Domingo, 19 Noviembre 2017

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Tal como los cristianos recitamos en el Credo, Jesucristo “Fue crucificado, muerto y sepultado. Descendió a los infiernos. Al tercer día resucitó de entre los muertos y subió a los cielos…”. Posiblemente muchos creyentes que repiten está oración no saben explicar que significa la frase “Descendió a los infiernos”. A nuestro juicio, sin embargo, esta frase tiene gran importancia para comprender la totalidad del plan divino de salvación, profetizado en la Biblia y realizado en Cristo Jesús.

Que Jesús murió en la cruz es un hecho atestiguado por quienes presenciaron su agonía. El apóstol Juan relata la presencia al pie de la cruz de la Virgen María, de María Magdalena y de otras mujeres seguidoras de Jesús (Jn 19, 25). El evangelio de Mateo menciona que al morir Jesús tembló la tierra y las rocas se hendieron, algunos sepulcros se abrieron y muchos cuerpos de santos y difuntos resucitaron y se aparecieron a muchas personas (Mt 27, 51-53).

Según la creencia hebrea los terremotos, frecuentes en Israel, muchas veces eran producidos por la apertura violenta del “sheol” o “hades” (en hebreo y en griego), lugar ubicado en las entrañas de la tierra, que en el Credo recibe el nombre de “infiernos” o sea lugares inferiores donde bajaban las sombras de los difuntos y allí esperaban el juicio final de sus obras según la Ley de Moisés, codificada en el Decálogo y en la Biblia.

Para entender el significado del “sheol” en tiempos de Jesús, hay que remontarse hacia etapas anteriores de la historia de la salvación o sea el Antiguo Testamento. El ángel Satán o sea el Tentador estaba encargado de comprobar la fe de los hombres a los que tentaba, exponiéndolos muchas veces en situaciones extremas como se muestra en el caso de Job (Job, capítulos 1 y 2) y también en el del mismo Jesús.

Como consecuencia de estas tentaciones muchas personas caían en el pecado y, al morir, no podían ser admitidas en el Reino de los Cielos. Mientras sus cuerpos se corrompían en el sepulcro, su sombra era llevada al “sheol”. Allí permanecían indefinidamente encerrados con llave bajo el poder de Satán, quien ejercía el cargo de fiscal y castigaba manteniendo en el sheol a quienes no habían cumplido la Ley de Moisés (Hb 2, 14-18).

Para liberarnos de esa grave injusticia el Hijo de Dios se hizo hombre en el seno de la Virgen María tomando nuestra naturaleza humana. Jesús fue tentado por Satán, incluso de manera extrema de la cruz, pero supo resistir a las tentaciones confiando en su Padre Dios, muriendo y entregándole su Espíritu. La muerte de Jesús puso de manifiesto la maldad del Satán quien con el pretexto de probar la fe de los hombres, los sometía a graves tentaciones para llevarlos después de la muerte al sheol.

Por eso Jesús se solidarizó con los difuntos, sufriendo su misma suerte, y descendió a los infiernos. Allí predicó el evangelio de la salvación a quienes vivían en sombras de muerte. Muchos de ellos creyeron en Jesús y fueron llevados por Él al Reino celestial. Esta evangelización de Jesús es testimoniada en la primera carta del apóstol Pedro, cabeza de la naciente Iglesia en Roma: “Por eso hasta a los muertos se les ha anunciado la Buena Nueva, para que, condenados en carne, según los hombres, vivan en Espíritu según Dios” (1 Pe 4, 6).

Al quedar desvelada la malicia de Satán, Dios le retiró su confianza y envió al Arcángel Miguel con los ángeles buenos a luchar contra el Diablo y sus secuaces rebeldes que fueron derrotados, expulsados del cielo y arrojados a la tierra (Ap 12, 7-17). Jesús fue premiado por su fidelidad y habilitado por la Santa Rúaj (Espíritu) para volver a la vida terrena a completar su misión de evangelizar.

