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Tipnis, aborto, eutanasia, la familia y la economía preocupan a la Iglesia que llama a apostar por una sociedad justa, armónica y en paz

Escrito por  Ago 08, 2017

En Acción de gracias por Bolivia y como un mensaje de unidad al país, Monseñor Sergio Gualberti presidió este domingo 6 de agosto el TE DEUM ecuménico junto a la Iglesia Copta Ortodoxa, Iglesia Anglicana y la Iglesia Metodista. En la ocasión, el Arzobispo cruceño dirigió un mensaje al país centrado en la opción fundamental de “elegir la vida y el bien, o la muerte y el mal”.

La autoridad religiosa habló de los temas que más le preocupan en el transcurrir de este año en nuestro país: un modelo que antepone el interés económico sobre la persona humana persistiendo así la pobreza; el intento de despenalizar el aborto y la eutanasia, los ataques que buscan debilitar a la familia socavando a la sociedad y a las instituciones democráticas en su raíz fundamental; Y el tema del TIPNIS lamentando que en la cámara de diputados se haya levantado la “Intangibilidad” de este territorio.

Al respecto de este último tema puso bastante énfasis al asegurar que se trata de una “Ley impuesta con prepotencia y sin diálogo, olvidando los hechos de sangre y los sufrimientos de los hermanos indígenas, sus derechos y su firme rechazo a la misma. El argumento de que se quiere impulsar el desarrollo en el Parque, parecería más un pretexto que una respuesta a necesidades. El desarrollo verdadero no puede darse a costa de conflictos sociales y del daño a la hermana “madre tierra”, porque su costo es muchísimo más alto que el beneficio económico que se pueda obtener”.

Para Monseñor Sergio “Las heridas infligidas al medio ambiente son heridas a toda la sociedad, por eso es urgente un verdadero planteamiento ecológico, social y ético forjado con el más amplio consenso. En este sentido, queda la esperanza que los senadores actúen en consciencia y sin presiones, escuchando el clamor de la tierra y de los verdaderos indígenas del TIPNIS, promoviendo una consulta amplia y participativa de la ciudadanía” manifestó.

Durante su homilía, hizo una mirada global al mundo de hoy “que vive una época de cambios rápidos, profundos y en todos los niveles y ámbitos: sociocultural, económico, político, religioso y eclesial” aseguró que “Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias, en una sociedad marcada por el relativismo, el individualismo posesivo y el hedonismo y por la difusión de una cultura lejana y hostil a las raíces humanistas y cristianas”.

A nivel económico –aseguró Monseñor- se va pasando de una sociedad con mercado a una sociedad de mercado. La economía y el provecho, concebidos como algo externo al ser humano, están por encima de la persona, de la naturaleza y de la política, y son explotados irracionalmente, ignorando los límites materiales y humanos de la tierra.

Añadió que este modelo “A nivel económico y social ha causado graves injusticias, condenando a la mayoría de la población mundial al descarte y a vivir en la pobreza, explotando irracionalmente los recursos naturales con grave deterioro del medio ambiente y generando nuevas turbulencias sociales y políticas”.

Entre otros temas que preocupan en el transcurrir de este año en nuestro país, habló por ejemplo de:

“La aprobación de la ley de género que ha abierto la puerta del matrimonio a personas del mismo sexo con la intención de poder adoptar niños”.

“La propuesta de ley de ampliar las causales del aborto, en cualquier etapa del embarazo, que de hecho es una liberalización total de esa práctica de muerte. La propuesta de eutanasia bajo el artificio de la muerte digna, ninguna muerte provocada puede ser digna”.

“Todas esas iniciativas desconocen que la tarea del Estado no es la de establecer la vida o la muerte, sino de defender siempre a la vida, por tanto evitar el aborto y la eutanasia. Su deber está en no dejar solos a los ciudadanos especialmente en las circunstancias más dramáticas, como las mujeres embarazadas abandonadas o víctima de violación, los ancianos desamparados y los enfermos terminales para acompañarlos y sustentarlos con todos los medios.

