Viernes, 24 Noviembre 2017

logo de la TAPA 6

10   Banner    Anunciate Aqui

Son cuatro los ejes temáticos que nos animan en la reflexión y el caminar preparatorio rumbo al V Congreso Americano Misionero.

EVANGELIO

La denominación de “Evangelio” al anuncio de salvación y de vida, es un elemento específico de la tradición cristiana primitiva.
El Evangelio de Jesucristo pretende anunciar la profunda e íntima vinculación de la humanidad, de cada persona y de la creación con Dios a través de la figura del Reino de Dios, entendido éste como el Reinado de Dios capaz de transformar la realidad por la acción eficaz de su Amor.
En este sentido, lo que anuncia el misionero nace de ese primer contacto con el Evangelio –como anuncio kerygmático vital- y vuelve a él como fuente que dinamiza su vida cotidiana. Es así que, en la presentación del Evangelio es imprescindible la actitud y el tono profético del misionero que vive la Alegría del encuentro con Jesús; de ahí que no se trata sólo de una comunicación formal de un mensaje, sino de la comunicación vital del mismo, pues el encuentro con Jesús ha generado una Alegría que no se puede contener.

ALEGRIA:

En estos últimos tiempos muchas cosas han cambiado en nuestra realidad, cambios que presentan nuevos desafíos. Estamos inmersos en un contexto donde «el miedo y la desesperación se apoderan del corazón de numerosas personas […] La alegría de vivir frecuentemente se apaga, la falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente» (EG 52).

En este contexto, queremos recordar lo que nuestros pastores, reunidos en Aparecida, nos decían: «la alegría que hemos recibido en el encuentro con Jesucristo, a quien reconocemos como el Hijo de Dios encarnado y redentor, deseamos que llegue a todos los hombres y mujeres heridos por las adversidades […] La alegría del discípulo es antídoto frente a un mundo atemorizado por el futuro y agobiado por la violencia y el odio. La alegría del discípulo no es un sentimiento de bienestar egoísta sino una certeza que brota de la fe, que serena el corazón y capacita para anunciar la buena noticia del amor de Dios. Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona; haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo». (DA 29)

MISION Y PROFECIA
El tema de la misión es tan importante que el papa ha introducido la palabra “misionariedad” en sus discursos asumiendo así un nuevo término, conocido ya en la teología de la misión pero no utilizado hasta ahora en la doctrina de la Iglesia, El Papa Francisco lo refiere al “mandato confiado por Jesús a los Apóstoles de ser sus «testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8), no como un aspecto secundario de la vida cristiana, sino como un aspecto esencial: todos somos enviados por los senderos del mundo para caminar con nuestros hermanos, profesando y dando testimonio de nuestra fe en Cristo y convirtiéndonos en anunciadores de su Evangelio.” Esta es la misión de la Iglesia hoy; el no constituirse autorreferencial, sino descentrada de sí misma, una Iglesia en misión evangelizadora, una Iglesia que rompe sus fronteras, amplía los límites personales y geográficos de la fe y se orienta hacia el mundo entero, y hacia sus múltiples periferias para anunciar la alegría del encuentro con Cristo mediante el Evangelio.

La acción evangelizadora de la Iglesia debe enfrentarse con una cultura post-moderna, que tiene a menudo posiciones y referencias fuera de los valores propuestos por el Evangelio. También llama la atención el hecho de que la religiosidad de la post modernidad y del mundo globalizado, con su exuberancia, sincretismo, individualismo y una cierta lógica de mercado, exige un nuevo orden de la acción evangelizadora de la Iglesia Católica, a que tenga en cuenta esta realidad y, al mismo tiempo, presente con claridad su propuesta y afirme la identidad cristiana católica.

RECONCILIACIÓN Y COMUNIÓN
El fin principal de la evangelización y de la acción misionera de la Iglesia, es lograr la comunión del hombre con Dios, y de los hombres entre ellos: el amor de Dios y el amor del prójimo. A su vez la comunión hace posible una evangelización creíble y eficaz. “Cristo en nuestra paz” (Ef 2,14). Cristo a través de su Iglesia animada por el Espíritu, va realizando la comunión por medio de su sacrificio de propiciación y expiación, y de su Evangelio de verdad y amor.

La misión de la Iglesia consiste en continuar la obra de Cristo a través de los siglos, hasta el fin del mundo, ya que el Señor le ha confiado el “ministerio de la reconciliación” (cfr. 2Cor 5,18-20), por la predicación de la Palabra y el perdón de los pecados mediante los sacramentos del bautismo y la penitencia. Los hombres de nuestro tiempo necesitan ser redimidos y reconciliados, pues el pecado está metido en muchos corazones, así como en las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales, causando estragos, rupturas, violencias, alejamiento de Dios y sufrimientos en las personas, las familias, los grupos y los pueblos de nuestra América y del mundo entero, y hasta en la misma Iglesia.
El dinamismo de la koinonía como comunión de vida, nos lleva a la caridad, a la solidaridad, al encuentro y escucha del otro, a la cooperación misionera, al diálogo ecuménico, interreligioso y social, a trabajar en aquello que nos une y no en lo que nos separa, promoviendo así la reconciliación y la comunión universal.

La Koinonía es el ideal de vida eclesial y social; es uno de los objetivos más importantes de la misión, y al mismo tiempo uno de los medios testimoniales más eficaz para la evangelización: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Una Iglesia en koinonía es un “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).

Pidamos al Dios de la Vida que nos permita seguir haciendo proceso al interior de nuestras comunidades y de nuestros grupos, que María Reina de las Misiones interceda por cada uno de nosotros para que verdaderamente hagamos posible “un nuevo Pentecostés para nuestra Iglesia en América”.

