nuestra vocación primera y envíanos de nuevo a anunciar tu reino y curar la vida.
Jesús, tú eres nuestro único Señor. No queremos sustituirte con nadie. La Iglesia es sólo tuya. No queremos otros señores. ¿Por qué no ocupas siempre el centro de nuestras comunidades? ¿Por qué te suplantamos con nuestro protagonismo? ¿Por qué ocultamos tu evangelio? ¿Por qué seguimos tan sordos a tus palabras si son espíritu y vida? Jesús, ¿a quién vamos a ir? Tú sólo tienes palabras de vida eterna.
Jesús, tú eres nuestro Amigo. Así nos llamas tú, aunque casi lo hemos olvidado. Tú has querido que tu Iglesia sea una comunidad de amigos y amigas. Nos has regalado tu amistad. Nos has dejado tu paz. Nos la has dado para siempre. Tú estás con nosotros hasta el final. ¿Por qué tanta discordia, recelo y enfrentamientos entre tus seguidores? Jesús, danos hoy tu paz. Nosotros no la sabemos encontrar.
21 de agosto de 2011
21 Tiempo ordinario (A)
Mateo 16, 13-20
*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral, pero, sobre todo, reconoce tener ahora “la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.
Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalente en su blog: Buenas Noticias
Imagen tomada de El hermano Cortés
Homilía: Jesús es para todos
La tensión se hace más insoportable cuando Jesús rompe su silencio para negarse rotundamente a escuchar a la mujer. Su negativa es firme y brota de su deseo de ser fiel a la misión recibida de su Padre: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
La mujer no se desalienta. Apresura el paso, alcanza al grupo, se postra ante Jesús y, desde el suelo, repite su petición: «Señor, socórreme». En su grito está resonando el dolor de tantos hombres y mujeres que no pertenecen al grupo de aquel Sanador, y sufren una vida indigna. ¿Han de quedar excluidos de su compasión?
Jesús se reafirma en su negativa: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». La mujer no se rinde ante la frialdad escalofriante de Jesús. No le discute, acepta su dura imagen, pero extrae una consecuencia que Jesús no ha tenido en cuenta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». En la mesa de Dios hay pan para todos.
Jesús reacciona sorprendido. Escuchando hasta el fondo el deseo de esta pagana, ha comprendido que lo que pide es exactamente lo que quiere Dios: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». El amor de Dios a los que sufren no conoce fronteras, ni sabe de creyentes o paganos. Atender a esta mujer no le aleja de la voluntad del Padre sino que le descubre su verdadero alcance.
Los cristianos hemos de aprender hoy a convivir con agnósticos, indiferentes o paganos. No son adversarios a apartar de nuestro camino. Si escuchamos su sufrimiento, descubriremos que son seres frágiles y vulnerables que buscan, como nosotros, un poco de luz y de aliento para vivir.
Jesús no es propiedad de los cristianos. Su luz y su fuerza sanadora son para todos. Es un error encerrarnos en nuestros grupos y comunidades, apartando, excluyendo o condenando a quienes no son de los nuestros. Sólo cumplimos la voluntad del Padre cuando vivimos abiertos a todo ser humano que sufre y gime pidiendo compasión.
14 de agosto de 2011
20 Tiempo ordinario (A)
Mateo 15, 21-28
*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral, pero, sobre todo, reconoce tener ahora “la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.
Artículo tomado con autorización del blog de José A. Pagola, Buenas Noticias: http://blogs.periodistadigital.com/buenas-noticias.php
Imagen tomada de Revista Utopía
Homilía: Miedo a Jesús
Cuando se les acerca caminando sobre las aguas, los discípulos no lo reconocen y, aterrados, comienzan a gritar llenos de miedo. El evangelista tiene buen cuidado en señalar que su miedo no está provocado por la tempestad, sino por su incapacidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de aquella noche horrible.
La Iglesia puede atravesar situaciones muy críticas y oscuras a lo largo de la historia, pero su verdadero drama comienza cuando su corazón es incapaz de reconocer la presencia salvadora de Jesús en medio de la crisis, y de escuchar su grito: «iAnimo, soy yo, no tengáis miedo!».
La reacción de Pedro es admirable: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». La crisis es el momento privilegiado para hacer la experiencia de la fuerza salvadora de Jesús. El tiempo privilegiado para sustentar la fe no sobre tradiciones humanas, apoyos sociales o devociones piadosas, sino sobre la adhesión vital a Jesús, el Hijo de Dios.