Al tercer día de su muerte Jesucristo resucitó, retomando su cadáver yacente en el sepulcro y transformándolo en cuerpo glorioso. No hubo testimonio directo de ese momento, pero varias personas sintieron un gran movimiento telúrico, atribuido al Ángel del cielo que hizo rodar la enorme piedra circular que cerraba la gruta del sepulcro (Mt 28, 2). Según una tradición piadosa Jesús resucitado se apareció a la Virgen María para consolarla y darle la nueva misión de ser su Esposa y Madre de la Iglesia. Los evangelios narran la aparición de Jesús a las mujeres que le seguían y a los apóstoles para infundirles su propia Rúaj, preparándoles para la gran fiesta de Pentecostés.

Con ello Jesús cumplió la etapa de su vida terrena. En el Credo se recoge sucintamente esta verdad del descenso a los infiernos, que no es fácil de entender en la mentalidad moderna, no raras veces cerrada a la actuación sobrenatural de Dios y a su misma existencia. La resurrección de Jesús es la prueba definitiva de nuestra fe en Él como Juez Salvador de vivos y muertos.

 

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  • Autor Miguel Manzanera SJ

Ojalá hoy al rezar el credo, yo pueda decir, unido a la Iglesia, mi propio credo:

"Creo en el Padre que me creó y me sostiene. Ese Padre bueno que me llama por mi nombre, que tiene mi destino en sus manos. Creo que me llamó a la vida con infinito amor, que pensó en mí desde la eternidad.

En ese Dios que quiere mi felicidad, el ciento por uno en la tierra y mi vida eterna. Ese Dios que me acepta en mis fracasos y límites, en mi pecado que me ensucia. Ese Dios que es misericordia y amor infinito. Creo en ese Padre que sale a buscarme al camino y me viste los mejores trajes.

Creo en Jesús que llega cada día para caminar a mi lado, que me enseña a amar como Él me ha amado. En ese Jesús hombre que vivió muriendo y murió dándome su vida. En ese amor humano que hace posible lo imposible. En esa mirada suya que ha cambiado la mía.

Creo en su amor tan hondo que me llena de vida y en su abrazo calmado que sosiega mis pasos. Creo que murió por mí y se hizo hombre limitado por mí, hombre impotente, pobre, como yo. Creo en ese Jesús que sale a mi encuentro cada día en cada eucaristía.

Creo en el Espíritu que ilumina mis pasos y me da fuerzas en el camino. En ese fuego que me enamora cada día. Que me hace hablar en el lenguaje de los hombres y me hace comprender las palabras calladas de Dios. Ese Espíritu que me hace hijo dócil, abierto, niño.

Sí. Creo. Creo en Dios. Creo que soy hombre necesitado de Él. Creo que sin Dios en mi alma no podré caminar un solo paso".

¿Cuál es mi credo? ¿Cuál ese Dios Trino, Dios hecho historia, en el que creo? Dios se hace historia en mi historia. Se desvela en su misterio al recorrer mis pasos. Creo en Él porque lo he tocado al intentar caminar cada día. Creo porque su presencia cambia mi vida.

¿En qué Dios creo? ¿Quién es para mí Dios? ¿Quién ha sido en mi vida? ¿Cómo es mi fe? ¿Dios es una idea o alguien real en mi vida? Es el Dios que ha puesto en mi alma un don único, que nadie tiene, un don que me hace diferente, que me ayuda a creer que puedo ser útil y dar la vida.

Él se hace escalón para levantarme cuando me he caído. Se hace hombre para sentir como yo y para susurrarme al oído que conoce mi nostalgia. Que conoce mi miedo y mi inquietud. Que conoce mis sueños de niño. Que le gustan mis amores. Que me comprende.

Es mi Dios, que se descalza y se desnuda, y se despoja por mí cada día. Que se hace niño, que se hace pan, que se hace sangre, que se deja crucificar, que se mete hasta el fondo de mi roca herida. Sin Él mi vida no tendría sentido, y con Él todo cambia.

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  • Atención Atención: Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor Autor: P. Carlos Padilla