Información adicional

  • Fuente V Congreso Americano Misionero

"El hombre más peligroso del planeta". Así fue calificado el papa Francisco por el comentarista de una cadena norteamericana luego de su reciente viaje a Sudamérica. En este periplo, el Papa reiteró su llamado a respetar y cuidar a la "hermana madre tierra", tema central de su encíclica "Laudato si", "sobre el cuidado de la casa común", presentada en Roma en junio pasado. Este hombre peligroso está a punto de subir a un avión que lo llevará en visita apostólica a Cuba, Estados Unidos y la sede de las Naciones Unidas, en su décimo desplazamiento fuera de Italia desde que inició su pontificado. El Papa participará en el VIII Encuentro Mundial de las Familias en Filadelfia y canonizará en Washington al fraile franciscano Junípero Serra, fundador de varias misiones en la California del siglo dieciocho.

Este viaje tiene un significado particular. Su encíclica ha posicionado a la Iglesia Católica en un tema clave para el futuro de la humanidad de cara a la COP 21 a realizarse en París en diciembre próximo; al mismo tiempo, ha levantado polémicas voces dentro y fuera de la Iglesia. Francisco hablará en la ONU durante su Asamblea General 70 ante numerosos jefes de Estado en una cumbre especial que tratará sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Por primera vez, además, un Papa se dirigirá al Congreso norteamericano en una sesión conjunta del Senado y la Cámara de Representantes. Previamente, el Papa habrá visitado Cuba luego de la activa participación que tuvo en la reanudación de relaciones diplomáticas entre ambos países.

Francisco no rehúye los temas que afectan a la humanidad. Por ello, la revista "Vanity Fair" lo llamó "Papa coraje" a los cien días de iniciar su pontificado. Este Papa, sin haber participado en el Concilio Vaticano II (a diferencia de los últimos 5 pontífices) es, no obstante, profundamente conciliar. En el año jubilar de este evento eclesial –estamos conmemorando el aniversario 50 de su conclusión– Francisco lleva a cabo su lema central: "Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de la Iglesia" (Gaudium et Spes, 1). Por ello, se pronuncia con libertad y valentía sobre el cambio climático, la migración siria o africana, las desigualdades sociales o las responsabilidades políticas de los estados en los problemas que nos aquejan.

La fuente de este espíritu profético se encuentra en el evangelio. Así lo supo leer el cantante británico Elton John –conocido por sus posiciones adversas a la religión– cuando definió a Francisco como "un milagro de humildad en la era de la vanidad". Y añadió: "Este Papa parece querer llevar a la Iglesia a los antiguos valores de Cristo y, al mismo tiempo, acompañarla al siglo XXI. Si sabe alcanzar y tocar a los niños, las mujeres y los hombres que conviven con el VIH y el sida –muchas veces solos y escondidos por el silencio–, su faro de esperanza dará más luz que cualquier progreso de la ciencia, porque ningún fármaco tiene el poder del amor" ("La Nación", 9 de julio del 2013). Ese es el poder de Francisco. Su fuerza radica en la misericordia, es decir, en la capacidad de colocarse en la posición del otro, particularmente del que más sufre. La misericordia no es otra cosa que la empatía evangélica, aquella que hace suyo el dolor de los inocentes.

Francisco sabe que la misericordia debe ser eficaz. Por ello, llama constantemente al diálogo. "Cuando los líderes de los diferentes sectores me piden un consejo, mi respuesta es siempre la misma: diálogo, diálogo, diálogo", les dijo a las autoridades políticas y sociales en Brasil. Lo repite constantemente en su reciente encíclica en cada una de las líneas de acción que sugiere para abordar conjuntamente el desafío urgente de proteger nuestra casa común (LS, cap. V). Vamos a ver, pues, qué nos propone este hombre peligrosamente evangélico en este viaje de enorme significación social y eclesial.

Información adicional

  • Atención Atención: Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor Autor: P. Ernesto Cavassa, S.J.

"La misión no es proselitismo o mera estrategia", sino pasión por Cristo, por la gente y el Evangelio. Lo escribe el Papa Francisco en su mensaje para la 89ª Jornada Mundial de las Misiones que este año se celebrará el domingo 18 de octubre, en el contexto del Año dedicado a la Vida Consagrada y que se hizo público en la Solemnidad de Pentecostés.

En este amplio documento el Papa Bergoglio subraya el "fuerte vínculo" existente entre la vida consagrada y la misión, a la vez que anima a los jóvenes y a los laicos a comprometerse cada vez más en la obra misionera de la Iglesia.

Francisco recuerda en su Mensaje que "la dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, es también intrínseca a toda forma de vida consagrada", por lo que no puede ser descuidada sin que deje un vacío que desfigure su carisma. La misión – escribe el Papa – es parte de la "gramática" de la fe, es algo imprescindible para los que escuchan la voz del Espíritu que susurra "ven" y "ve". De modo que quien sigue a Cristo "se convierte necesariamente en misionero", y sabe que Jesús "camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera", tal como el mismo Santo Padre afirma en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium.

El Santo Padre también destaca que para muchas congregaciones religiosas de vida activa el anhelo misionero que surgió del Concilio Vaticano II se puso en marcha con una apertura extraordinaria a la misión ad gentes, a menudo acompañada por la acogida de hermanos y hermanas procedentes de tierras y culturas encontradas durante la evangelización, por lo que hoy en día se puede hablar de una interculturalidad generalizada en la vida consagrada. Precisamente por esta razón, es urgente volver a proponer el ideal de la misión en su centro: Jesucristo, y en su exigencia: la entrega total de sí mismo a la proclamación del Evangelio. Por esta razón – escribe el Papa – no puede haber ninguna concesión sobre esto: "Quien, por la gracia de Dios, recibe la misión, está llamado a vivir la misión".