Al desconocer el derecho primario a la vida desde el primer momento de la concepción hasta su término natural, se desconoce también la dignidad de las personas y los derechos humanos y se abre la brecha a otras formas de muerte muy difícil de cerrar, como los feminicidios, los linchamientos, el narcotráfico y la violencia que domina en nuestras ciudades” señaló el Prelado cruceño puntualizando que:

Estas propuestas además representan una amenaza por la misma identidad de la familia y en su estructura portante: el matrimonio, entendido como relación única de amor entre una mujer y un varón que dan inicio a la familia, una sociedad basada en la complementariedad sexual y que hace posible la realización de los dos fines equivalentes del matrimonio: el amor mutuo entre esposos y la procreación de los hijos. Ninguna otra relación humana, sin importar cuánto amor o cariño haya ni cuán generadora pretenda ser, puede adjudicarse este propósito ni cumplirlo” expresó a tiempo de agregar “Debilitar a la familia es socavar a la sociedad y a las instituciones democráticas en su raíz fundamental”.

Es hora que todas las instituciones sociales, educativas y directivas instauremos políticas responsables y reencaucemos el rumbo de la sociedad con una mirada empática y sobre los valores humanos y cristianos, del respeto de la vida de toda persona, de la no violencia, de la concordia y de la paz. Hay que dar pasos firmes hacia una ética de la compasión para construir una sociedad humana y justa.

Finalmente, Monseñor Sergio señaló que “Este escenario preocupante nos pone nuevamente ante la opción fundamental: « Hoy tienes ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Tú debes elegir ». Elegir entre “ser humanos o ser inhumanos”, entre una sociedad justa, armónica y en paz o una sociedad disgregada, dividida y enemistada, y entre un ambiente natural en armonía con el ambiente humano o la degradación mortífera.

En ese sentido y desde el púlpito realizó un llamado a que:

Apostemos:  Por una sociedad que avance hacia la reconciliación y la paz, sobre la base de los valores éticos y morales, y de los principios humanos y cristianos de la libertad, justicia, solidaridad y verdad.

Por una sociedad que ama y defiende a la vida y a la familia, dones de Dios para nuestro bien y nuestra felicidad.

Por una propuesta que ahonde en la democracia y en la participación ciudadana en la vida del país, no solo al momento de depositar un voto, sino en las decisiones políticas para buscar al bien común de todos, en especial de los pobres y marginados.

Por una respuesta firme y verdadera a la crisis ecológica y de civilización en la que nos encontramos, descartando la concepción utilitaria e instrumental de la “madre tierra”.

Por una transformación social donde la economía esté al servicio de la persona y no por encima.

MENSAJE COMPLETO DE MONSEÑOR SERGIO GUALBERTI, ARZOBIPO DE SANTA CRUZ.

TE DEUM ECUMENICO DE ACCIÓN DE GRACIAS POR BOLIVIA

BASÍLICA MENOR DE SAN LORENZO MÁRTIR

«Hoy tienes ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Tú debes elegir» (Deut. 30,15-19). En este día de las fiestas patrias he querido escoger, como centro de mi reflexión, esta frase de la primera lectura, opción que Dios pone ante el pueblo de Israel por boca de Moisés poco antes de su muerte, porque considero que esta alternativa sigue siendo muy actual y válida hoy para la vida de nuestro país.

Seguramente este versículo de la Biblia es de los que mejor expresan nuestra responsabilidad cuando entramos en relación con Dios: nuestra vida y la de la sociedad está en nuestras manos, podemos realizarla o acabar con ella. Moisés no está hablando solo a individuos aislados sino a toda una comunidad, al pueblo libre ya de la esclavitud que está en camino hacia la tierra prometida y le propone optar por un nuevo modelo de sociedadbasado en la hermandad e igualdad, bien distinto del modelo piramidal egipcio.

El breve texto indica también que optar por la vida y el bien, trae consigo la «bendición» de Dios. La bendición es siempre un don del Señor, un valor inmaterial que no se puede convertir en valor de cambio. Si la vida y el bien son un regalo no podemos apropiarnos y manipularlos a nuestro gusto y antojo, porque se convertirían en «maldición», en muerte. Considerar a la vida como bendición es asumir que no es propiedad nuestra y que más que vivir somos vividos. Como escribe Juan Masiá: «Agradecer que la Vida nos vive, nos vivifica

Esta disyuntiva se pone con mucha evidencia en el mundo de hoy, que vive una época de cambios rápidos, profundos y en todos los niveles y ámbitos: sociocultural, económico, político, religioso y eclesial. La novedad de estos cambios es que tienen un alcance global, que se lo caracteriza como el fenómeno de la globalización, haciendo del mundo una gran aldea.