El narrador resume la respuesta de Jesús en una sola palabra: «Ven». No se habla aquí de la llamada a ser discípulos de Jesús. Es una llamada diferente y original, que hemos de escuchar todos en tiempos de tempestad: el sucesor de Pedro y los que estamos en la barca, zarandeados por las olas. La llamada a «caminar hacia Jesús», sin asustarnos por «el viento contrario», sino dejándonos guiar por su Espíritu favorable.
El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.
No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.
7 de agosto de 2011
19 Tiempo ordinario (A)
Mateo 14, 22-33
*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral, pero, sobre todo, reconoce tener ahora “la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.
Fotografía tomada de: A dos tintas
Homilía: Necesidades de la gente
El momento es difícil. Se encuentran en un lugar despoblado donde no hay comida ni alojamiento. Es muy tarde y la noche está cerca. El diálogo entre los discípulos y Jesús nos va revelar la actitud del Profeta de la compasión: sus seguidores no han de desentenderse de los problemas materiales de la gente.
Los discípulos le hacen una sugerencia llena de realismo: «Despide a la multitud», que se vayan a las aldeas y se compren de comer. Jesús reacciona de manera inesperada. No quiere que se vayan en esas condiciones, sino que se queden junto a él. Esa pobre gente es la que más le necesita. Entonces les ordena lo imposible: «Dadles vosotros de comer».
De nuevo los discípulos le hacen una llamada al realismo: «No tenemos más que cinco panes y dos peces». No es posible alimentar con tan poco el hambre de tantos. Pero Jesús no los puede abandonar. Sus discípulos han de aprender a ser más sensibles a los sufrimientos de la gente. Por eso, les pide que le traigan lo poco que tienen.
Al final, es Jesús quien los alimenta a todos y son sus discípulos los que dan de comer a la gente. En manos de Jesús lo poco se convierte en mucho. Aquella aportación tan pequeña e insuficiente adquiere con Jesús una fecundidad sorprendente.
No hemos de olvidar los cristianos que la compasión de Jesús ha de estar siempre en el centro de su Iglesia como principio inspirador de todo lo que hacemos. Nos alejamos de Jesús siempre que reducimos la fe a un falso espiritualismo que nos lleva a desentendernos de los problemas materiales de las personas.
En nuestras comunidades cristianas son hoy más necesarios los gestos de solidaridad que las palabras hermosas. Hemos de descubrir también nosotros que con poco se puede hacer mucho. Jesús puede multiplicar nuestros pequeños gestos solidarios y darles una eficacia grande. Lo importante es no desentendernos de nadie que necesite acogida y ayuda.
*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral, pero, sobre todo, reconoce tener ahora “la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.
31 de julio de 2011
18 Tiempo ordinario (A)
Mateo 14,13-21
Imagen tomada de aporrea.org
reflexión dominical: Partir y compartir, mensaje eucarístico de salvación
La palabra de este domingo nos presenta el amor de Dios, con tres lecturas que lo definen como un amor gratuito y universal (Is 55,1-3), potente e inquebrantable (Rom 8,35-39) misericordioso y eficiente, que se revela especialmente en el reparto eucarístico del pan (Mt 14,13-21), realizado por Jesús con sus discípulos en un momento de gran necesidad de quienes los seguían. Este gran milagro del pan repartido nace del amor entrañable de Cristo, que no se queda meramente en un buen sentimiento, ni en un bello discurso, sino que implicando a los discípulos, despliega ese amor en una serie de obras de misericordia que van desde la curación de los enfermos hasta la satisfacción del hambre de la gente.
En los cuatro evangelios tenemos seis versiones acerca de este milagro del reparto de pan entre las multitudes, una comida extraordinaria realizada por Jesús que debió ser memorable en la primitiva Iglesia (Mc 6,30-44; Mt 14,13-21; Mc 8,1-10; Mt 15,32-39; Lc 9,11-17; Jn 6,1-15). También allí Jesús realiza los gestos eucarísticos con el pan (tomar, bendecir, partir, dar) de modo que aquella comida se convirtió en una de las tradiciones principales acerca de la fracción del pan. La multiplicidad y diversidad de testimonios refleja la importancia de la misma en las iglesias del Nuevo Testamento. Con ello la comunidad expresa el dinamismo misionero que la presencia del Señor Jesús imprime en sus discípulos al implicarlos directamente en el partir el pan y repartirlo entre las multitudes hambrientas. El pan partido y compartido es un milagro al alcance de la humanidad y se convierte en un signo que nos da la vida, que refuerza la fraternidad y la solidaridad entre los cristianos y nos interpela sobre el hambre y la miseria que viven grandes masas de la humanidad, particularmente en la olvidada África y en países desolados como Somalia.