Dirigiéndose especialmente a los jóvenes, el Papa también recuerda que en los Institutos misioneros los formadores están llamados tanto a indicar clara y honestamente esta perspectiva de vida y de acción como a actuar con autoridad en el discernimiento de las vocaciones misioneras auténticas. De ahí que pida a la juventud que no se dejen robar el sueño de una misión auténtica, de un seguimiento de Jesús que implique la entrega total de sí mismo. E invita a los jóvenes a preguntarse, en el secreto de su conciencia, cuál es la razón por la que han elegido la vida religiosa misionera y a evaluar la disposición a aceptarla por lo que es: un don de amor al servicio del anuncio del Evangelio, recordando que, antes de ser una necesidad para los que no lo conocen, el anuncio del Evangelio es una necesidad para los que aman al Maestro.

Dentro de esta compleja dinámica, el Santo Padre también invita a preguntarse: "¿Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico?". Y responde que la respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio: los pobres, los pequeños, los enfermos, los que a menudo son despreciados y olvidados, los que no tienen como pagarte (cf. Lc 14,13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer.

Por esta razón escribe que "existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres". Y pide, tal como lo hace en su Exhortación apostólica, que "nunca los dejemos solos". Lo que debe estar claro especialmente para las personas que abrazan la vida consagrada misionera; puesto que "con el voto de pobreza se escoge seguir a Cristo en esta preferencia suya, no ideológicamente, sino como Él, identificándose con los pobres, viviendo como ellos en la precariedad de la vida cotidiana y en la renuncia de todo poder para convertirse en hermanos y hermanas de los últimos, llevándoles el testimonio de la alegría del Evangelio y la expresión de la caridad de Dios".
Francisco también escribe que "para vivir el testimonio cristiano y los signos del amor del Padre entre los pequeños y los pobres, las personas consagradas están llamadas a promover, en el servicio de la misión, la presencia de los fieles laicos".

Y recuerda que las Instituciones y Obras misioneras de la Iglesia están totalmente al servicio de los que no conocen el Evangelio de Jesús. Además, en el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, el Papa reafirma que "todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal". Y antes de impartir su Bendición Apostólica, el Papa concluye su Mensaje encomendando a María, Madre de la Iglesia y modelo misionero, a todos los que, ad gentes o en su propio territorio, en todos los estados de vida cooperan en el anuncio del Evangelio.

Texto del Mensaje del Santo Padre Francisco para la 89ª Jornada Mundial de las Misiones que se celebrará el próximo 18 de octubre:

La Jornada Mundial de las Misiones 2015 tiene lugar en el contexto del Año de la Vida Consagrada, y recibe de ello un estímulo para la oración y la reflexión. De hecho, si todo bautizado está llamado a dar testimonio del Señor Jesús proclamando la fe que ha recibido como un don, esto es particularmente válido para la persona consagrada, porque entre la vida consagrada y la misión subsiste un fuerte vínculo. El seguimiento de Jesús, que ha dado lugar a la aparición de la vida consagrada en la Iglesia, responde a la llamada a tomar la cruz e ir tras él, a imitar su dedicación al Padre y sus gestos de servicio y de amor, a perder la vida para encontrarla. Y dado que toda la existencia de Cristo tiene un carácter misionero, los hombres y las mujeres que le siguen más de cerca asumen plenamente este mismo carácter.

La dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, es también intrínseca a toda forma de vida consagrada, y no puede ser descuidada sin que deje un vacío que desfigure el carisma. La misión no es proselitismo o mera estrategia; la misión es parte de la "gramática" de la fe, es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra "ven" y "ve". Quien sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús «camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 266).

La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene; y en ese mismo momento percibimos que ese amor, que nace de su corazón traspasado, se extiende a todo el pueblo de Dios y a la humanidad entera; Así redescubrimos que él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado (cf. ibid., 268) y de todos aquellos que lo buscan con corazón sincero. En el mandato de Jesús: "vayan" están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia. En ella todos están llamados a anunciar el Evangelio a través del testimonio de la vida; y de forma especial se pide a los consagrados que escuchen la voz del Espíritu, que los llama a ir a las grandes periferias de la misión, entre las personas a las que aún no ha llegado todavía el Evangelio.

El quincuagésimo aniversario del Decreto conciliar Ad gentes nos invita a releer y meditar este documento que suscitó un fuerte impulso misionero en los Institutos de Vida Consagrada. En las comunidades contemplativas retomó luz y elocuencia la figura de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, como inspiradora del vínculo íntimo de la vida contemplativa con la misión.

Para muchas congregaciones religiosas de vida activa el anhelo misionero que surgió del Concilio Vaticano II se puso en marcha con una apertura extraordinaria a la misión ad gentes, a menudo acompañada por la acogida de hermanos y hermanas provenientes de tierras y culturas encontradas durante la evangelización, por lo que hoy en día se puede hablar de una interculturalidad generalizada en la vida consagrada. Precisamente por esta razón, es urgente volver a proponer el ideal de la misión en su centro: Jesucristo, y en su exigencia: la donación total de sí mismo a la proclamación del Evangelio. No puede haber ninguna concesión sobre esto: quien, por la gracia de Dios, recibe la misión, está llamado a vivir la misión.