Aun reconociendo los logros importantes de la humanidad especialmente en el ámbito técnico y científico, el crecimiento no ha significado un verdadero progreso integral en todos sus aspectos, ni siquiera en los países más industriales, supuestamente ricos.

Se abre paso un nuevo período de la historia con desafíos y exigencias, en una sociedad marcada por el relativismo, el individualismo posesivo y el hedonismo y por la difusión de una cultura lejana y hostil a las raíces humanistas y cristianas.

A nivel económico se va pasando de una sociedad con mercado a una sociedad de mercado. La economía y el provecho, concebidos como algo externo al ser humano, están por encima de la persona, de la naturaleza y de la política, y son explotados irracionalmente, ignorando los límites materiales y humanos de la tierra.

Este modelo, donde Dios no tiene cabida, condiciona directamente a la convivencia humana y la calidad de vida, provocando el aislamiento de las personas, la banalización del sufrimiento ajeno, el debilitamiento y fragmentación de los vínculos familiares y sociales y un desconcierto generalizado. A nivel económico y social ha causado graves injusticias, condenando a la mayoría de la población mundial al descarte y a vivir en la pobreza,explotando irracionalmente los recursos naturales con grave deterioro del medio ambiente y generando nuevas turbulencias sociales y políticas.

En nuestro país el influjo de este proceso, está provocando, entre otros, el persistir de la pobreza, el debilitamiento de los valores de las culturas nativas y de la tradición cristiana, la pérdida del espíritu comunitario y de la solidaridad, una indiferencia individualista y desinterés por el bien común y la cosa pública y la crisis de sentido particularmente en los jóvenesY justamente porque este modelo afecta a la ética personal y social, a la vida humana y a la madre tierra los pastores estamos llamados a expresar una palabra orientadora a partir del Evangelio. Me limito a algunos ejemplos:

La aprobación de la ley de género que ha abierto la puerta del matrimonio a personas del mismo sexo con la intención de poder adoptar niños.

La propuesta de ley de ampliar las causales del aborto, en cualquier etapa del embarazo, que de hecho es una liberalización total de esa práctica de muerte. La propuesta de eutanasia bajo el artificio de la muerte digna, ninguna muerte provocada puede ser digna.

Todas esas iniciativas desconocen que la tarea del Estado no es la de establecer la vida o la muerte, sino de defender siempre a la vida, por tanto evitar el aborto y la eutanasia. Su deber está en no dejar solos a los ciudadanos especialmente en las circunstancias más dramáticas, como las mujeres embarazadas abandonadas o víctima de violación, los ancianos desamparados y los enfermos terminales para acompañarlos y sustentarlos con todos los medios.

Al desconocer el derecho primario a la vida desde el primer momento de la concepción hasta su término natural, se desconoce también la dignidad de las personas y los derechos humanos y se abre la brecha a otras formas de muerte muy difícil de cerrar, como los feminicidios, los linchamientos, el narcotráfico y la violencia que domina en nuestras ciudades.

Estas propuestas además representan una amenaza por la misma identidad de la familia y en su estructura portante: el matrimonio, entendido como relación única de amor entre una mujer y un varón que dan inicio a la familia, una sociedad basada en la complementariedad sexual y que hace posible la realización de los dos fines equivalentes del matrimonio: el amor mutuo entre esposos y la procreación de los hijos. Ninguna otra relación humana, sin importar cuánto amor o cariño haya ni cuán generadora pretenda ser, puede adjudicarse este propósito ni cumplirlo.

Construir la familia sobre los cimientos del matrimonio, es construir la casa sobre la roca, como nos ha dicho el evangelio proclamado hace un instante. Familia que a su vez se vuelve roca, célula básica de la sociedad, primera escuela de humanización que da una formación integral a los hijos, a partir del respeto mutuo, el cariño, la confianza, la comprensión, el diálogo y el perdón. La familia educa a al servicio y a “vivir bajo una ley común, une a sus miembros, favorece la convivencia y la solidaridad, impide el individualismo egoísta y permite tener experiencias determinantes de paz. Debilitar a la familia es socavar a la sociedad y a las instituciones democráticas en su raíz fundamental.