El relato del milagro del reparto organizado y solidario del pan como don y signo del Reino de Dios revela que Jesús es el Mesías a través de una narración, que también hoy constituye una auténtica parábola para el mundo pues su mensaje de salvación es una alternativa al sistema social de este mundo globalizado afectado por una crisis fatal. Lo admirable del milagro no es la “multiplicación” de panes, sino el “reparto” del pan partido entre los necesitados. El milagro no consiste en multiplicar sino en dividir. Lo que es digno de admiración y rompe la lógica matemática es el pan compartido y repartido. Y este pan compartido sacia a todos. Éste es el gran milagro que
En descampado y hambrienta está también hoy la mayor parte de la humanidad, carente de las necesidades más vitales, muchos de ellos, sin pan y sin casa. En el texto de Mateo de este domingo los discípulos piden a Jesús que despida a las multitudes. ¡Cuánta gente en el mundo hoy es despedida! ¿A cuántos se les dice “que se vayan”? Pensemos en los inmigrantes, con papeles o sin ellos, de los países receptores de inmigración. O en los niños de la calle, tantas veces rechazados hasta por sus propios vecinos. O en cualquier tipo y manifestación de racismo o xenofobia. ¿Cuántas veces hemos leído “fuera con ellos” en los graffiti de los muros de las ciudades. Jesús da una respuesta contundente a los discípulos: “No tienen necesidad de irse”. ¿Cómo resuena esta frase entre nosotros? Con Jesús podemos decir que nadie tiene ni necesidad ni obligación de irse en ninguna parte del mundo, pues todos tienen derecho al pan y al trabajo, a la dignidad y a la libertad, a la convivencia en paz y con respeto, al bienestar y la satisfacción de los mínimos de supervivencia en nuestro planeta. El pan compartido es capaz de saciar a todos. La Eucaristía es símbolo y realidad de la salvación.
Jesús involucra a sus discípulos en una acción capaz de realizar el verdadero milagro: «Dadles vosotros de comer». Probablemente ellos pensarían que el milagro consiste en multiplicar los alimentos, y creerían que el problema es comprar. En cambio Jesús no compra ni multiplica, sino que parte y reparte, es más él mismo se parte y se entrega hasta el fin. Jesús les muestra que, más que despedir o comprar, el camino a seguir es organizarse y planificar el servicio, es saber convivir unos con otros en la tierra en la que estemos viviendo, y entonces partir y compartir el don del pan y los dones de esa tierra.
Jesús da una lección excepcional para que nosotros aprendamos a hacer el milagro y resolvamos esa cuestión que la humanidad tiene pendiente: el hambre. Bendecir el pan significa comprender que los bienes que da la tierra, en especial los que son necesarios para vivir con dignidad, no nos pertenecen, sino que son don de Dios para toda la humanidad, y si obramos en consecuencia y compartimos lo que tenemos, si organizamos nuestras relaciones económicas de acuerdo con esta convicción, si superamos así la injusticia que estructura nuestro planeta, habrá pan para todos y sobrará. Por eso el reparto de los panes adquiere su pleno significado en el reparto del pan eucarístico.
La insuficiencia de los dos sistemas económicos vigentes es evidente. Tal vez el “movimiento de los resignados” lo está sacando a la calle. El sistema capitalista es injusto en su esencia y el socialista lo es porque atenta contra la libertad de la persona. El mundo de la macroeconomía se muestra cada vez más incapaz de resolver el problema de la pobreza de las dos terceras partes de la humanidad porque está basado en la idolatría del dinero, un dios que premia a los que le ofrecen como sacrificio la vida de los pobres. La celebración de
Jose Cervantes Gabarron, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura
REFLEXIÓN DOMINICA: EL TRIGO Y LA CIZAÑA
Uno de los discursos fundamentales de Jesús sobre el Reino de Dios en los tres evangelios sinópticos es el de las parábolas, que en la versión de San Mateo estamos escuchando en la Iglesia durante estos domingos (Mt 13). Este discurso de parábolas presenta en el evangelio de Mateo algunas variantes respecto a los otros evangelios. Así por ejemplo, el primer evangelista añade a las parábolas del sembrador y la del grano de mostaza, presentes también en Marcos y Lucas, la de la levadura que fermenta en la masa, tomada de la fuente Q (presente en Lucas), la del tesoro escondido en el campo, la del mercader de perlas preciosas y la de la red de peces buenos y malos.