Para estas personas, el anuncio de Cristo, en las diversas periferias del mundo, se convierte en la manera de vivir el seguimiento de él y recompensa los muchos esfuerzos y privaciones. Cualquier tendencia a desviarse de esta vocación, aunque sea acompañada por nobles motivos relacionados con la muchas necesidades pastorales, eclesiales o humanitarias, no está en consonancia con el llamamiento personal del Señor al servicio del Evangelio.
En los Institutos misioneros los formadores están llamados tanto a indicar clara y honestamente esta perspectiva de vida y de acción como a actuar con autoridad en el discernimiento de las vocaciones misioneras auténticas. Me dirijo especialmente a los jóvenes, que siguen siendo capaces de dar testimonios valientes y de realizar hazañas generosas a veces contra corriente: no dejen que les roben el sueño de una misión auténtica, de un seguimiento de Jesús que implique la donación total de sí mismo. En el secreto de su conciencia, preguntaos cuál es la razón por la que han elegido la vida religiosa misionera y midan la disposición a aceptarla por lo que es: un don de amor al servicio del anuncio del Evangelio, recordando que, antes de ser una necesidad para aquellos que no lo conocen, el anuncio del Evangelio es una necesidad para los que aman al Maestro.

Hoy, la misión se enfrenta al reto de respetar la necesidad de todos los pueblos de partir de sus propias raíces y de salvaguardar los valores de las respectivas culturas. Se trata de conocer y respetar otras tradiciones y sistemas filosóficos, y reconocer a cada pueblo y cultura el derecho de hacerse ayudar por su propia tradición en la inteligencia del misterio de Dios y en la acogida del Evangelio de Jesús, que es luz para las culturas y fuerza transformadora de las mismas.

Dentro de esta compleja dinámica, nos preguntamos: "¿Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico?" La respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio: los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen como pagarte (cf. Lc 14,13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer: «Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos» (Exhortación apostólica Evangelii gaudium, 48). Esto debe estar claro especialmente para las personas que abrazan la vida consagrada misionera: con el voto de pobreza se escoge seguir a Cristo en esta preferencia suya, no ideológicamente, sino como él, identificándose con los pobres, viviendo como ellos en la precariedad de la vida cotidiana y en la renuncia de todo poder para convertirse en hermanos y hermanas de los últimos, llevándoles el testimonio de la alegría del Evangelio y la expresión de la caridad de Dios.

Para vivir el testimonio cristiano y los signos del amor del Padre entre los pequeños y los pobres, las personas consagradas están llamadas a promover, en el servicio de la misión, la presencia de los fieles laicos. Ya el Concilio Ecuménico Vaticano II afirmaba: «Los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos» (Ad gentes, 41). Es necesario que los misioneros consagrados se abran cada vez con mayor valentía a aquellos que están dispuestos a colaborar con ellos, aunque sea por un tiempo limitado, para una experiencia sobre el terreno. Son hermanos y hermanas que quieren compartir la vocación misionera inherente al Bautismo. Las casas y las estructuras de las misiones son lugares naturales para su acogida y su apoyo humano, espiritual y apostólico.

Las Instituciones y Obras misioneras de la Iglesia están totalmente al servicio de los que no conocen el Evangelio de Jesús. Para lograr eficazmente este objetivo, estas necesitan los carismas y el compromiso misionero de los consagrados, pero también, los consagrados, necesitan una estructura de servicio, expresión de la preocupación del Obispo de Roma para asegurar la koinonía, de forma que la colaboración y la sinergia sean una parte integral del testimonio misionero. Jesús ha puesto la unidad de los discípulos, como condición para que el mundo crea (cf. Jn 17,21). Esta convergencia no equivale a una sumisión jurídico-organizativa a organizaciones institucionales, o a una mortificación de la fantasía del Espíritu que suscita la diversidad, sino que significa dar más eficacia al mensaje del Evangelio y promover aquella unidad de propósito que es también fruto del Espíritu.

La Obra Misionera del Sucesor de Pedro tiene un horizonte apostólico universal. Por ello también necesita de los múltiples carismas de la vida consagrada, para abordar al vasto horizonte de la evangelización y para poder garantizar una adecuada presencia en las fronteras y territorios alcanzados.

Queridos hermanos y hermanas, la pasión del misionero es el Evangelio. San Pablo podía afirmar: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9,16). El Evangelio es fuente de alegría, de liberación y de salvación para todos los hombres. La Iglesia es consciente de este don, por lo tanto, no se cansa de proclamar sin cesar a todos «lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos» (1 Jn 1,1). La misión de los servidores de la Palabra – obispos, sacerdotes, religiosos y laicos – es la de poner a todos, sin excepción, en una relación personal con Cristo. En el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal. Una respuesta generosa a esta vocación universal la pueden ofrecer los consagrados y las consagradas, a través de una intensa vida de oración y de unión con el Señor y con su sacrificio redentor.

Mientras encomiendo a María, Madre de la Iglesia y modelo misionero, a todos aquellos que, ad gentes o en su propio territorio, en todos los estados de vida cooperan al anuncio del Evangelio, les envío de todo corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de mayo de 2015
Solemnidad de Pentecostés

Información adicional

  • Fuente Fuente: Radio Vaticano

Hoy es el gran día de la fiesta de Urkupiña en Bolivia porque es la fiesta de la Asunción de la Virgen en toda la Iglesia universal. Otras muchas comunidades tienen a María como patrona en cualquiera de sus múltiples advocaciones, como la de Copacabana, Cotoca, Aparecida, etc. Pero el motivo central que la Iglesia universal nos brinda hoy para su celebración es la Asunción, una gran fiesta consagrada a María, que participa como primicia de la humanidad redimida de la plenitud de los frutos de la salvación que su hijo Jesús ha obtenido para todos los seres humanos con su muerte y resurrección. Por ello el Concilio Vaticano II considera a María "signo de esperanza y de consuelo" para toda la Iglesia (Lumen Gentium, 68). En el documento de Aparecida se nos dice que María "brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo" (DA, 270) y que ella, discípula y misionera, "ayuda a mantener vivas las actitudes de atención, de servicio, de entrega y de gratuidad [...] crea comunión y educa a un estilo de vida compartida y solidaria, en fraternidad, en atención y acogida del otro, especialmente si es pobre o necesitado" (DA, 272). En María es ya realidad lo que para el resto de los humanos es una promesa de parte de Dios, la participación en la nueva vida del Resucitado (1Cor 15,20-26).