Es hora que todas las instituciones sociales, educativas y directivas instauremos políticas responsables y reencaucemos el rumbo de la sociedad con una mirada empática y sobre los valores humanos y cristianos, del respeto de la vida de toda persona, de la no violencia, de la concordia y de la paz. Hay que dar pasos firmes hacia una ética de la compasión para construir una sociedad humana y justa.

Esto interpela también nuestros estilos de vida y nuestros compromisos hacia una vida más sobria y una atención a la naturaleza que nos rodea. El modelo actual economicista, ha llegado al extremo de someter a intereses económicos todo el creado y no repara ante la contaminación ambiental, de la madre tierra, aire y agua. La sobreexplotación extractiva, la industria, el transporte, la tala indiscriminada de bosques y el uso desmesurado de pesticidas y fertilizantes, son causas directas del el cambio climático, el deterioro del hábitat humano y además provocan conflictos sociales, como mencionábamos hace cinco años los Obispos en la carta pastoral: “El universo don de Dios para la vida”. “Entre las múltiples y graves consecuencias de los daños medioambientales hay que mencionar, sobre todo, los conflictos sociales que éstos generan provocando sufrimiento y muerte de personas, como el más recientemente planteado en Bolivia por la proyectada carretera por el TIPNIS… Hoy, reconocemos con más claridad que la protección de la casa común es principalmente un problema ético y moral”. Lamentablemente, esa denuncia sigue muy actual con la parcial aprobación hace dos días de la ley que levanta la intangibilidad del TIPNIS. Ley impuesta con prepotencia y sin diálogo, olvidando los hechos de sangre y los sufrimientos de los hermanos indígenas, sus derechos y su firme rechazo a la misma. El argumento de que se quiere impulsar el desarrollo en el Parque, parecería más un pretexto que una respuesta a necesidades. El desarrollo verdadero no puede darse a costa de conflictos sociales y del daño a la hermana “madre tierra”, porque su costo es muchísimo más alto que el beneficio económico que se pueda obtener.

Las heridas infligidas al medio ambiente son heridas a toda la sociedad, por eso es urgente un verdadero planteamiento ecológico, social y ético forjado con el más amplio consenso. En este sentido, queda la esperanza que los senadores actúen en consciencia y sin presiones, escuchando el clamor de la tierra y de los verdaderos indígenas del TIPNIS, promoviendo una consulta amplia y participativa de la ciudadanía.

Este escenario preocupante nos pone nuevamente ante la opción fundamental: « Hoy tienes ante ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Tú debes elegir ». Elegir entre “ser humanos o ser inhumanos”, entre una sociedad justa, armónica y en paz o una sociedad disgregada, dividida y enemistada, y entre un ambiente natural en armonía con el ambiente humano o la degradación mortífera.

Apostemos:  Por una sociedad que avance hacia la reconciliación y la paz, sobre la base de los valores éticos y morales, y de los principios humanos y cristianos de la libertad, justicia, solidaridad y verdad.

Por una sociedad que ama y defiende a la vida y a la familia, dones de Dios para nuestro bien y nuestra felicidad.

Por una propuesta que ahonde en la democracia y en la participación ciudadana en la vida del país, no solo al momento de depositar un voto, sino en las decisiones políticas para buscar al bien común de todos, en especial de los pobres y marginados.

Por una respuesta firme y verdadera a la crisis ecológica y de civilización en la que nos encontramos, descartando la concepción utilitaria e instrumental de la “madre tierra”.

Por una transformación social donde la economía esté al servicio de la persona y no por encima.

Es un programa arduo, pero no imposible. El Papa Francisco en la exhortación Apostólica “Laudato si” nos anima con palabras alentadoras: «No todo está perdido, porque los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan” (205).

Y citando a la Carta de la Tierra (La Haya, 29-6-2000) el Papa se atreve proponer nuevamente el precioso desafío: «Que el nuestro sea un tiempo que se recuerde por el despertar de una nueva reverencia ante la vida; por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz y por la alegre celebración de la vida»  (207).

Termino con las últimas palabras de la Encíclica que nos llenan de esperanza«En el corazón de este mundo sigue presente el Señor de la vida que nos ama tanto. Él no nos abandona, no nos deja solos, porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos. Alabado sea». (245).

Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

Información adicional

  • Fuente: Campanas - Iglesia Santa Cruz

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