Según las parábolas el dinamismo imparable del Reino de Dios en esta tierra es un misterio paradójico. Cuando Jesús habla del Reino no dice nunca en qué consiste sino a qué se parece. Se trata de algo muy pequeño, sencillo, apenas perceptible..., pero es una realidad preñada de vida, con potencia para crecer, cuyos frutos se perciben en el momento oportuno, pero no de manera inmediata. El Reino de Dios es un misterio de vida y de crecimiento, como una semilla que crece, sin que nadie sepa exactamente cómo, hasta hacerse como una espiga o como un árbol frondoso en cuyas ramas anidan los pájaros. El contraste entre el comienzo débil y el magnífico resultado final es lo que subrayan la parábola sinóptica del grano de mostaza y la marcana de la espiga. La acción del Espíritu en el ser humano es también así. Es real, pero imperceptible, potente, pero sin triunfalismos, con futuro, pero no siempre inmediato. Nuestra vida es frágil, corta, diminuta, pero está llena de una vida densa con proyección de futuro y con destino fructífero. La vida del Espíritu a través de la Palabra en nosotros es la semilla del Reino. La vida histórica de una persona forma parte de ese comienzo del Reino en nosotros, pero no es todavía su final, pues éste trasciende la vida terrena y llega hasta la vida eterna. La parábola suscita así la confianza plena en Dios, la esperanza en la transformación del corazón humano y en el cambio del mundo y la apertura del Reino a todas las gentes, representadas en los pájaros que vienen a anidar.
Con todo, la principal aportación mateana al discurso consiste en la transformación de la parábola de la semilla que crece por sí sola, propia de San Marcos, en la del trigo y la cizaña (Mt 13, 24-30), incorporando además las claves de su interpretación (Mt 13,36-43) . Con gran realismo en el primer evangelio se constata la presencia maligna de la cizaña entre las espigas de trigo para mostrar la huella perniciosa del mal en la historia humana. Dos elementos singulares destacan en la parábola. Uno es que un enemigo, el maligno, sembró la cizaña mientras las gentes dormían. Otro es que las cizañas serán arrancadas a su debido tiempo, pero no ahora, y serán arrojadas al fuego. Las cizañas son todos los corruptores de la historia humana y los que practican la injusticia. La perspectiva del final de la vida, cuando llegue el tiempo de la cosecha, lejos de permitir la legitimación de cualquier tipo de mal provocado por los seres humanos, lejos de suscitar la tolerancia de la injusticia y de la corrupción, abre el horizonte humano a la trascendencia y a la figura del Hijo del hombre como referente definitivo de un juicio ineludible, en el que la palabra de Dios se cumplirá.
Entretanto, mientras se espera la cosecha, en el trabajo específico de la Misión Permanente, tal como dicen los obispos de Bolivia en la carta pastoral, Los católicos en la Bolivia de hoy, n. 20: “es misión de los creyentes descubrir y afrontar la existencia del mal, detectar el crecimiento de la cizaña y advertir y denunciar los daños que pueda ocasionar. Pero con la conciencia de no ser más que criaturas y confiando en que la última palabra es de Dios y no del ser humano. La cizaña que impide y ahoga el crecimiento del Reino de Dios se presenta en todo tipo de corruptelas políticas, sociales y eclesiales, tanto en el cinismo de los oportunistas como en las mil caras de los insidiosos, en la doble vida de los inmorales y en las mentiras de los embaucadores”. La palabra del Evangelio es el fundamento de nuestra esperanza y nos permite tomar conciencia de que la última palabra en la historia es de Dios y no del ser humano. Esa palabra afirma que “recogerán de su Reino a todos los corruptores y a los que cometen la iniquidad y los echarán a la hoguera de fuego (…) y entonces los justos brillarán como el sol”. Aun éstas sean expresiones de un género literario apocalíptico (cf. Sal141,9 y Dn 3,6), que como tal hay que comprender, no dejan ser el pronunciamiento de una sentencia radical y última de la justicia de Dios, manifestada por el Hijo del Hombre, acerca de la verdad y del discernimiento permanente entre el bien y el mal que, según los parámetros del Reino, tiene que caracterizar la vida del discipulado.
Abramos nuestro espíritu, por tanto, al Espíritu de Dios que viene en ayuda de nuestra debilidad (Rom 8,26-27) para que el dinamismo del Reinado de Dios y la fuerza de su amor se adueñe de nuestros corazones y posibilite el cambio de nuestras vidas y el crecimiento efectivo de su Reino y su justicia. Así se desarrollarán en nosotros los grandes valores del cristianismo, como son el perdón, la transparencia interior, la responsabilidad, la justicia divina y la entrega solidaria y comprometida a la causa de los últimos. De este modo la Iglesia puede ser verdadera “presencia de esperanza y compromiso” y fermento en medio de la masa de la sociedad, espacio abierto para la misión evangelizadora, mediante la cual la Palabra de Dios ha de iluminar y transformar los criterios y los valores culturales, los hábitos y costumbres sociales así como las leyes y normas políticas y económicas.
José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