La Iglesia reconoce, vive y celebra en María que ella es el mejor canto de gracia para gloria de Dios. Y lo ha expresado solemnemente en las formulaciones dogmáticas de la Inmaculada y de la Asunción, cuyos términos querían recoger en categorías antropológicas propias de los siglos pasados o con categorías espaciales de exaltación lo que en el Evangelio de Lucas está plasmado en una palabra única y pregnante, en un verbo muy singular del Nuevo Testamento: "agraciar = jaritoun" (Lc 1,28). Nosotros nos recreamos en esa palabra del ángel a María cuando la invocamos como la "llena de gracia". Llena de gracia en su origen y en su destino final, podríamos decir que María es la "atopeagraciada". Y su gracia, manifestada en su bondad, su belleza y su fidelidad, ha consistido en haber sido elegida y destinada por Dios para que, fecundada por el Espíritu, engendrara y diera a luz al Salvador. Recordemos lo que decíamos el primer día, que lo significativo es que ese mismo verbo "agraciar" sólo reaparece una vez en el NT (Ef 1,6), y allí se hace extensivo ese derroche de gracia también a los creyentes, de modo que, sintiéndonos elegidos antes de la creación del mundo y destinados a vivir como hijos del Padre, participemos de la inmensa alegría de haber sido colmados de gracia por el Hijo y en el Hijo. En efecto, conocer a Cristo, seguir sus pasos y orientar nuestro futuro según el suyo, es para sentirnos como María, verdaderamente dichosos.

En el evangelio de hoy Lucas cuenta el encuentro entre María, la Virgen, e Isabel, su prima (Lc 1, 39-45). Dos mujeres creyentes comparten y celebran su fe en el Dios de las promesas, en el Dios del amor liberador que es la verdadera esperanza de los pobres de este mundo. Este Dios se ha hecho presente en la vida de ambas mujeres de una forma sorprendente y paradójica, pues las dos están aguardando el nacimiento de sus respectivos hijos, concebidos de forma extraordinaria a los ojos humanos. En su encuentro como madres sus cuerpos de mujer vibran de emociones ante la grandeza de lo que les está pasando. Nada es imposible para Dios. Donde imperaba la esterilidad silenciosa de Isabel se presiente ahora la vitalidad elocuente y profética de Juan, ya desde el seno de su madre. Donde hubo un momento de desconcierto en María por el mensaje del ángel que le anunciaba su maternidad, ahora se irradia la fuerza mesiánica del Señor Jesús, cuyo Espíritu activa los mecanismos de la comunicación humana en su más profunda interioridad. Las entrañas preñadas de las dos mujeres reflejan la fuerza misteriosa y portentosa del Dios de la salvación.

En la reacción de Isabel ante la cercanía del nacimiento de Jesús destaca su alegría inmensa. A Lucas casi le faltaban palabras para transmitir la alegría desbordante que inundaba a estas mujeres profundamente creyentes. La misma alegría que María canta poco después al iniciar el Magnificat es la que Isabel comunica al decir que la criatura "saltó de alegría" en su vientre. Sólo Lucas utiliza y repite un verbo griego (skirtao) que podríamos traducir también como "retozar". Retozar es brincar de alegría, dar saltos de gozo, es vibrar de emoción. Es sentir y expresar con todo el ser, con todo el cuerpo, desde la intimidad de las entrañas hasta la boca jubilosa, la inefable alegría del ser humano por la presencia misteriosa del Espíritu que transforma toda realidad humana y hace posible un nuevo amanecer para la humanidad. Los labios de Isabel proclaman dichosa a María y expresan su felicitación: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" y "Dichosa tú que has creído que se cumplirá lo que dice el Señor.

La antológica composición lucana del Magnificat (Lc 1,46-55) es la exultante manifestación del credo mariano. Unirse a María en el canto de su profesión de fe permite a los creyentes identificarse con ella en el descubrimiento gozoso del Dios de los pobres, del Dios de la misericordia que actúa en la historia suscitando, generación tras generación, la liberación de las personas y de los pueblos a través de los testigos primordiales de su justicia. María fue protagonista en Caná de Galilea anticipando la hora de la gloria de Dios. Jesús intervino allí a instancias de María, anunciando la transformación definitiva de la relación humana con Dios, mediante el cambio de la religión legal en una alianza nupcial de la humanidad con su Dios, e inauguró con sus signos el día de la nueva creación, mediante el amor consumado en su muerte y resurrección. En la espera de ese día siguen hoy los pobres, los que sufren, las víctimas de la injusticia humana y experimentan la gran esperanza que María infunde al afrontar al pie de la cruz, con firmeza y resistencia, el sufrimiento ineludible de su hijo. Ella se abre en silencio sepulcral al Amor escondido y vivificador que sólo Dios con la resurrección rompió. El Magnificat es realmente el canto de la "revolución de Dios", como dice el gran exégeta Schürmann, especialmente en el corazón de los pueblos crucificados de Latinoamérica y África, donde las comunidades cristianas están sumidas en la lucha desde la fe por el resurgir de una mujer y un hombre nuevos, con la esperanza de ver un día una humanidad liberada de los males estructurales que los ricos y potentados de la tierra han generado en tantos pueblos y rincones del planeta.

Esa alegría desbordante, que va desde el interior del espíritu hasta la conmoción entusiasta del organismo humano, no está supeditada meramente a la vivencia de circunstancias favorables y halagüeñas de la vida, sino que es un don de la fe para afrontar también las dificultades, especialmente las asociadas a una vida de testimonio profético. Es la dicha propia de los que sufren algún tipo de tribulación por la causa de Jesús, y experimentan la exclusión, la difamación y el rechazo por ser fieles a los valores del Reino de Dios (Cf. Lc 6,23). Con la alegría de María y de Isabel, que es la alegría de los pobres y de los que esperan en Dios, vivamos el día de la Asunción. Alegrémonos, porque el Espíritu del amor y de la verdad quiere generar en cada ser humano un corazón nuevo dispuesto para el Reino de Dios y su justicia.

Concluyamos con las palabras del Concilio que proclaman en la Lumen Gentium, 59, que "la Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de culpa original, terminado el decurso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y fue ensalzada por el Señor como Reina universal con el fin de que se asemejase de forma más plena a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte. Virgen de Urkupiña, Ruega por nosotros.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

Información adicional

  • Fuente Fuente: Infodecom

Mons. Eugenio Scarpellini, Obispo de la Diócesis de El Alto, este domingo 13 de julio pidio a los fieles congregados en la Basílica San Francisco de la ciudad de La Paz “¡abrir los ojos para ver a Jesús, el Señor de la vida!

HOMILIA DOMINGO XV DEL TIEMPO DURANTE EL AÑO

Escuchar y sembrar palabras buenas.

 

Queridos hermanos y hermanas,
La liturgia de hoy pone el acento fuerte sobre la Palabra de Dios. 
La primera lectura pone de relievo la “eficacia” de la Palabra de Dios. Como la lluvia y la nieve bajan desde el cielo y no retornan allí sin empapar la tierra y dar fruto… así es de la Palabra de Dios: una vez pronunciada y revelada, cumple y realiza lo que anuncia. Como la lluvia penetra la tierra, así la Palabra de Dios penetra las profundidades del corazón, revela los sentimientos y pensamientos y nos mueve a cumplir lo que escuchamos. La Palabra de Dios tiene en si misma una fuerza transformadora.
El Evangelio va un poco más allá. La Palabra de Dios es siempre eficaz, porque es de Dios y es la verdad de Dios, es Dios. Pero, el hombre puede resistirle con su corazón corrompido y orgulloso, con su libertad mal entendida, y hacerla infructuosa. ¡Nosotros hacemos que la Palabra de Dios no dé frutos, sino que se seque o se ahogue!
Es el gran misterio que existe entre la sobreabundante gracia de Dios que nos ama hasta dar su vida en Jesús y la cerrazón de nuestro corazón atrapado por las cosas y tentaciones de este mundo.
La parábola del sembrador termina con una afirmación fuerte de Jesús: “El que tenga oídos, que oiga”. ¿Qué significa: oír a Dios?”
Y los discípulos lo interrogan: “¿Por qué hablas en parábolas y no directamente?”
La respuesta de Jesús es más cuestionadora todavía: “A ustedes les hablo directamente y les revelos los misterios del cielo. Pero a ellos, no. Porque a los que tienen se les dará más y a los que no tienen, se les quitará aún lo poco que tienen”. Desconcertante: puedo, con la imaginación, ver los ojos abiertos y perplejos de los discípulos…
El mismo Jesús, retomando las palabras del profeta Isaías nos aclara todo eso: “En ellos se cumple aquella profecía de Isaías: ‘Oirán una y otra vez y no entenderán; mirarán y volverán a mirar, pero no verán; porque este pueblo ha endurecido su corazón, ha cerrado sus ojos y tapado sus oídos... porque no quieren convertirse ni que Yo los salve.’”
La gran diferencia entre los fariseos escépticos y los seguidores de Jesús es “ser discípulos”. El discípulo sabe que las palabras del Maestro son para que cambien de vida, abandonen el camino de pecado, sigan sus ejemplos y caminen en la verdad. 
El discípulo quiere convertirse. El discípulo es quien reconoce en Jesús “el camino, la verdad y la vida” y junto a Pedro reafirma su fe en Jesús: “Señor, ¿adónde quieres que vayamos? Tu solo tienes palabras de vida eterna”.
Esta situación se repite constantemente el día de hoy en cada uno de nosotros. 
Muchas veces nos encontramos confundidos por los atractivos del mundo, estamos “atrapados” por la seguridad y la felicidad efímeras que el mundo nos propone; el mundo, de manera astuta, nos convence que bastamos a nosotros mismos, que solos podemos construirnos nuestra felicidad y que por lo tanto no hay nada que cambiar, nada de que convertirnos. El mundo, muchas veces, nos quiere hacer vivir como si Dios no existiera, como si no necesitáramos ser salvados.
Otros pensamos que somos buenas personas, que no hacemos nada malo; entonces ya tenemos comprada por derecho nuestra salvación; pensamos que tenemos suficientes méritos como para entrar al cielo el día en que el Señor nos llame. No estamos conscientes que la salvación es don de Dios y se fundamenta en la fe en Él: “por la fe serán salvados”. Probablemente no hemos tomado suficientemente conciencia de nuestra naturaleza humana con sus límites y pecados. Es la actitud del fariseo que, en el templo, se alaba orgullosamente a sí mismo, le recuerda a Dios lo cumplido que es; pero sale con todos sus pecados. 
Volvamos ahora a nuestra parábola, o mejor a la explicación que Jesús da de ella a sus discípulos. 
El Señor nos dice que debemos ser “tierra buena” para recibirlo a Él. La invitación importante en esta parábola es considerar cuáles son nuestras actitudes, nuestros criterios, nuestras maneras de ver las cosas. Jesucristo es el Sembrador que siembra su Palabra, siembra su Gracia, siembra su Amor. Y nosotros ¿qué terreno somos para la siembra de la Palabra del Señor?
¿Somos como los del camino seco que no la entienden porque dejan que “llegue el diablo y le arrebata lo sembrado en el corazón”?
¿Somos, otras veces los “pedregosos o poco constantes”, que se entusiasman rápidamente pero enseguida ponen obstáculos o dudas que hacen que la semilla del Señor no pueda echar raíces, y entonces se seca y no puede nunca dar frutos?
O más bien, ¿somos de los “espinosos”, que oyen la palabra, pero la ahogan con las preocupaciones de la vida, con la importancia excesiva que le dan a lo material, con el atractivo que tienen hacia lo mundano? Si así somos, ahogamos la Palabra de Dios y no hay fruto alguno. 
Según la “homilía” del Señor, si somos así, somos de los que, aún teniendo ojos, no ven, y aún teniendo oídos, no oyen, y aún teniendo inteligencia, no comprenden.
Queridos hermanos, ¡abramos nuestros ojos para ver a Jesús, el Señor de nuestra vida! ¡Abramos los oídos de nuestro corazón para escuchar al maestro, entender su palabra, convertirnos a Él y ser salvados por Él. Entonces seremos terreno fértil para dar los frutos del Reino: solidaridad, justicia, fraternidad y paz. Así el Señor podrá decirnos como a sus discípulos: “Dichosos ustedes, porque sus ojos ven y sus oídos oyen”.
Es lo que estamos reflexionando en el XI Encuentro Nacional de Comunidades Eclesiales de Base, en la Diócesis de El Alto: “Por la fe, las CEBs al servicio de la Paz y la Justicia”. Cada discípulo, viviendo en comunidad, ha recibido la tarea de llevar adelante la misión de Jesús; es un evangelizador, que significa anunciar a Jesús, el viviente, el Dios de la vida, el Señor de la historia; todo eso implica al mismo tiempo la atención, la promoción de la dignidad de cada hermano y de las estructuras para que sean aptas a construir la paz, fruto de la justicia y de la solidaridad. En resumen es vivir el Amor a Dios y el amor a los hermanos.
Pero, ahora, quiero darle la vuelta, brevemente, a nuestra reflexión. También nosotros estamos llamados, no solo a ser terreno fértil, sino sembradores de la Palabra de Dios con nuestras palabras, a ser portadores de la verdad. Tenemos una responsabilidad grande frente a nuestros hermanos. La Biblia en el libro de los Proverbios nos dice: “La ansiedad en el corazón del hombre lo deprime, mas la buena palabra lo alegra. Las palabras del justo son guía para su prójimo, pero el camino, las palabras de los impíos los extravía” (Proverbios 12, 25-26).
Cuando hablamos con nuestros hermanos, cuando reflexionamos en familia, organizaciones sociales o políticas, ¿nuestras palabras son sabias, tienen apego a la verdad? O en cambio, ¿son palabras engañosas, interesadas, dichas con mentira?
Estamos entrando en la contienda electoral: permítanme una invitación a los que serán protagonistas de la misma. Nuestra gente no se merece palabrerías, promesas vacías, propuestas manipuladoras. O peor, una campaña votada a los insultos y desprestigios mutuos. Nuestro país se merece proyectos viables, palabras esperanzadoras, pero fundadas en la verdad, altura y respeto. En un país democrático se respeta al adversario, pero de manera especial se respeta al pueblo, a su dignidad, a su inteligencia y madurez, a su situación, a sus esperanzas en un futuro mejor, más justo, más en paz.
En estos días en los que recordamos a la Virgen del Carmen, pidamos a su Hijo Jesús que podamos seguir su ejemplo: escuchar y meditar en el silencio del corazón las palabras del Señor, ser fieles a Él en el camino de la conversión, ser firmes como ella en las adversidades y así dar frutos abundantes: ser discípulos misioneros de Jesús en el mundo de hoy y constructores con Él del Reino del Padre.

Información adicional

  • Fuente Iglesia Viva

(Diman - Líbano) "El mundo árabe precisa del Evangelio y sus enseñanzas de amor, fraternidad, paz, perdón y reconciliación. Los nuevos sufrimientos y dificultades que afligen la vida de los pueblos árabes tornan la misión de proponer a todos el anuncio transmitido por la Biblia más urgente." Estas fueron palabras del Patriarca de Antioquía de los Maronitas, Cardenal Bechara Boutros Rai.

El Patriarca de los Católicos Maronitas hablaba a una delegación de misioneros maronitas recibida en audiencia el miércoles, 9 de junio, en la residencia patriarcal de verano en Diman.

A los misioneros que eran conducidos por el Padre Malek Abu Tanos, de la Congregación de los Misioneros Libaneses Maronitas, el Cardenal Bechara Rai habló sobre las crisis y problemas actuales del Oriente Medio:

"En estos tiempos vivimos en una cultura contraria a las enseñanzas de Dios. Guerra, violencia, terrorismo, homicidios y odio".

"Delante de esa realidad no podemos permanecer inertes. Al contrario, debemos aumentar nuestras actividades y alimentar nuestra esperanza. La condición atribulada vivida en el Oriente Medio no debe desviarnos de nuestra tarea".

El Patriarca de Antioquía concluyó sus palabras afirmando que "debemos recordar a todos que los cristianos están aquí para difundir la cultura de la Biblia. No existe una primavera árabe sin una primavera cristiana".

Información adicional

  • Fuente Gaudium Press

“100 años de evangelización son para  recordar el proceso evangelizador que ha cambiado por siempre nuestra historia, seamos creyentes o no, católicos o evangélicos”

Monseñor Eugenio Coter, Obispo de Pando,  viene siguiendo y acompañando muy de cerca todas las actividades programadas para este mes de Julio, en el marco de la celebración del Centenario de la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, primera parroquia de esta Iglesia local.

Consultado sobre cómo percibe, siente y vive su autoridad este tiempo de fiestas y celebraciones  en esta parroquia Monseñor Coter señaló: “lo veo como un momento de una oportunidad de darnos cuenta del  don que hemos recibido con la evangelización.  Si no hubiésemos tenido la evangelización, nuestra vida no estaría  iluminada. Seguramente cien años de evangelización llevan consigo valores muy profundos que van empapando la vida de la gente más allá del aspecto religioso” sostuvo.

Monseñor Coter dijo además que celebrare estos cien años es recordar que la evangelización ha cambiado por siempre nuestra historia: “es recordar este proceso que nos ha alcanzado y ha cambiado por siempre nuestra historia, creyentes o no, católicos o evangélicos, nuestra historia está marcada por el hecho de que hacen cien años por el río llegó una estatua de la Virgen María, se plantó en medio nuestro, se construyó una Capilla y nació la vida una comunidad”.

Finalmente la autoridad eclesial se refirió a lo importante que es asumir estos cien años como un recordatorio de nuestras  raíces. “todo este proceso es parte de nuestras raíces, y, tener lucidez sobre nuestras raíces es ser capaz de futuro” concluyó.

Información adicional

  • Fuente DEPARTAMENTO DE EVENGELIZACIÓN RADIO SAN MIGUEL.
Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del imperio y con los olvidados por la religión del templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda dar culto a Dios olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Nos hemos de rebelar contra esa cultura del olvido, que nos permite aislarnos de los crucificados desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una "lejanía" donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No nos podemos encerrar en nuestra "sociedad del bienestar", ignorando a esa otra "sociedad del malestar" en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido muerte. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si lo miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

1 de abril de 2012
Domingo de Ramos (B)
Marcos 14, 1¬15,47

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de Kamiano, el blog de Damiàn para niños

Información adicional

  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola
Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.

A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.

Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.

El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.

Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.

Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.

No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?

25 de Marzo de 2012
5 Cuaresma (B)
Juan 12, 20-33

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de World News

Información adicional

  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola
Jesús fue considerado por sus contemporáneos como un curador singular. Nadie lo confunde con los magos o curanderos de la época. Tiene su propio estilo de curar. No recurre a fuerzas extrañas ni pronuncia conjuros o fórmulas secretas. No emplea amuletos ni hechizos. Pero cuando se comunica con los enfermos contagia salud. Los relatos evangélicos van dibujando de muchas maneras su poder curador. Su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo, su fuerza para regenerar lo mejor de cada persona, su capacidad de contagiar su fe en Dios creaban las condiciones que hacían posible la curación.

Jesús no ofrece remedios para resolver un problema orgánico. Se acerca a los enfermos buscando curarlos desde su raíz. No busca solo una mejoría física. La curación del organismo queda englobada en una sanación más integral y profunda. Jesús no cura solo enfermedades. Sana la vida enferma.

Los diferentes relatos lo van subrayando de diversas maneras. Libera a los enfermos de la soledad y la desconfianza contagiándoles su fe absoluta en Dios: "Tú, ¿ya crees?". Al mismo tiempo, los rescata de la resignación y la pasividad, despertando en ellos el deseo de iniciar una vida nueva: "Tú, ¿quieres curarte?".

No se queda ahí. Jesús los libera de lo que bloquea su vida y la deshumaniza: la locura, la culpabilidad o la desesperanza. Les ofrece gratuitamente el perdón, la paz y la bendición de Dios. Los enfermos encuentran en él algo que no les ofrecen los curanderos populares: una relación nueva con Dios que los ayudará a vivir con más dignidad y confianza.

Marcos narra la curación de un paralítico en el interior de la casa donde vive Jesús en Cafarnaún. Es el ejemplo más significativo para destacar la profundidad de su fuerza curadora. Venciendo toda clase de obstáculos, cuatro vecinos logran traer hasta los pies de Jesús a un amigo paralítico.

Jesús interrumpe su predicación y fija su mirada en él. ¿Dónde está el origen de esa parálisis? ¿Qué miedos, heridas, fracasos y oscuras culpabilidades están bloqueando su vida? El enfermo no dice nada, no se mueve. Allí está, ante Jesús, atado a su camilla.

¿Qué necesita este ser humano para ponerse en pie y seguir caminando? Jesús le habla con ternura de madre: «Hijo, tus pecados quedan perdonados». Deja de atormentarte. Confía en Dios. Acoge su perdón y su paz. Atrévete a levantarte de tus errores y tu pecado. Cuántas personas necesitan ser curadas por dentro. ¿Quién les ayudará a ponerse en contacto con un Jesús curador?

19 de febrero de 2012
7 Tiempo ordinario (B)
Marcos 2, 1-12

*José Antonio Pagola ha sido profesor de Cristología, rector del Seminario de San Sebastián, vicario general de la diócesis donostiarra durante más de dos décadas y, actualmente, dirige el Instituto de Teología y Pastoral. Él reconoce: “tener la suerte de poder dedicarme a estudiar y dar a conocer a Jesús”.

Artículo reproducido con autorización del autor y publicado originalmente en su blog: Buenas Noticias

Imagen tomada de Nova vida

Información adicional

  • Atención Las opiniones de este sector son de la total responsabilidad de sus autores, Infodecom no se identifica necesariamente con las opiniones vertidas en esta sección
  • Autor José A. Pagola

Ultimas noticias - La Paz

pulacayo 

15 - Banner - Publicite Aqui

Banner Reflexion dominical ok

10 - Banner  - Anunciate Aqui

  06 - Infodecom - Diakonia

11   Infodecom   Religion Digital

banner papa francisco sitio web 2015

13 - Infodecom - Colobora sosteniendo Infodecom